Desde antiguo una de las fascinaciones del hombre ha sido volar. Siempre el ser humano ha envidiado a las aves. Incluso en la Edad Media y el Renacimiento se hicieron experimentos fallidos para conseguir esa hazaña, desplazarse entre las nubes, y no ha sido hasta el siglo XX que la tecnología nos ha permitido conseguirlo mediante el avión. Sin embargo yo creo que existe quien vuela sin ayuda; que hay ángeles entre nosotros. De hecho me da la impresión de que María Fernanda Santiago Bolaños publica novelas como quien nos regala sus alas.
Esta escritora irrumpió en el panorama de la novela española con EL TIEMPO DE LAS LLUVIAS (Editorial Linteo), una obra ambiciosa sobre las raíces mitificadas, los exilios y las deudas de sangre, y cuya trama estaba localizada en gran medida en la Maragatería leonesa, más concretamente en un pequeño pueblo mítico llamado Castroluce. Dicha obra, poseedora del regusto de las novelas clásicas, fue saludada y celebrada por la crítica como un meritorio debut. Posteriormente publicó UN ÁNGEL MUERTO SOBRE LA HIERBA (Editorial Linteo), novela de prosa envolvente, sensual y lírica localizada en Calpurnia –literario reflejo de Orense- y cuya trama, bajo la cual parecía escucharse la música de Bach, nos hablaba de una casa que fue mágica, de una mujer que se desdoblaba y de unos personajes secundarios memorables capaces de hacernos comprender y amar la vida. Ahora llega a las librerías su tercera novela avalada por esta trayectoria literaria admirablemente singular.
En la recién publicada EL JARDÍN DE LAS FAVORITAS OLVIDADAS (Editorial Linteo) todo comienza con un juego y una adivinanza; todo comienza con un guiño al Zaratustra de Nietzche.
Sí, una niña es seducida por el cura del pueblo, y queda embarazada: nace así Anxo del Rey. Anxo crece como huérfano en un hospicio compostelano donde lo apadrinan una monja y un boticario, y donde lentamente aprende sobre plantas medicinales y hierbas de enamorar. A los cinco años sale obligatoriamente del hospicio sin tener a donde ir, y entonces empiezan sus trabajos como si de un precoz Ulises se tratara. ¡Pero existe la bondad! En la calle conoce al Capitán, marinero sabio y culto, versado en la filosofía clásica y los saberes antiguos… Con ternura infinita éste le dice “no te voy a dejar”. He ahí, en esa frase, el primer punto de giro de la novela: Anxo ha conocido a un guía, a un maestro protector, a un hombre de bien, a un Virgilio, y ese encuentro marcará su vida.
Las descripciones, los diálogos y el ambiente tienen ahora lenguaje de leyenda, y ese tono se ve incrementado por el hecho de que los personajes secundarios –el boticario, el cura, la monja, el médico…- no tienen nombre. Dentro de la lista de personajes secundarios aparece también un arriero maragato y es entonces, con su repentina presencia y sobre todo con su despedida, cuando el lector intuye que este texto va a estar repleto de buenas personas.
La acción fluye cansina pues la narratividad se ve frenada o enriquecida por el simbolismo. Los paralelismos mitológicos son constantes, y así lo muestran, por ejemplo, términos como “la gruta de las iniciaciones”, “el mar de los orígenes”... Y es que, como el propio Capitán dice, “nada hay más indispensable, en los momentos álgidos de la vida, que la mitología: por su mediación todos los seres humanos, alguna vez, tienen un momento de gloria”.
Pero esa trama no es la única, ni la dominante. Al mismo tiempo que nos adentramos en la leyenda, casi el mito, sabemos complementariamente de la existencia más actual y cercana a nosotros de María Salomón. Esta mujer es “una aprendiz de favorita de la vida”, una moderna Antífona, una monja refinada y mística amante del teatro –“el teatro es otro modo de arder y de resucitar”, dice-.
Este fascinante personaje de tragedia, María Salomón, descubre los orígenes maragatos de su familia materna como quien descubre su propia mitología, descubre también reveladoramente a su propia madre, y acude a La Habana para ver a su abuelo Anxo del Rey. Sí, he aquí el segundo y definitivo punto de giro de la novela: para ambos ése será un encuentro trascendental que marcará sus vidas. Anxo ha sido siempre un perpetuo huérfano, y sólo cuando se reúne en Cuba con su nieta siente, en cierto modo, la liberación de su precariedad existencial. María Salomón, por su parte, al encontrarse con sus raíces en Cuba, modifica su comprensión de la trascendencia e inicia una vivencia diferente de su religiosidad.
A partir de ese segundo encuentro que cierra un círculo nos adentramos ya totalmente enganchados por la prosa y el argumento en una historia contada con lenguaje brillante. “Castroluce fue el lugar de su segundo nacimiento, lo que la hacía doblemente mortal”; “los límites nos hacen supersticiosos porque la superstición es la última oportunidad que concede la esperanza”; “esto son mis recuerdos: las cosas latiendo”; “todas las grandes narraciones son páginas del mismo libro”; “dudas de fe, no es posible: de la fe, precisamente, no se duda”, etc., son, cogidas al azar, frases brillantes que la autora nos regala, y como ésas hay muchas en El Jardín de las Favoritas Olvidadas.
Así, a través de una estructura narrativa construida mediante actos y escenas teatrales, y mediante una prosa muy rica en alusiones, referencias y hallazgos expresivos, Marifé Santiago Bolaños nos introduce en un intenso mundo que nos ayudará a descubrir que, como en el Jardín del Emperador de China –“cada noche una amante distinta”- donde muchas esperaban un instante de gloria que atesorar siempre, así también en nuestra existencia todos queremos ser, al menos una noche, los favoritos de la vida.
Todo en esta historia tiene algo de símbolo; todo tiene algo de eso que fue y ya no es la existencia. Utilizando pues un narrador polifónico, el coro de muertos de las tragedias griegas, y una mitología privada, esta obra idealista nos muestra con belleza eso que nuestra sociedad laica ha perdido: el sentido de la trascendencia.
La adivinanza, el juego, la Historia, la poesía china, la cábala judía, las mascaradas de la Comedia del Arte, la mitología clásica, la teoría teatral, los ritos funerarios celtas, el saber de los curanderos indígenas, el amor sublime de la gran literatura, las raíces y la eficacia de lo sagrado se convierten a través de estas páginas en elementos de un texto meritorio para lectores exigentes.
He aquí pues una obra madura, de poca difusión quizá, pero de gran nivel. He aquí un sentido homenaje al mundo helénico y, sobre todo, al teatro, “el teatro que salva, el teatro que puede convocar a los espíritus, el teatro que puede resucitar a los muertos”.
Como no podía ser de otra forma en una novela trágica, modernamente mítica y con vocación de eternidad, todo acaba con una catarsis.
Quiero pues recomendarles de todo corazón que compren y lean esta novela, porque al leerla conseguirán volar.
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