viernes 18 de diciembre de 2009

LOS MUNDOS CONTRARIOS de Antonio Lucas

Antonio Lucas (Madrid, 1975) es un poeta nada evidente con un semblante que en las fotografías recuerda a Larra y algo del espíritu bohemio fin de siglo: a esto acompaña cierta constructiva rebeldía de lo más estimulante. Pertenece, con sus contradicciones que se intuyen semejantes a las de cualquiera, a la estirpe de los que no se conforman ni calculan o se pliegan. De hecho sus libros –caracterizados en el fondo por la indagación temática y en la forma por una apuesta en favor del libertario desorden de las vanguardias- están repletos de cierta imaginación verbal que no apela a nuestra lógica sino a las intuiciones más hondas: ”nada tiene pulso o norma: ni la suerte, ni la herida, ni la terca soledad, ni la estafa de un destino. Sólo el relámpago es eterna novedad inimitable, un canto fortuito de aire al fondo de la altura…”. Ya lo dijo Paul Celan: “son palabras negras; algo que no puedas entender no olvidar”.
Les prevengo pues: ser lector suyo –me autoinculpo- equivale a declararse borracho de idealismo. Y es que Antonio Lucas es uno de esos que hoy, como los pintores abstractos o igual que esos locos reveladores para los cuales su imaginación es experiencia pura, está haciéndonos ver que la realidad es una simplificación y el realismo, por ende, también.
Su último poemario titulado Los mundos contrarios por ejemplo (es premio de poesía Ciudad de Melilla y lo acaba de publicar la editorial Visor) nos invita a superar cualquier concepción bipolar del mundo, para pasar así a un compromiso moral y cívico sin adscripciones –de hecho estos poemas proponen una exigencia ética de la cual no se libra el yo del libro-: “Así también el poema:/ un corazón tendido,/ un festín de desamparos,/ un idioma exacto,/ casi un pájaro, Ezra./ ¿De qué te ha servido?”… ¡He aquí alimento para librepensadores!
Apoyándose en clásicos densos como Lautréamont, Pound, Rimbaud, Elliot, Lorca y Vallejo este autor construye un texto inexacto, un mundo expuesto, que no se detiene en homenajes sino que se dedica mediante ellos, no sin desencanto, a extraer el meollo de la vida.
Desde la cita inicial de Mark Rothko sabemos que Los mundos contrarios no coincide plenamente con los parámetros del surrealismo –tan influidos por la concepción freudiana de los sueños, por el lenguaje automático del inconsciente y el azar como expresión de libertad- pues la poesía irracionalista de Antonio Lucas está sometida a un rigor rítmico clásico, el cual no abandona ni en los poemas en verso ni en los poemas en prosa.
Especialmente interesante se nos muestra la idea aquí sugerida de que la creatividad es una y políglota, la cual hace que en estas páginas se incorporen, acentuando la tensión de los retratos de amor, la pintura de Velazquez y Egon Schiele y hasta el jazz embriagador de Billie Holliday conformando un todo culto, exigente, desestabilizante y enriquecedor.
En nuestra lírica de hoy abunda y domina la poesía figurativa, pero existe un elenco de poetas que –hermosos faroles de suburbio- se están labrando con encomiable dignidad un prestigio a la contra. Sirva mi recomendación apasionada de este libro como homenaje a todos ellos, los héroes imposibles de nuestras letras; de nuestro tiempo.

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viernes 9 de enero de 2009

EXTRAVÍO EN LA LUZ de Antonio Gamoneda

En uno de sus escritos autobiográficos Simone de Beauvoir, que coincidió con ella en la Escuela Normal Superior de París, comenta sobre la estremecedora pensadora francesa Simone Weil: “Me intrigaba por su gran reputación de mujer inteligente y audaz. Por ese tiempo, una terrible hambruna había devastado China y me contaron que cuando ella escuchó la noticia lloró. Estas lágrimas motivaron mi respeto mucho más que sus dotes como filósofa: envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero”... Acaba de salir el libro Extravío en la luz (Ed. Casariego, preámbulos de Amelia Gamoneda, grabados de Juan Carlos Mestre y poemas de Antonio Gamoneda) acaso para recordarnos lo alentador que es hoy leer poesía como quien estudia un corazón capaz de latir por el universo entero.
Ahora que no está claro si el mundo ha entrado en crisis, o en depresión, o esto por fin es el fin de una era, a algunos leer poesía nos rearma la conciencia, que es un modo de prepararnos para lo que sea. Por eso nos acercamos a lo nuevo de Gamoneda, que es lo antiguo condensado e intensificado, y detectamos en su lírico recordatorio de la finitud humana una invitación a hacer acopio de memoria histórica personal, de coherencia y a no rehuir el encuentro de las conciencias que aspiran a estar alerta. O, por decirlo con palabras de la propia Simone Weil, “los que aman una causa son los que aman la vida que ha de llevarse a fin de servirla”. Y Extravío en la luz es sin duda un libro escrito por alguien adepto a la causa de la poesía.
En este sentido especialmente iluminadores resultan los dos preámbulos de Amelia Gamoneda en los que la hija del autor nos enseña, al “imbricar el conocimiento de lo íntimo en su lectura de la obra del poeta”, a apreciar que la riqueza metafórica y la densidad críptica de Gamoneda, “aún con su carga de extrañeza, no proceden del desbocamiento de la imaginación, ni surgen de ningún inconsciente surrealista. La realidad es ya en sí misma suficientemente potente, y lo es porque se ve extrañada a otros ámbitos, y por tanto modifica su sentido”. Así, uniendo algunos versos de sus libros a la biografía del autor, Amelia Gamoneda nos hace ver el gran componente experiencial que hay en esta poesía aparentemente hermética, y de ese modo deconstruye con sutileza crítica esa bipolaridad que distingue entre poesía de la experiencia y todo lo demás. Además en estos preámbulos repasa los libros de su padre para hablarnos de la importancia que tienen en ellos el silencio, los símbolos, las emociones elementales vinculadas a la belleza y el viaje a la inexistencia, y finalmente deja de iluminarnos para directamente conmovernos cuando su exégesis aborda el libro titulado Cecilia.
Y luego vienen, simultaneados con grabados que acentúan la belleza y el misterio, los seis poemas en los que nos encontramos a un Gamoneda cada vez más cerca de sí mismo y de su propia esencia, haciendo repaso del paisaje de León, de la postguerra, de las personas pertenecientes a la geografía de sus afectos como su madre y Jorge Pedrero –pintor al que el poeta llama el “vigilante de la nieve” en el Libro del Frío-… Este libro de ahora muy bellamente editado se corona con un poema titulado “Ha de llover” que ya es uno de mis favoritos del autor por la piedad que invoca y que desprende, por la fuerza de sus metáforas y porque, lo confieso, leerlo con mi edad es como ir cada sábado a hablar con amigos que peinan canas porque han vivido mucho y bien.
La guerra civil está muy presente en estos poemas, y uno no puede dejar de pensar tras leerlos en la condición de víctima de guerra de Simone Weil -una condición de la que brotan su pacifismo y su receptividad a cuanto de sagrado hay en la palabra y en la existencia-. Ahora que en Palestina se está gestando nuestra próxima guerra, he aquí un canto lírico y plástico en contra de la guerra como rotundo fracaso. O, por terminar también con una cita de esta autora clave en el mundo de Gamoneda, Simone Weil, “la poesía es una expresión de los dos esfuerzos humanos más nobles: el de construir y el de abstraerse de destruir”…. Sí, leer construye.

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miércoles 24 de septiembre de 2008

LA CASA ROJA de Juan Carlos Mestre

En lo que se refiere a la poesía no todo es claridad, y exactitud, y lógica, y orden, y tradición única, y academicismo: también hay irracionalismo, e imaginación sin paliativos, y abstracción, desorden estimulante e informalidades prerrevolucionarias... En lo que se refiere a la poesía también hay libros fuera de lo común como el recién publicado La Casa Roja (Ed. Calambur) que firma la pluma de urogallo de Juan Carlos Mestre.
Y es que cuando la corriente surrealista surge en el París de las vanguardias como reacción a la cultura francesa cartesiana, propone no sólo una forma heterodoxa e iconoclasta de vivir y ver el mundo; también un nuevo modo de crear pues consideran, por ejemplo, que no se puede seguir escribiendo poesía del mismo modo después de Rimbaud y los descubrimientos de Freud.
Esta nueva manera visionaria y libertaria de escribir poesía apelando más a la intuición que al entendimiento cala hondo en Hispanoamérica. Simultáneamente llega también a nuestro país sobre todo a través de la Generación del 27, aunque ha proseguido con enorme altura gracias a la obra imprescindible de poetas de la promoción posterior como Antonio Gamoneda, Diego Jesús Jiménez y Carlos Edmundo de Ory (¿no es ya hora de que las altas jerarquías premien la trayectoria de Ory, el mesiánico príncipe de la subversión?).
Ya en los años ochenta del pasado siglo, y en medio de una supremacía cuantitativa del realismo que aún abunda en la poesía española, surgieron algunos nombres renovadores que, amparados en un lenguaje transgresor cercano a los postulados surrealistas, supusieron un soplo de aire nuevo para nuestra lírica: entre esos nombres destacó luminosamente el del poeta Juan Carlos Mestre.
Mestre había empezado a sorprender con un libro imaginativo y prolijo en intertextualidad y referencias culturales –La Visita de Safo-, para pasar a destacar con una conmovedora y original revisión nostálgica de la poesía arraigada –Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo-, a la cual siguió un deslumbrante libro de poemas en prosa –La Poesía ha Caído en Desgracia-. La línea de la poesía en prosa, tan celebrada por la crítica, llega a una cumbre de hermetismo y lucidez en La Tumba de Keats, y se ve ahora acrecentada e intensíficada con este libro que acaba de llegar a las librerías diez años después del anterior –buena forma de huir de la indolencia creativa es la calma; ¡quién la tuviera!-.
La Casa Roja, en cuyo significativo título están presentes tres de los componentes temáticos más importantes del conjunto –la intimidad, la hospitalidad judaica y la verdadera ideología- es un libro extenso y de largo aliento en el cual aparecen en buena medida las claves que han caracterizado toda su obra poética salvo la ironía, que es el punto de giro sorprendente, desconcertante e iluminador que este nuevo libro aporta a la consolidada voz de Mestre. Pero se trata de una ironía sutil y aguda presente en ciertos poemas -aunque cruza transversalmente el conjunto-, la cual se convierte aquí en acerado instrumento crítico que barandea líricamente nuestras conciencias y posicionamientos sociales.
De todas formas este toque nuevo en la lírica del autor no hace que su poesía deje de lado los puntos cardinales de su quehacer poético tales como la radiante imaginación, el cosmopolitismo panteísta y su constante y lúcido acercamiento a la tradición vanguardista, al judaísmo y a la revisada y actualizada poesía social.
Hay algo en la anterior poesía de Mestre que podríamos definir como una suerte de éxtasis lúcido. Además ahora en La Casa Roja el lector encontrará cierta irreverencia liberadora capaz de desatar nudos mentales... Oh, porque, como instrumento de control, abunda lo rutinario, lo estructurado, lo homogéneo, Juan Carlos Mestre nos invita a entrar en su libro; en su casa… Venga, pasen… El fuego está encendido e ilumina.

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jueves 4 de septiembre de 2008

ESCRIBIR COMO ESCUPIR de Leopoldo María Panero

El rostro es el lugar donde lo privado se hace público. En este sentido el rostro de Leopoldo María Panero (Madrid 1.948), poeta loco por antonomasia de las letras españolas, ha evolucionado desde aquella nariz afilada de melenudo avieso, gesto histriónico y rompedor y mirada de actor sobreactuado con el que apareció en la película El Desencanto, hacia un semblante roto de digno derrotado, enajenado con mirada de perrito apaleado y sonrisa mendicante, piel facial totalmente acorralada por arrugas, delgadez y unas ansias de muerte que parecían no caber un ningún libro. Sí, así apareció en la posterior película Veinte Años Después.
El rostro es el lugar donde lo privado se hace público, y eso mismo es el poema. En este sentido el último libro de poemas o retrato o espejo de Leopoldo María Panero acaba de ser publicado por la editorial Calambur, se titula Escribir Como Escupir y equivale a su rostro. Desde el primer poema -“Ritual Sioux”- hasta el apéndice -“Tres poemas más”- nunca baja la guardia esta poesía maldita sin fingirlo en la que la imaginación radical de la locura se va haciendo metáfora una y otra vez para denunciarlo todo así, como no supieron hacerlo ni la poesía social, ni la poesía de la experiencia ni el realismo sucio.
Son poemas heridos, imperfectos, crudos, que se asientan rítmicamente en la repetición, y verbalmente en la reiteración. Así Escribir como Escupir está en la línea coherente de los mejores libros del autor -“Narciso en el acorde último de las flautas”, “Contra España y otros poemas no de amor” y “Poemas del Manicomio de Mondragón”- pues a estas alturas Leopoldo María Panero no pretende ya ampliar su mundo, sino sólo se fija la proeza de intensificarlo.
Leer pues este poemario es maltratarse a uno mismo: esta poesía parece a veces ininteligible porque la lucidez pura no puede ser comprendida por la mente humana, pero si podemos al menos atisbarla mediante la intuición. Además hay aquí poemas como el titulado “Carta al padre” en los que el autor no sólo ajusta cuentas; también nos hace saber que hacer repaso es humillar al tiempo. Como la perspicacia de Erasmo de Rótterdam nos enseñó, hay sabiduría en la locura. Como el dolor de Nietzsche nos enseñó, hay clarividencia y una universidad del desengaño en la locura. Como Leopoldo María Panero escribe: “Dolor, maestro de escuela español / que lloras en vano por una vida que no hay… / Soy un apestado de la luz… / El único señor del mundo / es la Reina de Corazones”.
Leopoldo María Panero se muestra en estas páginas como un poeta muy culto cuya misión es mearse en la cultura para liberarnos de imposturas. Por eso su poesía rezuma un existencialismo no meramente intelectual, como el de Sartre, sino radicalmente vital… Probablemente -lo insinúan estos versos- no los filósofos en sus libros ni los profesores desde sus cátedras sino acaso sólo un loco peligroso tenga autoridad moral para hablarnos de existencialismo.
La poesía de Leopoldo María Panero, como la de Artaud o Tristan Tzara, como los cuadros de Van Gogh o los crímenes de Jack el Destripador, es siempre la creación de quien se quema a lo bonzo; la de quien llega al límite para hacer una obra única a costa sobre todo de sí mismo.
Sin embargo nosotros, apóstoles de lo correcto, la lógica, lo normal, lo que cuadra y no molesta, juzgamos su imperfecta poesía, la desdeñamos y apostamos por lo de siempre a la hora de dar loas, fustas y premios, como bien ha denunciado en sus escritos críticos Tua Blesa.
Se me ocurre una locura: para que recuperemos la fe que nunca hemos tenido en la justicia poética, ¿por qué no presenta alguien Escribir como Escupir como candidato al Premio Nacional de Poesía?
Sé que ante tal propuesta dan ganas de morirse de la risa... Escribe Panero: “El indio va disfrazado por la ciudad / con un espejo en la espalda / para que te veas reflejado / si te ríes de él”. En fin.

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sábado 30 de agosto de 2008

CECILIA de Antonio Gamoneda

El condenado a muerte camina maniatado, descalzo, por el astillado y amenazante puente de tablas hasta llegar al otro lado. Le acompañan dos guardianes y un verdugo. Van hacia el lugar en que ese hombre va a ser ajusticiado, pero durante el trayecto uno de los guardianes ve una higuera a un lado del camino, se detiene, toma higos y de pronto mira con piedad al condenado. Le dice:
-Toma, come un hijo.
Y él responde:
-No, son malos para mi salud…
Como iluminadamente ha dejado dicho Oshu, gran maestro de la meditación zen, a quienes ahondamos en él pretendiendo así elevar nuestro personal nivel de conciencia ese koan nos enseña que el condenado sabe que va a morir pero aún así se preocupa por su salud, sí, pues cuanto más cerca está uno de la muerte más se sitúa en el Aquí y el Ahora. ¿Cuál es tu Aquí y tu Ahora?
Acabo de releer lentamente en estos días el poemario Cecilia, obra definitiva de mi maestro zen Antonio Gamoneda, y sus versos me han parecido eso: un modo de situarse obstinada y densamente en el Aquí y el Ahora… Leer poesía nos desmasifica… Nuestro poeta ha escrito un libro como quien funda una ciudad a la que regresar.
Se necesita haber recorrido un camino solitario y especial para escribir un libro tan crudo y vitalista al mismo tiempo. Y se require un gran aprecio por las aventuras emocionales para leer estos versos tan esenciales, tan zen, sin dejar de tomar cada verso como un punto de partida para la meditación. Pero resulta un placer tan luminoso éste de asistir a cómo nuestro poeta sustituye la obviedad por su personal sentido de lo ritual y lo simbólico... Sí, Cecilia es un libro celebratorio, vitalista a pesar de la dureza, que nos pone en contacto con la parte inicial y soleada de la existencia… La poesía, que empezó siendo un asombro ante el poder palpitante de la vida, al final vuelve a ser lo mismo… Cecilia nos enseña a volar… Y Antonio Gamoneda nos invita a su vez a entender la poesía como un modo de sobrellevar el desconcierto.
Reconozco que entendida así gracias principalmente Gamoneda, la poesía se ha convertido para mí en un generador de empatía y autocomprensión, y también en una escuela, un bastón, un álbum de fotos, un cuaderno de viaje e incluso una especie de exigente juez interior… Cecilia es la conciencia de lo que se queda atrás pero, sobre todo, es un canto a lo que prosigue… Cecilia es la vida entendida como un continuo flujo creativo; un modo obstinado y lúcido de ir retrasando el punto y final en nuestro poema vital… La poesía es el viaje… El poeta se define siempre como un alma errante.
Por eso ahora leo el libro deshilachado titulado Cecilia y me siento feliz de estar vivo y atento. Y sé de nuevo quien soy renovando mi sensación de que estar al lado de la minoría que expresa por escrito la verdad no es mi ubicación sino mi naturaleza. Y, de pronto, paso por encima del existencialismo de algunos de estos versos para llegar a su fondo; a su pulpa repleta de vitalidad. De hecho me he quedado pensando en que una idea que subyace en este libro es la de que con la edad se gana en generosidad. Así al leer estas páginas no dejo de recordar en que yo mismo empecé escribiendo poesía muy pronto como aferrándome así a un ego que sentía fragilísimo, pero este libro hace saber que, con los años, el verdadero poeta se vuelve mucho más generoso en su forma de mirar la vida, y adquiere más flexibilidad en su modo de percibir lo humano.
Por eso incluso hay cierto elogio de la libertad y del ímpetu en como el poeta describe cierto rechazo de Celia. Ese admirable elogio, ese prisma positivo, hace de este libro una academia de aprender a vivir a la que yo me apunto.

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miércoles 16 de julio de 2008

LOS DESIERTOS DE LA LUZ de Antonio Colinas

La poesía, como la música, como la vida, es una cuestión de ritmo. Así si uno tiene sentido del tiempo y de la trascendencia, sensibilidad, voluntad y un escudo de belleza con el que mantenerse a salvo de las embestidas de la parte negra de lo real, puede avanzar en su personal nivel de conciencia hasta llegar a un ritmo más acorde con los humanos ciclos naturales y mentales. Sí, si uno incorpora a su existencia el ritmo de la poesía y persevera en él, probablemente se irá quedando solo junto a todo lo que de verdad importa. Y vivirá interconectado a todo hasta no diferenciar misterio y vida. Y rozará esa irrenunciable quimera que en Oriente llaman nirvana, que Rilke denominó armonía y que Antonio Colinas identifica hermosamente con la luz. Por eso, en un momento de plenitud vital que sólo puede ir unido a la edad y la dedicada vocación, Antonio Colinas acaba de publicar su último libro de poemas titulado pertinentemente LOS DESIERTOS DE LA LUZ (Ed. Tusquets).
Se trata de un libro sosegado y meditativo que nos invita a estar atentos a todo lo invisible que pasa ante nosotros. Un libro que, sin rehuir las miserias de la condición humana –véanse los poemas sobre la guerra, Jerusalén y el 11M- nos insufla con cadencia musical altas dosis de esperanza: “en el mundo aún habrá esperanza/ mientras alguien respire/ en paz la última música”. De hecho Antonio Colinas, sin distinguir apenas entre vivir y viajar, entre recordar y estar, intensifica en estas páginas su panteísmo y su anhelo de pureza y salvación para convertir sus versos órficos en un compendio de sabiduría, ponderación y generosidad. Sí, Antonio Colinas, con ese microscopio emocional que es su poesía, hace de cada poema un elogio del detenimiento, de cada lugar una conexión, y hace de de cada cosa una equivalencia: por eso para él el mundo, como los koan del zen, es un punto de partida para la meditación: “estaba abriendo/ todo mi ser completamente a todo…”.
Hay un momento en este libro en el que el paisajismo se vuelve emocional, y nos trasporta, y nos embriaga: “Para apartar la muerte/ toda la primavera ha cantado la lluvia/ sobre los bosques de la isla/ y sobre el negro corazón de las grutas”... “Estos campos/ incluso hoy más que ayer/ son un sueño que se desborda en mar”... Así, mientras el poeta vaga “por el laberinto de su tiempo”, uno transita con él por lugares que son cruces en el mapa de carne de Colinas –Ibiza, Salamanca, Jerusalén, Bruselas, Ávila, Roma, Jericó, el Mar Muerto…- y los revisa todos con la mirada rebosante de sacralidad del poeta, y así aprende a mirar. Además las dosificadas referencias culturales –Santa Teresa, San Juan, Ana de Jesús, Jorge Manrique, Tolstoy, Glenn Could, Bach, Händel…- junto a un eclecticismo que une el misticismo cristiano con el taoísmo y la tradición oriental con la occidental, no sólo convierten a este libro, como ya se ha dicho, en una educación de la mirada sino igualmente en un tratado para buenos viajeros. Asimismo esta poesía, además de ahondar en la identidad, promueve la verdadera convivencia en estos tiempos nuestros en los que los excesos y lateralizaciones de la política dificultan a veces la convivencia. De hecho actualmente el escepticismo campa a sus anchas y hace falta mucha fe en el hombre para desear seguir siendo un ciudadano, pero Antonio Colinas, que está lejos del escepticismo, nos muestra desde el primer poema hasta el último que el lado negro de la realidad no apagará nunca la luz del mundo.
He aquí pues un libro acogedor y hospitalario que te invita a abrirlo y a acomodarte dentro: “quédate aquí, no partas en la noche: oirás/ cómo dentro de ti y de la piedra/ brama la luz”. Un libro que regresa al origen de la lírica para recordarnos que la poesía, como la vida, es un ir y venir siguiendo el ritmo sagrado de la música…
La poesía es una cuestión de ritmo.
La poesía, como la música, como el amor, es una forma de tocar.

www.luisartigue.es

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viernes 9 de mayo de 2008

VISTA CANSADA de Luis García Montero

Hace algunos años, dos creo, Luis García Montero me ofreció la oportunidad de cenar con el poeta Ángel González en un restaurante tan próximo a su casa que se diría una prolongación de la misma. Dudé. Sé que suena raro pero me asustó de pronto la idea de compartir mesa, vino y elucubraciones con un hombre al que quería realmente sin que él tuviera ni la menor idea; había algo ilegítimo en ello… Pero ciertamente “nunca es tiempo perdido/ discutir con los sumos sacerdotes/ la existencia de Dios./ Se aprenden cosas de los hombres”.
Aquella noche, para mí, tuvo algo de intercambio de amor por la vida. “Buenas noches, Madrid, otro whisky con hielo…/ Brindemos por la luz rota de las estrellas/ que hace guardia en las casas a través de los sueños”… Hay pequeñas grandes cosas que suceden para ser recordadas.
Y, como el recuerdo no es algo que hemos perdido sino algo que tenemos, recordé entonces, cuando me enteré por un amigo de la muerte de Ángel González, aquella cena en la que la botella de vino no hacía otra cosa que acabarse. ¡Oh, Ángel! Hay gente que no debería morirse bajo ningún concepto.
Ahora, bajo el cielo de este León nuestro con luz como de alumbrado de posguerra, acabo de leer al aire libre el último libro de poemas de Luis García Montero titulado Vista Cansada (Ed. Visor) y me veo en la obligación de confesar que mi miedo a la gratitud profunda e inexpresada de aquella noche no se refería sólo a Ángel González, sino principalmente al propio Luis.
Y es que, como todo poeta, reconozco un gran número de influencias –las cuales no trato de ocultar sino de merecer- pero todos tenemos un principio o cimiento que con los años se convierte en algo puro, primigenio, que quisiéramos recuperar cuando leemos poesía… Sí, yo aún leo poemas tratando de recuperar un poco de eso que un día me llevó a enamorarme de la poesía, lo cual resulta parecido a dar la vuelta al mundo; a volver al principio… Y es que, después de los clásicos y de Antonio Gamoneda, el primer poeta contemporáneo que leí, me deslumbró y me abrió las puertas de lo que soy ahora fue Luis García Montero –concretamente el Luis García Montero de El Jardín Extranjero y Trisita-. Así me entregué desobedientemente al lenguaje de un poeta de gran imaginación verbal, el cual ponía siempre esa imaginación al servicio de lo real o, como poco, al servicio de lo posible.
Por aquel tiempo empecé a leer compulsivamente; por aquel tiempo aprendí a volar.
¿Pero cómo agradecer a quien, sin él saberlo, nos llevó de la mano al territorio de la inteligencia, la emoción, la pasión y la verdadera ideología? ¿Cómo devolverle un poco de lo mucho que no sabía que me había dado?
Oh, me sentía entonces, en aquel tiempo en el que bebíamos sexos y fumábamos flores, como encerrado en la cáscara de nuez de esta ciudad ensimismada y lenta, sí, y por eso cada nuevo libro que este poeta civil y amante de la claridad publicaba, yo lo entendía como el acto de dar agua y pan a un prisionero con planes de fuga.
Han pasado los años como unos puntos suspensivos. Ahora, ya que me confieso sin complejos apasionado lector de la obra de este proselitista de la inteligencia, me acerco siempre a cada nuevo libro suyo con actitud de alta exigencia constante y lo que él dice en este poemario sobre sus maestros -Machado, Ángel González, Alberti y Gil de Biedma- ahora yo lo digo sobre él, pues “lo peor/ no es perder la memoria /sino que mi pasado /no se acuerde de mí”.
Acaba de publicarse Vista Cansada, un libro que, como la memoria histórica, ayuda tanto a regresar como a aprender a quedarse...
Se lo recomiendo.

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viernes 25 de abril de 2008

La memoria según Juan Gelman

No sé si han reparado ustedes en que, en esta época del año, en León la noche es azul. El cielo nocturno es azul como si algo le quedara del día; como si algo le quedara de ella.
Oh, ella –la abuela del mundo- aprendió a reír al mismo tiempo que a bordar porque la magia lo simultanea todo. Aún la recuerdo ahí, en la mecedora, con el pelo canoso recogido en un moño, con sus ojos azul cielo de verano y arrugas como surcos en la tierra y ella borda que te borda remendando el pasado, que siempre parece mejor. Remendando una historia que tiene que contarnos porque ella existe y borda para que nada imprescindible se olvide y morirse, sugería, es no contar.
Hay cosas que suceden para ser recordadas. De hecho tanto mi hermano Gaude como yo pasamos por el ritual de sujetar la madeja de lana y escuchar sus historias para luego, en invierno, poder lucir a modo de escudo algún jersey. Y ella hablaba de los jornaleros gallegos que venían aquí para la vendimia y que, si lo merecían, siempre eran tratados como si fueran de casa. Y se acordaba de Guzmán, que era joven y pobre pero sabía hacer adobes y cultivar la tierra. Un año vino a pedirnos trabajo. Y comida. Y cariño. Y se quedó. Hasta se echó una novia el pueblo. Juntos se marcharon y algunas veces volvían… ¡Cómo nos quería Guzmán!
Sus ojos brillaban como lunas gemelas sobre el río Esla mientras la abuela del mundo bordaba la eternidad. Y nos hablaba de Juaco, su marido, nuestra referencia: un albañil fornido que decían en el pueblo que era republicano porque nunca iba a misa, y creían que era masón porque leía novelas. Un día mientras él estaba picando en la Bodega de Canseco lo fueron a buscar los falangistas, lo llevaron al trinquete y lo mataron a tiros... Hasta le dolía la mirada a mi abuela recontando como por los dedos las historias indelebles repetidas para que nada de aquello se repita –decía-; para que nada se olvide… Los zapatos del abuelo Juaco muerto, la palabra como emblema, la memoria resistente y ella borda que te borda. Y hoy escribo sobre ella porque estoy viendo sus ojos cuando miro cada noche este azul que se disipa, y se estira, y no se apaga: el cielo sabe mirar.
En la noche azul cobalto de León están todas las historias que inicialmente escuché; todas esas narraciones que entonces no sabía que me estaban convirtiendo en quien ahora mismo soy. De hecho, como acaba de decirnos Juan Gelman en su palpitante discurso del Cervantes, hay escritores con talento capaces de contar la vida a su manera como para corregirla y hacer de lo cotidiano un verso “en pie contra la muerte”. Pero existe también gente sencilla que narra de corazón simplemente para que nada de lo importante se olvide; para que lo humano quede; para que crezcamos con historias que hacen Historia.
Pero, como explicó Gelman, vivimos en tiempos poco propicios para la memoria. Sí, sufrimos una especie de dictadura de lo inmediato que si no estamos individualmente en guardia nos restará perspectiva y serenidad. De hecho ahora, que empezamos ya a desear con fruición las vacaciones, viajamos pero no dedicamos tiempo a aprender a quedarnos. Así tenemos, por ejemplo, mucha memoria en nuestro ordenador pero carecemos de memoria histórica. Y es que la memoria histórica implica no tanto recordar el pasado colectivo como reflexionar sobre él para no olvidar los aciertos ni repetir los errores. Por eso la memoria histórica tiene tanto que ver con la Historia como con las historias íntimas que no han traído hasta aquí…
El cielo, la luz, los ojos de la abuela que ha muerto sin contradecir por eso a la eternidad y recordarla ahora tiene algo de leyenda, casi mito, y tiene mucho de amor por las historias y por las pequeñas cosas.
Siempre creo ver a mis antepasados muertos detrás de las cosas más hermosas de mi vida. Por eso hoy observo la noche azul de León y le confío un encargo: dile a la abuela que la recuerdo, que la recuerdo.

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viernes 21 de marzo de 2008

Gaspar Moisés Gómez, el hombre que vio por vez primera un arco iris

Amo la poesía de Gaspar Moisés Gómez así, como el hombre sin fe ama el Cristo de Velázquez, como el cristiano sin ideas blindadas ama la Mezquita Azul, como se ama, en definitiva, todo aquello en lo que, por encima de las pretensiones, principalmente hay verdad… El Colegio Marista Champagnat, como cada año, acaba de celebrar sin grandes pretensiones pero con mucha verdad su Día de las Letras Leonesas, esta vez dedicado a Gaspar Moisés Gómez, rey mago de la poesía que se alza no por querer medrar, sino por querer volar.
En este sentido, y más allá de su obra trascendente y ejemplar, supone una lección sobre lo que de verdad es la vida y la poesía la actitud de este poeta apartado de todo excepto de su propia alma, y por eso verle aún tan fiel a su vocación me sigue conmoviendo ya que a él debo la certeza de que, en medio de la galería de vanidades que es el mercado literario, no se trata de intentar triunfar sino de intentar ser uno mismo, y de intentar ser feliz: “no ser nada y por tanto/ que no tengan mérito nuestros sacrificios”.
La suya es una voz fluida como el tiempo de los verdaderamente vivos, como la belleza de las rosas que habitan sus poemas, y al leerla hasta parece fácil convertir, como hace él, la vivencia en experiencia, y la experiencia en conciencia, y la conciencia en imaginación, y la imaginación en metáfora, y la metáfora en nervio de poema.
Leer a este poeta injustamente minoritario produce la fascinación que sintió quien vio por ver primera un arco iris.
Sí, leer a este poeta es como dialogar con las estrellas.
Y es que Gaspar Moisés Gómez, con su cara de vitalista terminal que ya no está para guerras ni paces, voz atrabiliaria, modos cortesanos, pelo blanco imperfecto peinado así, hacia atrás –hacia el pasado- parece una excepción en medio de tanta importancia. Publica esporádica y teológicamente cosas mínimas, casi irreconocibles pero imprescindibles, y así nos enseña sin decirlo que la alta poesía no suele estar en las Academias ni en las listas de ventas: es otra cosa la jerarquía del espíritu.
Dentro de la nómina de los poetas que nunca fueron mendigos ni quisieron comenzar por el final; entre los que atesoran su normalidad inteligente con vocación de absoluto y su preferencia por las braguitas rojas figura el nombre poco pronunciado de este poeta, de este quijote vestido de paisano, de esta eterna nota a pie de página que merece el homenaje de los niños, de la inocencia, y por eso los Maristas han acertado de lleno.
Ahora leo sus poemas publicados en colecciones minoritarias y siento que, mientras lo hago, él está convirtiendo su elección en victoria: “que sea feliz llorando/ hasta oxidar el propio candado de mi cárcel”.
Cada vez estoy más convencido de que los poetas injustamente tratados, ahora que nuestro mundo elitista se nos está yendo de las manos, atesoran lo poco que sabemos de nosotros, lo poco que merecerá la pena recordar. Por eso leer a poetas como éste se parece a volver al futuro.
Entonces, en el futuro, se dirá que de entre los dulcemente fracasados, los que jamás persiguieron el éxito, los que no se vendieron ni torcieron se encontraba este hombre metafórico, este poeta visionario como todo vendedor de bombillas…. ¡Gracias por tu ejemplo!

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miércoles 13 de febrero de 2008

HÉROES

Para Angy.

Sembrando algo en la memoria, que es el centro de mi ser,
su cuerpo sentado para siempre
me recuerda a una fábrica ya abandonada
por cuyos cristales que rompí de niño
se escapa aún ahora una historia dura,
gótica,
mecánica
pero están los amigos,
la luz,
esa espuma de la conversación
robada dulcemente a los vasos de cerveza
y la sonrisa -casi paradoja del ciclo de la vida-
en el rostro de alguien que sabe aunque olvida
que nada hay más violento que la noria de la suerte…

He conocido a héroes;
gente confinada en sillas de ruedas
transitando por la vieja carretera comarcal
que conduce a uno mismo
extenuados y brillando tras resumir el día
en su épica lucha por la normalidad:
aprender a vivir de otra manera
sin los nudos mentales que tanto cuesta desatar
es como una oscuridad teñida hermosamente de rojo por el fuego.

Oh, audacia con brújula,
sí, héroes rodando como ovillos de lana;
gente entronizada que me grita en sueños
que en lo cotidiano está la felicidad,
que todo se rompe, que todo se cura,
que algunos instantes valen la existencia
porque lo infinito cabe en el presente.

Sí, héroes con fuerza de neón
cuyo ejemplo recarga mi aprecio por la vida.

Avisos. Preguntas. Letreros de lo humano…
¡La fuerza de lo lírico!

Héroes confirmando
que existe una quietud llena de ritmo.

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viernes 25 de enero de 2008

EL DÍA, LOS DÍAS de Marifé Santiago Bolaños


Empieza el libro de poemas El día, los días –de Marifé Santiago Bolaños. Ed. Calambur- certificando que, como nos enseñó Safo, la poesía es el lado femenino de todo ser humano: “Y hará ya muchos años que un pájaro lleva en el pico esta escritura mía/ que es tu escritura/ amiga”. Así ese primer poema fluido, panteísta, trascendente, nos da ya una de las dos claves temáticas sobre las que pivota todo el conjunto: la feminidad universal –en ella está el origen de la lírica- entendida como un hermanamiento que va más allá del espacio y del tiempo. Sí, esa feminidad es uno de los grandes temas de El día, los días… El otro es el poeta y su forma de viajar.
El yo poético acompaña en el segundo día a un terapéutico viaje extrasensorial más allá de la lógica y el cuerpo trasmitiendo al lector que, por encima de lo que diariamente podemos aprender, está lo que podemos sentir. Un hermanamiento en el dolor y un acto profundo de empatía se nos antojan al instante esos versos que, a pesar de todo, comunican un extraño vitalismo. Y de hecho en este punto este libro de poemas conecta directamente con el anterior publicado por esta misma autora –Celebración de la Espera. 1999- el cual también se leía como un viaje al más allá de uno mismo –“He sabido cuánto no es la piel limitación del cuerpo…”-. En el prólogo que escribí hace diez años para ese libro empecé diciendo algo que vale también para éste: “Tal vez la condición de poeta no sea otra cosa que una forma de viajar”.
A partir de aquí La India, Japón, Seul, Kibera, Nairobi son lugares presentes mediante los cuales la autora ahonda en una poética que está desde el principio centrada en las raíces y en cierto personal sentido del viaje. De hecho el primer libro de poemas de Marifé Santiago Bolaños –Tres Cuadernos de Bitácora. 1996- era ya un viaje de regreso mágico y mítico a La Maragatería, la tierra de sus antepasados, y Celebración de la Espera es un libro emocionante tanto por lo que dice como por lo que insinúa ya que se trata de lo primero que, tras la desaparición del padre, nuestra autora pudo escribir –por eso no podía ser otra cosa que eso que Luisa Castro llamó Viajes con mi padre-... Lo que no está como argumento. Leer la poesía de está autora es ir sin tránsito desde aquí al más allá.
Luego el tercer día de este libro supone un nuevo viaje en el tiempo, esta vez a la ciudad de la infancia. Y el cuarto se entiende como un regreso a las mujeres del pasado familiar para conseguir así versos de meritorio valor aforístico (los cuales nos insinúan que la solidaridad –esa colectivización del amor, los sueños y los recursos propios- es una forma decididamente humana de estar en el mundo). Pero es en el quinto día –en la quinta jornada de construcción del mundo que es este libro- cuando la mujer se vuelve más metáfora mediante un canto elegíaco, dramático y posmoderno puesto en boca de Dulcinea, el personaje plano, mudo y referencial del Quijote que deja aquí de ser musa para erigirse en protagonista. Luego el sexto es una parte herméticamente sugerente que uno lee como quien camina a solas por la noche de Tokio. Y, en el séptimo día, vuelven los aforismos metafísicos, líricos y elevados como los koan del zen... Versos en prosa derramada como las lágrimas que se hacen río y dejan huella.
En conjunto pues la poesía de Marifé Santiago Bolaños podría definirse como una forma desensimismada y trascendente de depurar el yo y habitar el mundo sin perder nunca de vista ciertos ideales y valores -la belleza, la delicadeza emocional, la finura ética, el refinamiento…-. Recreándose en influencias como las de María Zambrano, José Angel Valente, Antonio Gamoneda, Juan Carlos Mestre y Juan Gelman su poesía conforma un discurso elevado y elegante capaz de convertir ensoñaciones, intuiciones y elucubraciones metafísicas en palpitante verdad.
Ella escribe como quien nos presta así sus alas.
Recomiendo la lectura de El día, los días a quien no sepa volar.

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viernes 18 de enero de 2008

El frío de León ahuyenta a los exhibicionistas

“La noche de París promueve el amor y la delincuencia en la misma medida” escribió Julio Cortázar. Y en este mismo sentido el frío de León es un atávico generador de poesía no sólo porque constituye una eterna invitación al recogimiento y al intimismo; también porque este frío promueve la adicción a los abrazos y al orujo en la misma medida.
Sí, el frío hace de nuestra piel corteza de roble; este frío duro y vivificante que convierte a los niños en hombres y a las heridas en cicatrices, el cual me hace confesar que -por decirlo con el título de un hermoso poemario de Julio Llamazares- son “memoria de la nieve” mis raíces, mi infancia y toda mi adolescencia…
Cuando la nieve empezó a cuajar tú apareciste.
Pero gracias al frío de León a veces el mundo interior y el mundo exterior se reúnen dentro de mí y se hacen poesía, pues la poesía tiene como uno de sus principios precisamente ése: un ser humano perdido en los misterios de su cuerpo es el poeta; un ser humano a la intemperie haciendo frente al frío de la existencia al propiciar con su escritura la reunión de las conciencias y el no menos decisivo encuentro de los cuerpos…
No hay heridas posibles en los cuerpos que se aman para contrarrestar este frío.
Tú cada noche me regalas un pijama de franela…
Por eso ahora, en invierno, mientras el viento helado en la cara nos obliga a besarnos como alegres sedientos, y mientras que ese mismo viento esparce por la ciudad nuestros mejores pensamientos, uno siempre vuelve a su amante y vuelve a la poesía para renovar así el ámbito de la percepción, para interactuar y sobretodo para recuperar energía.
Sí, el frío es una forma cíclica de volver a ti.
Hoy que el cielo parece una plancha de hormigón porque de nuevo amenaza la nieve vuelvo a ese cuerpo tuyo fascinante y peligroso como todo lo que arde sin humo. Y lo hago así, desnudo pero armado, para reivindicar con hechos el frío de León como sustancia poética pues para nada considero cierto ese aforismo de Wallece Stevens que dice que “el amor es una enfermedad tropical”.
Tú instruyes mi corazón, canción, emoción morena.
Tú estás en medio del frío como una cruz en el mapa que nos ayuda a no olvidar de dónde venimos estemos donde estemos.
Y es que el tiempo debe de haberse enamorado de ti, gitana guapa, y por eso pareces un retrato inmortal de ti misma en medio de la Calle Ancha mientras me esperas así, como se espera en León: con los pies helados, y un flexo encendido en el fondo del corazón.
¿Poesía y clima? Oh, poesía y clima aquí, gracias a Gamoneda y a las glaciaciones, equivale a poesía y frío entendiendo por frío esa resaca de todo lo vivido, esa dosis de misterio que nos cala hasta los huesos y se graba en las piedras y en las cosas, ese cielo limpio y amenazante de otro invierno que nos retrotrae el frío de la infancia como para preguntarnos si un recuerdo es algo que tenemos o algo que hemos perdido.
El frío de León nos llena de ropas y disfraces y eso obliga a unir al acto de la contemplación el don de la imaginación pero a su vez eso hace poética y emocionante la desnudez.
La poesía, como el amor, es un acto de desnudez extremo.
Desnudarse en esta tierra trasciende a los deseos acompasados y tiene un plus de heroicidad.
Y es que el frío de León ahuyenta a los exhibicionistas pero cura y conserva a los amantes y a las piezas de cecina en una dualidad suculenta y profundamente humana como todo lo poético.
Regresa el frío, amor, y yo regreso a ti.
Venir a verte es como venir al mundo.

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viernes 28 de diciembre de 2007

Amancio Prada o el amor es una forma de tocar

Lo confieso: acabo de escuchar el recién editado CD de Amancio Prada con canciones de Leo Ferre y ahora estoy fuera de mí mismo.
Y es que uno entra en el templo de la música como despojado, expectante, aprendiz de ave migratoria nuestra alma, y puede olvidarse por un momento de las contrariedades, las rutinas y las mediocridades para quedarse así, suspendido, conmovido, felizmente enganchado en una nube como las bandadas de gorriones o de ángeles.
Uno escucha a Amancio Prada y descubre que existe el más allá.
Entonces, así, celebrando ese elogio de la claridad y la poesía, aprendes de nuevo que existe un alivio para el alma y lo proporciona amablemente la verdadera cultura, la belleza; aprendes sin pretenderlo que hay una parte de tu interior que también necesita atención, mimo, cuidados… Y sales de ti mismo sin barreras ni límites... Y te expandes… La refinada música es el idioma de la libertad.
Pero no resulta fácil alejarse del ruido del mercado, de la calle y de las cosas para entrar en este sonido nutriente donde se dialoga con el tiempo y con la mente, donde se nace y se vive, donde se siente, donde uno se sincera de pronto ante el espejo al imbuirse de recuerdos, de pensamientos, momentos, de tesoros que regala esa alta palabra cuando se hace también música… Escuchar hoy, pues, este hermoso CD de Amancio Prada tiene que ver con discrepar, imaginar, creer, tener bandera propia, conducir por los Campos Elíseos un viejo tiburón recordando con nostalgia aquella revolución que no pudo ser como un Leo Ferre moderno que se dijera a sí mismo que vale, vencerán, podrán encarcelarnos incluso, sí, podrán reducirnos el espacio pero no la libertad.
Oh, un nuevo CD de Amancio Prada es un otro instrumento con el que amar la vida. Y es que cada vez que uno se adentra en la piedra semipreciosa de su repertorio descubre algo sobre sí mismo y el mundo mediante esa filosofía sonora popular y culta, ponderada y de siempre. Y así el planeta se vuelve más humano y habitable ya que la música de este inspirado intérprete es altamente depurativa, sí, y puede por eso producir dentro de quien la escucha un milagro -el milagro de lo bello- ahora que nuestra sociedad vive de espaldas a la poesía y a los milagros.
Por supuesto hay música de consumo inmediato y olvido aún más inmediato pero además, minoritaria e intensa, aquí están las nuevas propuestas sonoras de Amancio Prada capaces de introducirse en un espacio restringido de nuestro espíritu, y devolvernos así cierto ritmo sereno y meditativo más acorde con nuestros propios ciclos naturales y mentales.
Refinado, tierno, íntimo, elevado, sutil, casi de otro siglo u otro mundo este CD, esta invitación a la hondura, constituye una de esas experiencias sólo para elegidos que se sitúa al margen de los subproductos, del mercado, de la falsa cultura, de la falta de alma en cualquier caso, y por eso uno lo escucha como el hombre que vio por primera vez un arco iris. Uno lo escucha y, al hacerlo, efectúa un elogio de la calidad.
Hay notas musicales inspiradas que portan más significados que muchas palabras, sí, pero a la vez hay palabras intemporales escritas desde dentro por personas que tienen respuestas. Cuando ambos poderes –la palabra y la música- se unen simbióticamente producen un efecto imborrable en las personas sensibles; eso que los místicos comparan con volar.
Este CD, aunque profano, además de alimentar sensibilidades supone una invitación a vivir con fe en estos tiempos nuestros en los que la injusticia, la frivolidad, la economía sin alma y la política sin ideología siguen engendrando descreídos… ¡Hace falta a veces tanta fe en el hombre para desear seguir siendo un ciudadano!
Ah, la guitarra dadivosa de Amancio Prada...
Ah, su música enseñándonos que el amor es una forma de tocar...

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miércoles 5 de diciembre de 2007

LA ABUELA MARGARITA

Tan truculento el mar en Finisterre
mientras la lluvia parece el bombardeo
con el que el firmamento subraya su presencia.
Reviso
esta honda inmensidad.
Alguien creyó que aquí acababa todo
pero he venido hoy desafiando al clima
-bella injuria grisácea o motín en pleno cielo-
a un lugar donde todo invita ahora a tachar
esos poemas que ponen la muerte en un microscopio.
Y grito
como la rabia eléctrica que estructura las tormentas.
Cuesta creer que pueda acabarse
la tierra firme del amor abrigo
al avistar gaviotas planeando
con una facilidad natural, fundamental,
que abajo niega este abismo de belleza adictiva.
¿El fin son las guadañas verticales
de todo contemplado precipio rocoso?

Finisterre es una emoción porque al recalar en este fin del mundo conocido como un peregrino exangüe al que le gustaría creer menos en los caminos cortados que en el más allá tomé una perspectiva límite para absorber vivencias y atreverme a saber que hay un tumor en un panal de miel que mengua el infinito sí que el obsesivo cáncer que invade los departamentos del cuerpo de la abuela es su forma severa penúltima humanísima

de contradecir

a la eternidad.

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miércoles 28 de noviembre de 2007

La poesía hoy

Para José Enrique Martínez

La poesía es un acto de desnudez extrema. Y un abrazo decisivo entre conciencias. Y el lugar donde reside actualmente la verdadera ideología. Y un modo necesario de depurar nuestro ego en la medida en que nos conectamos con lo universal.
Efectivamente la literatura, como la vida, no se entiende sino desde la interdisciplinariedad y por eso ya casi nadie cree en la existencia de los géneros literarios puesto que todos ellos están comunicados. Pero cada vez que me pregunto por el cimiento en el cual se asienta específicamente la poesía llego siempre a la misma respuesta. Y es que si en el ensayo, por ejemplo, cobra mucha importancia el pensamiento y en la novela esa importancia recae en gran medida en la imaginación, parece que para que la poesía funcione, emocione y hasta conmocione tiene que ser verdad. La poesía, sobre todo la basada en experiencias demasiado hondas como para no ser compartidas, tiene que ser verdad para no convertirse en un efecto verbal y estético simplemente brillante, como la publicidad.
Quienes hemos sentido alguna vez, al leer un poema, cómo éste nos iba afilando la intuición al tiempo que nos regalaba precisión lingüística, emocional y moral sabemos rastrear, reconocer... Sabemos intuitivamente dónde está esa verdad vitalista que sintoniza el cuerpo con el alma, esa verdad serena que intensifica el intimismo, la verdad desgarrada que ayuda a extraer principios de la tristeza, la que convierte el grito en música y la muerte en leyenda, sí, esa verdad emocionante y no dogmática que enseña que nada es absoluto. Así tenemos claro que la poesía, sea ésta clara y clarividente u oscura y misteriosa, nunca engaña. No, la poesía -ese sistema de ventilación de la conciencia- no engaña y no calla y he ahí su grandeza.
Sé que en este mundo escéptico hablar de verdad supone invocar algo peligroso, cuestionable, algo sospechoso porque atenta contra la ceremonia de la confusión y contra el tinglado de apariencia y falsedad que nos hemos montado. Pero ahora que cada vez da más miedo expresar lo que se siente aún nos queda la ventana emocional de la poesía; ahora que de la política y el derecho parece deducirse que todo es calculado y relativo ahí tenemos la poesía mostrándole al mundo que aún existe la verdad de la emoción. Así el poeta tiene hoy, parece, la misión de bajarse del carro del descreimiento para propagar la dignidad y la belleza que posee lo sentimentalmente contagioso. Sí, el poeta ha de volver ser, en nuestra cultura cuajada en el escepticismo, el inexcusable latido de verdad del mundo.
Pero la verdad, como la poesía, ha caído en desgracia desde que no está de moda la cultura del esfuerzo. Por eso conviene recordar que la verdad es costosa y necesita ser apreciada y buscada, sí, pero convierte la poesía y la vida en un intento de humanizar más el mundo. Y he de aclarar que yo no creo, como Gabriel Celaya, que la poesía pueda cambiar el mundo, pero la poesía exenta de verdad sí que puede hacerlo: puede desfigurar el mundo.
Ése es, en mi opinión, el definitivo y definitorio papel actual del poeta. Y por eso creo que ahora más que nunca la poesía ha de volver a su esencia, a su materia íntima, a su pulpa de verdad. Sí, en este momento histórico en el que el mercado dicta y obliga, la poesía, porque no se vende, ha de volver a ser el centro de la cultura.
Así pues, con la certeza de que al dedicarme a la poesía estoy intentando dignamente irradiar humanidad y belleza, quiero terminar recomendándoles a todos ustedes que lean poesía porque sin ella probablemente la vida seguiría existiendo, claro, pero no sabríamos qué significa.
La poesía nos hace ver en cada cosa el brillo de lo nuevo.
La poesía, querida, es un estuche en el que acomodar tu corazón y el resto de mis joyas.

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jueves 15 de noviembre de 2007

Enamorados hasta las trancas de Almudena Guzmán

Entonces Almudena Guzmán acababa de publicar Usted y el tono naïf de temeraria adolescente aspirante a chica mala de ese poemario, de esa suerte de libro confesional, narrativo y corrosivo al mismo tiempo, no era casi nada en comparación con la foto de aquella chica seria de belleza enigmática y peinado esculpido como de Safo rompedora del París de los locos años veinte. Aquella foto publicada en el libro como poético e imprescindible complemento del mismo nos hizo soñar con la autora mientras lo leíamos, y por eso empezamos por aquel tiempo a detestar el recatado vitalismo elemental de nuestras compañeras de clase. Oh, nada que ver con la naturalidad emocional de la chica de la foto, del libro, de los sueños exóticos de esos aprendices de poetas displicentes que ya éramos…
Entonces, para nosotros, todo lo referente a la poesía tenía que ver con el incipiente cuello desnudo y en sombra de aquella fotografía hecha para imaginar; para enamorar. Así descubrimos que el libro Usted era igualmente una fotografía, algo hecho para ser recordado, un momento esencialmente detenido con innegable sustancia de eternidad… La poesía de Almudena Guzmán nos había empezado a enseñar el arte sensual de la evocación y el poder de la sugerencia mientras, al mismo tiempo, nos hacía vislumbrar lo que tiene el discurso lírico de descripción psicológica y de vehículo para la identificación, sí, pero además nosotros también creímos ver todo eso al observar su foto.
Pasó el tiempo como un punto y seguido y llegó el Libro de Tamar, su siguiente poemario, su siguiente misterio: todo un regreso al territorio de la imaginación, el encantamiento y las primeras fascinaciones -esto es, todo un regreso a la infancia-. Era aquella la segunda edición del libro, y en ese ejemplar no había ninguna foto de la autora acaso porque desde esas páginas ella era aún tan niña que hubiera sido pecado retratarla así para nosotros. Pero, al menos, el prólogo de Claudio Rodríguez servía como el lúcido retrato verbal de un temperamento creativo, y por eso releímos esa elogiosa introducción -de gran rigor analítico, por otra parte- intentando ver en secreto otra vez a nuestra poeta. Sí, aquel prólogo de don Claudio era efectivamente como si la vecina de enfrente descorriera las cortinas: todos nosotros mirando con prismáticos a ver si se desnudaba. Pero bueno, lo cierto es que tras el erudito preámbulo acabamos encontrándonos con un libro o escuela inicial de percepciones que nos llevó a la niñez de la autora –una especie de bosque encantado de Wenceslao Fernández Flórez lleno de detalles, sonidos, gnomos y un primer amor es esta infancia; este libro-, y nuestros pensamientos previos nos ruborizaron.
La madurez se nota principalmente en las huellas, y los versos huellas son. Por eso en su siguiente libro, Calendario, los temas eran los mismos -el erotismo, la lluvia, el tiempo como pretexto para lo biográfico o como su reducto…- pero de todo emanaba más madurez. Acaso por eso en la fotografía de este libro veíamos en contrapicado a una hermosa mujer y casi nos caíamos por el imantado precipicio de su escote. Oh, un escote que, de algún modo, nos explicaba todo el libro… Los poemas son hojas de calendario... El deseo, como la vida, es una cuenta atrás.
Finalmente está El Príncipe Rojo, su libro más singular pues tiene una estética y un lenguaje medievalizante al que se une cierto espíritu concienciador de poesía social postmoderna. En él aparece ya el retrato de una Almudena Guzmán sonriente y con algo de hippie realizada cuyas maneras definitivamente nos enorgullecen y denuncian, sí, ahora que los de entonces ya no somos los mismos.
Libros que nos instruyen el corazón.
Mapas del tiempo.

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domingo 4 de noviembre de 2007

EN LA LUZ RESPIRADA de Antonio Colinas

Cuando en silencio hago repaso de lo que me ha traído hasta aquí y me ha ayudado a ser quien soy, aparecen indelebles los nombres del que fuera mi profesor, José Enrique Martínez, y de uno de mis poetas, Antonio Colinas. Por eso la reciente publicación en la Editorial Cátedra de “En la luz respirada”, reunión corregida de tres libros clave del poeta bañezano –“Sepulcro en Tarquinia”, “Noche más allá de la noche” y “Libro de la mansedumbre”- supone para mí un reencuentro conmigo mismo. ¿Releer no es buscarnos en el pasado y confrontarnos en el presente? ¿Retomar los libros que nos fueron importantes no equivale a preguntarnos si en verdad hemos crecido, o si han crecido dichos libros?
José Enrique Martínez, Catedrático de Teoría de la Literatura de la Universidad de León e iniciador en esta tierra de toda una generación en esa música verbal, emocional y vital que es la poesía, ha realizado la introducción y las notas de esta edición. En ellas deja claro como la poesía de Antonio Colinas está totalmente imbricada en la vida, la mirada y las lecturas de ese poeta; habla además de la riqueza léxica y simbólica de algunos poemas y nos esclarece el significado de los versos más culturalistas. Por eso volver a leer estos tres libros o puntos álgidos de cada una de las etapas creativas de este autor, se parece mucho a leerlos por vez primera, desde un ángulo distinto, con una perspectiva mejor. No más lejos, más hondo.
A la hora de entender el ideario y la visión del mundo de este escritor, en la introducción se nos habla de los espacios o ciudades que ha interiorizado: La Bañeza, León, Córdoba, Madrid, Milán, Pérgamo, Ibiza y Salamanca. Cada uno de esos espacios en los que Antonio Colinas ha vivido viven ahora dentro de sus libros y sus poemas, y por eso leer “En la luz respirada”, de un mistérico, culto y primigenio modo, se parece a viajar.
Asimismo José Enrique Martínez nos regala su lectura personal de algunos poemas como el titulado propiamente “Sepulcro en Tarquinia”. Nos habla entonces de poetas italianos, del mundo latino y del noroeste, mezcla el neorromanticismo telúrico con la trayectoria del autor y nos enseña así que leer poesía implica una forma de ser y de estar en el mundo. “Sepulcro en Tarquinia”, leído ahora, es la obra poética culturalista, metahistórica, intercultural, humana y humanista de un poeta inspirado capaz de tocar un nervio de nuestra alma. Dicho libro de poemas, en el mundo intolerante y globalizado que habitamos, ayuda a convivir.
Luego está “Noche más allá de la noche”, poema de poemas, himno que el autor de la edición califica como el mejor libro de poemas de Antonio Colinas. Puede ser, pero parece justo señalar aquí con humildad que en la jerarquía de mi sensibilidad está más alto “Sepulcro en Tarquinia”. Y lo está porque esos poemas no me elevan y me sacan ética y estéticamente del mundo, no, sino que me introducen lúcidamente en él. De todas formas está claro que toda la brillante segunda etapa creativa de Colinas –donde se sitúa “Noche más allá de la noche”- se caracteriza por ser elevada, filosófica, budista o taoísta, cosmológica, esencial... Y son importantes aquí las lecturas fundamentales que nuestro poeta hizo entonces, y que el introductor nos señala. Así encajamos y contextualizamos el ritmo, casi respiratorio, y el lenguaje imaginativo, volador y espiritual. El “Libro de la Mansedumbre”, con su tono naïf, naturalista, sensible, evocador y tierno, es el más representativo, dice la introducción, de esta última parte de la obra de un poeta en el sentido clásico de la palabra. Uno de esos poetas, médiums o gurús de la tribu que busca la iluminación y nos la regala. Un poeta de los nuestros. Uno al que bien podemos encontrarnos un día por aquí, por cualquier calle, con cara de extrañeza mientras nos acercamos a él para preguntarle al oído: ¿Eres tú el elegido o tenemos que esperar a otro?

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sábado 20 de octubre de 2007

Ese jardinero emocional llamado Javier Lostalé

Homero, Safo, las huellas que nos orientan… Sí, en el principio fue la épica inevitablemente masculina –con su sabiduría, su pasión, su vigor, su energía y su elogio del cuerpo- y la lírica decididamente femenina –con su fulgor, su cadencia, su entrega, su intimismo y su elogio del cuerpo-. Pero hoy, por suerte, hay poetas cuyo empeño se centra en deconstruir las bipolaridades, recuperar el sentido, reconstruir el todo fundiendo las partes como un arqueólogo que, amorosamente, recompusiera los restos de un ánfora... Sí, así, como un arqueólogo que vive entre el presente y el pasado, veo yo al jardinero emocional Javier Lostalé.
Y es que la poesía de Javier Lostalé a la vez esencial y narrativa, activa y contemplativa, metafísica y surrealista no sólo es un puente entre dos mundos sino que también puede concebirse como un instrumento útil para saber que el mundo puede ser de otra forma. Así nos eleva y nos transporta el idealismo. Así nos enjuaga la pureza y el anhelo de pureza. Así nos llena y amplía todo lo que intenta ensanchar las fronteras de lo que hoy se entiende por normal, por correcto, por virtuoso… Y es que la poesía de Javier Lostalé no está de un lado ni del otro sino que parece asumir que, como decían los griegos, en el centro reside la virtud. Sí, por eso su depurada escritura se centra con delicadeza en los matices, en los detalles, en los destellos y supera así maniqueísmos como poesía-prosa, masculino-femenino, narratividad-esencialismo, actualidad-eternidad pues ciertamente el mundo no es blanco ni negro: necesitamos la literatura que nos recuerda que no sólo hay dos lados, no sólo dos bandos, no sólo una verdad...
El primer libro de este autor -Jimy Jimy- es una amalgama de anécdotas emocionales, panteísmo y riqueza contemplativa cuyo principal valor radica en el uso conmovedor que el poeta hace de la palabra tú. El resultado es una poesía sensible y narrativa que se sitúa en ese espacio que separa, o que une, a la lírica y a la épica. Igualmente se percibe en todo el libro un anhelo de pureza profundamente trascendente a pesar de que éste es un libro fundamentalmente carnal como todo lo que es humano y real.
A esa inauguración siguió en 1981 Figura en un paseo marítimo, que no amplía el mundo de su libro anterior, pero lo intensifica. De hecho la nueva aportación que el poeta hace aquí y nos regala es la incorporación de la sensación, y así en estas páginas, sobre las historias, destacan los olores, sudores, sabores, impresiones que suscitan recuerdos y toda esa intensidad que emana de la serenidad. Acaso el ritmo nos desconcierte pero estamos ante un texto construido desde el recuerdo que nos reafirma en nuestro aprecio del hermoso poder que tiene la evocación.
Después, en 1995, se publicó La Rosa Inclinada, libro que se inicia con “Confesión”, acaso el poema más conocido del autor por su carácter de poética o testamento vital y por ser su primer poema en prosa publicado. Javier Lostalé ha evolucionado hacia la condensación emocional, y por eso estamos ante una poesía metafísica en la línea europea de Hölderlin, Rilke, Celan y Holan.
Hondo es el resplandor, su siguiente libro, supone otro avance hacia una poesía más surrealista en las metáforas, que no en los temas. Acaso sea su libro más emotivo y suponga un punto de inflexión en el quehacer de este poeta que aquí se abre a nuevos temas y los aborda con madurez.
En 1998 ve la luz su libro definitivo, La Estación Azul, poemario en prosa en la línea de Platero y yo -Juan Ramón Jiménez- y principalmente Ocnos -Luis Cernuda-. La Estación Azul es un poemario cargado de inteligencia emocional cuya virtud más alabada por la crítica es el impecable ritmo. Sin duda este celebrado libro ha tenido una gran influencia en los poetas jóvenes y es causante –junto a otros de Gamoneda, Mestre y LLamazares- de la riqueza que hoy tiene nuestra poesía en prosa...
Sí, éste es el hombre y su modo de volar.

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viernes 19 de octubre de 2007

Si Victoriano Crémer fuera homosexual

Si Victoriano Crémer fuera homosexual tendría un novio musculado y joven, pertenecería a la Real Academia, presentaría un programa de televisión y quedaría finalista del Premio Planeta pero así tiene que conformarse con haber sido y ser ya para siempre nuestra referencia verbal resplandeciente, alimento para nuestra conciencia, Historia, pura paradoja o contradicción, el centro de nuestros congresos y homenajes y parte fundamental de lo que nos identifica: nuestra memoria… ¡Ah, la memoria!
Sí, ya entonces circulaba por los cafetones de la Avenida Madrid el rumor de que Victoriano Crémer era inmortal. Por eso yo tenía veintitrés años, leía en secreto como los mendigos de las novelas de Paul Auster e iba en las tardes de los martes a la tertulia que don Victoriano tenía y sostenía en un bar intranquilo y postmoderno, con música ambiente y muchachas de cuerpo justiciero, casi debajo de su casa. Allí el poeta hablaba sin escucharse como por necesidad. Y a mí sin embargo me gustaba acompañarle como si así pudiera resarcirme de mi vitalismo elemental, y contagiarme de la eternidad que aquel hombre desprendía…
Han ido pasado los años como unos puntos suspensivos y el escepticismo de ese hombre parece que ha ido a más pero, sin embargo, no ha minado ni su vitalidad, ni su columna casi diaria, ni “sus ganas de más alma” como diría César Vallejo, y a mí eso me sigue fascinando. Desde entonces he hablado muchas veces con Crémer, pero aún no deja de sorprenderme el hecho de que por más que cambie yo y por más vueltas que dé mi vida a él le veo igual que siempre, igual de lejos de nunca, igual de vacío de nada, igual de lleno de la energía justa para ir tirando por su vida sin final.
Sí, van cien años de existencia: ¡feliz cumpleaños! Por eso ahora que acabamos de asistir a un Congreso sobre su obra vuelvo a escribir sobre él porque sin duda esta ciudad, y todo el que escribe o lee en esta ciudad, le debe algo a don Victoriano. El reconocimiento es un terreno contiguo al agradecimiento. La sombra alargada de la vida se vuelve prodigio en la figura de ese hombre de algún modo tocado por los dioses.
Sí, Victoriano Crémer es inmortal. Lo sé porque hasta el periódico habla de ello, nunca suficiente, y porque desde que le conozco entiendo por qué los poetas son una ciudad aparte, un mundo aparte, viviendo una vida apasionada y siempre larga –incluso cuando es corta- en medio de los demás. Él, como Juan Carlos Onetti, cuando escribe “siente que aún está agarrado a la cola de la vida” porque vive para eso y, además, vive por eso. Supongo pues que sigue escribiendo su artículo diario porque es su aviso diario de que aún está entre nosotros igual que la catedral.
Oh, ya un siglo de palabras una detrás de otra formando un sendero largo, transitable, por el que ha caminado como un perro sin amo que aúlla entre las vías del tren su soledad. Un siglo plagado de recuerdos y de pequeñas cosas. De poemas que retrasan el otoño del patriarca. Un siglo laborioso que ya ha quedado atrás.
Los poetas de mi generación avanzaban como Jack el Destripador matando padres, sí, pero yo tenía veintitrés años, leía en secreto igual que las prostitutas de los cuentos de Allan Poe, e iba a tomar café con Crémer igual que quien no terminaba de creerse que aquello de escribir fuera real. Desde entonces el tiempo ha persistido en su ritmo de rueda dentada y tras tanta retórica ahora aquellos cafés cortados con versos aún significan algo.
Por eso, al asistir a este congreso sobre la obra de Crémer, he pensado en lo tierno que es el cariño de tu gente frente a lo olvidadiza e injusta que se ha vuelto la gloria literaria y sus grandes premios… Si Victoriano Crémer fuera catalán… Si fuera homosexual…

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martes 9 de octubre de 2007

LA ESTACIÓN AZUL de Radio 3

Parece que los contables dominan el mundo pero aún quedan pequeños reductos, luz, momentos; aún existen programas como LA ESTACIÓN AZUL que cada domingo noche emite Radio 3 (00,00 horas). Es un espacio intenso en el que se entrevista a poetas, se leen versos, se recomiendan libros y se embellece el mundo al esparcir la fe en la justicia poética a través de esa magia palpitante que posee la radio nocturna.
Javier Lostalé e Ignacio Elguero –casi el yin y el yan- ejercen como cabeza visible al conducir acompasadamente el programa, y lo cierto es que consiguen con sus diferentes talantes dotarlo del rigor selectivo que tiene todo lo especial. Pero no se trata de un programa elitista sino más bien uno interesante que ofrece al oyente el mensaje de que el panorama actual de la poesía en castellano es tan amplio y rico como nuestra geografía humana, y por eso existe un libro de poemas capaz de tocar el alma de cada uno de nosotros. Sí, existe un libro de poemas para cada persona aunque encontrarlo resulta tan difícil que mucha gente no llega nunca a conseguirlo. Al menos este programa de radio nos ayuda en dicha empresa fascinante.
Todo aquel elegido que ha encontrado ya su libro de poemas vive y lee como tratando de repetir aquella iniciática emoción, y por eso ese individuo brilla de un extraño modo en cualquiera que sea su entorno, pues eso se nota. Es evidente. La presencia de la poesía se nota en nuestras vidas –es una forma de sentir que nos ilumina el rostro- y por eso la labor que este programa está haciendo trasciende lo laboral y lo radiofónico y llega a lo social e, incluso, a lo espiritual.
En esta era en la que los medios de comunicación esparcen la idea de que todo tiene que ser rentable, y televisado, y vulgar, aquí está esta hora de radio transmitiéndonos la verdad de que también existe la elocuencia, y la locura revulsiva, y el grito convertido en música verbal, y la verdad, y la belleza... Ahora que cada vez se tiene más miedo a expresar lo que se siente aquí está la desnudez extrema que constituye la poesía. Ahora que la política nos decepciona con facilidad aquí está la verdadera ideología que reside en la poesía. Aquí está el altruismo humano y humanista de la poesía. Aquí están la imaginación y la lucidez globalizadas que nos hermanan con el mundo. Aquí está su poder para conmovernos, para hacernos reír o volar, e incluso capaz de denunciar sin ambages nuestro fracaso.
“La Estación Azul” constituye una apreciable excepción en el conjunto de la radiotelevisión española –hay otras, claro- en este momento en el que la vulgaridad campa a sus anchas por las programaciones. Por eso humildemente puede considerarse esta columna como un sentido homenaje a este programa de radio casi utópico que está consiguiendo esparcir la minoritaria antorcha de la poesía por todo el país, y dando de paso un ejemplo de cómo los medios públicos de comunicación pueden emplear sus recursos y posibilidades para humanizar nuestra sociedad.
En la oscuridad de un cuarto suenan poemas derritiendo la frialdad emocional de alguien; brillan poemas como música de fondo para los amantes; llega la poesía hermanando intimidades y poniendo un poco de serena intensidad en el trajín de la existencia.
Como un soplo de aire nuevo, esta hora la radio posee un tono distinto capaz de sintonizarnos el cuerpo con el alma, y así al escuchar hasta nos reconfortamos con nosotros mismos al sentirnos un poco al margen, especiales, luminosas presencias en la noche del mundo como astros de luz.
De todo lo que la radio puede hacer por nosotros destaca actualmente “La Estación Azul” por su capacidad esencial para emocionarnos y reconciliarnos con nosotros mismos. De hecho ese programa tan discursivo parece una pregunta brillante que se queda en el aire, y siempre asomará a los locutores el interrogante de si alguien habrá aceptado la propuesta, de si alguien habrá captado el secreto…
La radio a veces es un monólogo.
Y esta es una forma de decir, en nombre e alguna gente, gracias.

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OCNOS de Luis Cernuda

Leer un libro como quien vuelve al cuarto de juguetes que habitó de niño, un poemario como un mapa para saber regresar sin perderse, un elixir de la eterna infancia irrepetible donde todo empieza... La colección de poesía Signos -integrada en la Editorial Huerga&Fierro-, acaba de reeditar OCNOS, de Luis Cernuda, en una edición preparada y prologada por Francisco Brines.
Según aclara la cita inicial que precede al texto, fue en la obra de Goethe donde encuentra nuestro autor la mención de Ocnos, personaje mítico que trenza los juncos que han de servir de alimento a su asno. Escribe Francisco Brines que Cernuda “halló en ello cierta ironía sarcástica agradable, se tome el asno como símbolo del tiempo que todo lo consume, o del público, igualmente inconsciente y destructor”. Luego el prologuista nos hace un sintético repaso de los antecedentes formales de poesía en prosa a los que debió tener acceso el poeta sevillano, tanto en los que se insertan en la tradición hispánica (Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, etc), como en los del canon francés (Baudelaire. Rimbaud, etc). Francisco Brines con su documentado prólogo nos ilumina y sitúa. Y luego vine Ocnos.
Hay libros que se leen despacio, rozando con los ojos cada letra impresa. Se leen ausentándose mientras tanto de este mundo nuestro lleno de prisas y ruido contagioso, y uno parece limpiarse con las páginas el ánimo y el alma de infecciosas interferencias.
Pequeños pasajes cristalinos que convierten la memoria en cadencia, anécdotas emocionales con un diluido fondo de piano, Sevilla fotografiada en palabras desde Escocia, Ocnos es el libro de un poeta exiliado de todo que mira hacia atrás con clarividencia acaso para ponerse a bien con el universo.
El autor comienza a escribirlo en Glasgow (Escocia) en 1940, y es en la distancia espacial y temporal donde consigue la lucidez armónica que impregna este libro. Utilizando una segunda persona referencial en muchos de los textos, nuestro autor va recogiendo del suelo sus propias huellas y le llevan hasta una Sevilla mítica con bazares y huertos, con magnolios y vicio mientras las estaciones gradúan la luz a la orilla del río. “Y te adentraste en la ciudad abrupta, maravillosa, como si tendiera hacia ti la mano llena de promesas”.
Ocnos nos enseña entre otras cosas que la memoria está llena de sonidos, acordes, disonancias, pasajes, aromas añorados, texturas, sabores legendarios que también son el futuro. Bello cinematógrafo de la vida. Desde este libro construido no según el orden en que cada “trozo” –como los llamaba Cernuda- fue escrito, sino según tuvieron cronológicamente lugar las secuencias infantiles y juveniles que se muestran, el lector puede atisbar de forma global el universo interior del autor: su talante cosmopolita que mitifica con frecuencia el punto de partida, su espíritu delicado y sensible, contemplativo a veces, el lenguaje contenido, la precisión emocional rica en matices, esa personalidad ensimismada y a la vez expectante en perpetuo estado de perplejidad ante el mundo, las fascinaciones eróticas, su proximidad con el dolor acompañada de cierta fuerza natural que dobla pero no rompe, todo ello expresado o sugerido con elevada tensión lírica.
Recibamos como un feliz acontecimiento la publicación de este libro ahora que se cumplen cien años del nacimiento del poeta, y sesenta desde la primera edición de Ocnos.
Sí, como volver al cuarto de juguetes de la infancia es leer cada poema en prosa inacabable de este libro. Entre un caballo de cartón y una muñeca de trapo se puede ver aún, hecho con papiroflexia, tu corazón.

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miércoles 26 de septiembre de 2007

QUERIDO SILENCIO de Luis Muñoz


Autor: Luis Muñoz
ISBN: 9788483104484
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Tengo cierto ejemplar guardado en mi baúl de un poemario desgastado. Se titula Septiembre y está escrito por Luis Muñoz… Poemas desgastados de tanto recordarlos. Antes, cuando éramos más jóvenes y vivir consistía en salir a la calle sin un duro, en esos tiempos en que compartíamos hallazgos, jazz y triangulaciones amorosas, robamos ese libro en unos grandes almacenes para recitarnos unos a otros el poema Testigo como prueba de amistad. Hicimos de ese libro un evangelio. Lo leíamos sentados sobre la acera como si fuera un texto escrito en papel de hachís capaz de otorgarnos serenidad elaborada.

El tiempo pasa pero los libros elegidos permanecen, y cada uno de nosotros fuimos forjando nuestra propia autonomía. Caminando paralelamente juntos como las vías del tren aprendimos que crecer tiene que ver con el verbo distanciarse; que como enseña ese libro iniciático vivir es avanzar fijándose en detalles que en realidad son símbolos. Oh, fatigados al fin nos fuimos: algunos a trabajar fuera de León porque así de cruel está aquí la política y la vida; otros, los menos, luego regresamos. Ahora nos quedan esos versos en los que releer todo cuanto fue, y conservamos el verano como punto de encuentro para llenarlo de nuevos poemas y experiencias evocadas con la emoción de entonces. Nos quedan los recuerdos que se derraman igual que la espuma de cerveza avivando aquel tiempo en el que bebíamos sexos y fumábamos flores.

Ese libro vacacional y melancólico titulado Septiembre primero, la narratividad con brillantes metáforas de Manzanas amarillas después, y más tarde el deseo expresado con una serenidad y naturalidad capaces de sintonizarnos el cuerpo con el alma de El apetito y Correspondencias, fueron y son una ventana que siempre estará abierta. Con cada nítido poema su autor logró una meta notable: escribir algo a lo que regresar.

Ahora acaba de llegar a mis manos el último libro de este poeta. Se titula Querido silencio (Editorial Tusquets) y en él destaca no sólo el lenguaje depurado sino principalmente ese tono reflexivo, detallista, relajado y sorprendente que nos hace ver acaso que la vida también puede ser eso, esa mirada atenta, ese refinamiento, sí, esa depuración emocional… Que la vida también puede ser cierta quietud no exenta de capacidad de asombro. Son poemas a la vez intimistas y expectantes como "Campo de alcornoques", u otros a un tiempo reflexivos y narrativos como el titulado "Rápido", pero sobre todo es la fascinante imaginación apegada a la realidad de "Cepillos de dientes" o "Doméstico" la que me devuelve a un espacio poco habitado últimamente, mis recuerdos, al tiempo que me insufla cierta cadencia más acorde con mis ritmos naturales y mentales.

Por eso hoy me ha parecido que ésta es una ocasión tan buena como cualquier otra para agradecerle al “azar” que nos hiciera llegar entonces la obra de este autor -su propuesta lírica original y emocionante, ese sendero esencial e introspectivo que nos abrió los ojos y los abrazos mientras lo compartíamos todo porque no teníamos nada-.

Ojalá dentro de muchos años esté yo un día vagando por mi casa con los ojos vidriados y, sin saber por qué, llegue al baúl para mi insospechado reencuentro con las cosas, topándome de pronto con este ejemplar amarillento de Querido Silencio. Ojalá lo abra entonces por la página que señale un pétalo estratégicamente muerto, y relea "Culatra", y luego "Un poco absurdo", porque esos poemas delicadamente impuros serán en ese punto algo así como un espejo que me podrá indicar si yo sigo siendo de los míos.

Libros de carne que llevamos dentro del corazón lo mismo que los viajeros nómadas llevan ropa en sus maletas. Antorchas en la noche del día a día que dan luz y también motivos para la existencia. Pequeñas grandes cosas que, como el mar o el amor, unen y separan. Ahora que el incipiente verano deja instantes para la balada de la vida en calma quiero recomendarles muy sinceramente, cómo no, que compren y lean poesía porque sin ella la vida probablemente seguiría existiendo, pero no sabríamos qué significa... Hay en las librerías un poemario ponderado y emocionante titulado Querido silencio. Pasen y lean.

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