jueves 26 de julio de 2007

Al volver de Roma

ROMA PARA VIAJEROS SIN PRISA O LA COMPASIÓN ES UNA OPERACIÓN A CORAZÓN ABIERTO

Todo borracho tiene algo de sonámbulo… Me refiero al éxtasis de ese mendigo con barba de rabino con el que acabo de coincidir en una orilla del centro de Roma. Como quien avisa al mundo él, con una mano abierta y maneras de soldado derrotado, sólo pide dignidad o vino peleón sentado en el pavimento de una plaza cercana al Vaticano. Y lo hace así, radicalmente, al modo de esos muchachos en ciernes que combaten con píldoras las contraindicaciones de la adolescencia.
Como los buenos poemas él no habla si no se le pregunta. Como los santones carismáticos del Tíbet que creen en la reencarnación y las vidas sucesivas yo le miro, él me mira y cada uno de los dos pensamos por un instante que podríamos ser el otro.
Cualquiera puede ser vencido por el enemigo invisible de la adversidad, parece decirme. Dudo que exista la vida con propósito, parece decirme. En este nuevo orden mundial se necesita vender la fe en la libertad para tener dinero para poder comprarla, parece decirme en el idioma universal del silencio compartido, claro, mientras yo le miro como quien, entre la multitud formada por lugareños y turistas, reconoce de pronto a un ángel.
Entonces me doy cuenta de que, a pesar de la arquitectura, la escultura y la pintura en este lugar destaca y brilla principalmente la contradicción: Roma es una ciudad hermosa y triste, enorme y provinciana, clásica y feliniana en la que, a cada paso, el pasado compite con el presente. Y por eso me ha dado por pensar que acaso este mendigo borracho –esta súbita dosis de neorrealismo italiano- es lo que queda de un pasado que se empeña en hacerse presente.
Sí, le he dado unas monedas relucientes y, al mirar sus ojos negro mate y despedirme tan sólo con un gesto, intuyo que no arrojará ninguna en la Fontana de Trevi al tiempo que pide un deseo reparador que le devuelva a los raíles de su camino interrumpido.
Bueno, yo he hecho lo que he podido, parezco decirle. Amasaré en tu honor una hogaza de culpa, parezco decirle. Maldigo tu régimen de sufrimiento, parezco decirle mientras camino como huyendo de las tremendas contradicciones de Roma, esta ciudad de las cúpulas santas donde aparentemente todo está tan lejos del suelo.
Él, mientras me alejo, mira entonces las monedas con los ojos más abiertos que nunca mientras cierta sonrisa minimalista que redibuja su rostro parece corroborar que la credulidad aún continúa dando frutos.
Tú, con tu bondad siempre extendida y mirando a largo plazo, me dices entonces que es cierto, que la caridad es una forma de degradación, que dar a quien mendiga sentado es contribuir a imposibilitarle el que se levante y se busque la vida. Y yo miro al cielo de Roma, este cielo tan hermoso y roto como el Coliseo, dándome cuenta casi con desencanto de que los mendigos de nuestras ciudades amadas no son, como dicen los cuentos moralizantes, ángeles infiltrados…
No sé en qué me distingo de un adicto a las supersticiones, pienso de pronto mientras caminamos hacia un hotel que, ahora más que nunca, parece una guarida que protege de la vida diaria.
La tarde va fabricando en el cielo una tonalidad incierta semejante a la melancolía.
Y Roma pasa así a formar parte de esas ciudades que, como cruces en un mapa de carne, instruyen nuestro corazón.

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sábado 29 de julio de 2006

¡Cómo olvidar Machu Pichu!

Llegar a lo alto del Machu Pichu –uno de los siete enclaves mágicos del mundo, ciudad sagrada construida en lo alto de una montaña en el Perú- no es sólo un viaje sino también y sobre todo una forma de viajar. Llegar y descubrir de pronto, tras la exigente ascensión, esa ciudad fantasma habitada ya sólo por animales casi míticos como la alpaca y la vicuña. Llegar y sentarse estratégicamente en una piedra para leer a Neruda. Sí, llegar como para entender que la belleza, y acaso la poesía, es una vista aérea.

Allí, en el Machu Pichu, mirando el mundo desde una ventana del templo del Sol, supe que viajar tiene algo que ver con descubrir la extraña y fascinante relación entre el paisaje y la geografía humana. Y, por un instante, quise poder volar. Quise ser un cóndor andino protestando contra la geopolítica con naturalidad. Quise tener por Dios a una montaña y saber sobrellevar la adversidad con alegría. Lugar bello y expuesto. Machu Pichu… Lugar fascinante, filosófico, lírico, casi místico como toda ciudad sin tejados.

Y es que existe una energía primigenia, sutil, telúrica que brota libremente de la tierra en ciertos lugares mágicos como éste. Los animales lo saben -allí van a morir los elefantes decía José Donoso en una novela estupenda- pero eso no son capaces de percibirlo los turistas. Por eso viajar, más que turistear, tiene que ver con eso, con rebasar fronteras mentales, con ser otro, con volverse pájaro y volar “libre en brazos del aire”, escribió Luis Cernuda… Viajar es también encontrar un lugar donde sintonizar el cuerpo con el alma, y por eso, sí, el buen viajero es aquel que ya ha aprendido a quedarse.

Dentro de los viajes que bien pueden marcar una cruz en cualquier existencia sensible, está Machu Pichu más por lo invisible que hay allí, que por lo evidente. Qué buena cuenta del poder, del tiempo y del éxito da asomarse a las ruinas de un imperio. Qué buen modo de aprender humildad es el paisaje. Qué buen modo de aprender.

Si en Lima pude comprender que las ciudades pobres carecen del mal gusto de las metrópolis occidentales -acaso porque el mal gusto es algo que hay que poder permitirse-; si en Cuzco supe que prefiero descubrir a conquistar; si en las islas flotantes del lago Titicaca vi como vivían los Uros y en Taquile probé el barro comestible y navegué en canoa, en el Machu Pichu estuve tan cerca del cielo que pude tocar el alma de mis antepasados, y respiré un poema, y escribí que enamorarse de ti, mi indita, ha resultado ser como una de esas ciudades esculpidas en la roca.
Se viaja hacia lo otro y hacia el otro o sino sólo se aleja uno para estar más cerca. Se lleva el viaje dentro como ropa en la maleta o sino sólo es algo más que poder enseñar a la vuelta.

En fin ahora que el verano invita a viajar y a incitar a viajar, cómo olvidar Machu Pichu. Cómo olvidar esa cima en la que fui mortal, esa invitación a ampliar mi mundo… Cómo olvidarlo. Cómo leer mejor el poema de Neruda:

Entonces, en la escala de la tierra he subido
entre la atroz maraña de las selvas perdidas
hasta ti, Machu Pichu…

Madre de piedra, espuma de los cóndores.
Alto arrecife de la aurora humana.
Pala perdida en la primera arena.

Ésta fue la morada, éste es el sitio: aquí
los pies del hombre descansaron de noche
junto a los pies del águila, en las altas guaridas.



publicado originalmente en el Diario de León. Sección El Aullido.

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