miércoles 5 de noviembre de 2008

Alberto García-Alix saca una foto a la bala que le va a quitar la vida

Moteros, músicos, bohemios posmodernos, habitantes de la noche y travestis con el cuerpo tatuado, estrellas del cine porno, dos yonquis chutándose heroína ante el cadáver de un amigo…
Se ha inaugurado esta semana en el Museo Reina Sofía una exposición antológica que reúne más de doscientas obras -de diferentes épocas y formatos- del fotógrafo leonés Alberto García-Alix, incluyendo asímismo en la muestra una entrevista-reportaje que lleva el oportuno título de “De donde no se vuelve”.
Sin embargo, entre tantas fotografías que son la misma repetida como certificando así que la belleza vive a gusto en los matices, destacan especialmente los autorretratos del autor, los cuales realmente constituyen ya obras de referencia de ese desentrañador de lo real llamado Alberto García-Alix. Uno mira con detenimiento un retrato cualquiera de este Lucian Freud de la fotografía, de este Pier Paolo Pasolini de la instantánea visual, y puede ver no sólo el resumen de una vida y una época, sino también un alegato en favor de la existencia radicalmente al límite a pesar de todas sus consecuencias. Y es que en esas imágenes duras y contundentes, mientras el blanco y negro gradúa y potencia la atmósfera dramática, vemos con un nudo en la garganta como está ahí completa la hoja de servicios de un sobreviviente. Sí, he ahí la poética de quien aún es capaz de tapar las cicatrices con medallas para seguir en pie, pero igualmente encontramos en la belleza amenazante de esas imágenes, descrito con minuciosidad psicológica, el testimonio del pionero, del digno derrotado, del santo con una fe totalmente improvisada... Ahí está, con todos esos tatuajes que son ya el mapa de un camino sin retorno, posando igual que un místico diabólico que sin palabras confiesa: oh, juro que algunas noches moriría con la única lástima de no poder contarlo después en una fotografía...
Pero él aún sigue en pie mirándonos desde la ciudad amurallada de su obra como quien en realidad no puede renunciar. Aún sigue en pie y uno lo observa ahora igual que se mira a las ruinas de un imperio. De hecho reparamos en él, ya sea con admiración, con piedad o sin juzgarle, y vemos a un hombre que se adentró desnudo pero armado en la selva de la vida y ha vuelto maltrecho aunque cargado de tesoros… Sí, hay quien figuradamente se quema a lo bonzo, como Nietzsche, por el bien de su obra pero Alberto García-Alix es solamente un vividor radical, y la grandeza de su arte es un efecto secundario de esa audaz opción de vida. Sin embargo, más allá de los tatuajes, la noche, las motos y demás efectos lo más impactante de sus retratos es la atmósfera, la luz como de cárcel, y esa mirada absorta, inquietante y desorientativa que posee cada personaje en primer plano. La expresiva mirada hace pues de cada fotografía no un espejo sino una denuncia de nuestro decadente conformismo, y también un argumento para quienes, antes de decidirse por la libertad, se fijan primero en los riesgos. La fotografía como emblema. Unos retratos a los que miras y los cuales además te miran. Obras maestras del documentalismo emocional que te hacen sentir desnudo, frágil, confundido por los destellos como quien se asoma a un pozo lleno de diamantes…
En efecto la fotografía -como bien nos enseña cada día en este periódico Jesús F. Salvadores, acaso el discípulo más desobediente e impactante de García-Alix- nos inquieta porque nos muestra principalmente lo que no vemos y, así, nos educa la mirada.
¡Qué admirable la valentía y el talento de quien es capaz de retratar la bala que le quitará la vida!

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jueves 11 de octubre de 2007

Dos aciertos del MUSAC

Dos aciertos del MUSAC
Para Fernando y Julio

No es que ir a ver las obras de videoarte expuestas en el MUSAC sea tan ridículo como quedarse, desde el filo de una acera de Eras de Renueva, mirando media hora esa bandera de España que parece el pareo de King Kong, pero en algo se parece. No es que ver instalaciones como la de ese maniquí con un motor sin engrasar -el cual le mueve un brazo para simular que está haciendo un grafiti en un water- te haga sentir tan patético como al escuchar entero un disco de Andy&Lucas fijándote en la letra, pero le ronda bien cerca.
Sin embargo, aún hay rosas en el barro escribió Baudelaire, en medio de una pared saturada de cuadros, fotos, ilustraciones y caras baratijas encontramos un autorretrato esencial que realmente constituye ya una de las obras de referencia de Alberto García-Alix.
Uno mira con detenimiento el retrato de este Pier Paolo Pasolini de la fotografía y puede ver no sólo el resumen de una vida y una época, sino también un alegato en favor de la existencia radicalmente al límite a pesar de todas sus consecuencias. Y es que en esa imagen dura y contundente, mientras el blanco y negro gradúa y potencia la atmósfera dramática, vemos con un nudo en la garganta como está ahí completa la hoja de servicios de un sobreviviente. Sí, he ahí la poética de quien aún es capaz de tapar las cicatrices con medallas para seguir en pie, pero igualmente encontramos en la belleza amenazante de esa imagen, descrito psicológicamente con minuciosidad, el testimonio del pionero, del digno derrotado, del santo con una fe totalmente improvisada...
Ahí está, con todos esos tatuajes que son ya el mapa de un camino sin retorno, posando igual que un místico diabólico que sin palabras confiesa: oh, juro que algunas noches moriría con la única lástima de no poder contarlo después en una fotografía... Pero él aún sigue en pie mirándonos desde la ciudad amurallada de su autorretrato como quien en realidad no puede renunciar. Aún sigue en pie y uno lo observa ahora igual que se mira a las ruinas de un imperio. De hecho uno lo observa, sea con admiración, con piedad o sin juzgarle, y en todos los casos ve a un hombre que se adentró desnudo pero armado en la selva de la vida y ha vuelto maltrecho aunque cargado de tesoros… Sí, hay quien figuradamente se quema a lo bonzo, como Nietzsche, por el bien de su obra pero Alberto García-Alix es solamente un vividor radical y la grandeza de su arte, el de esas fotografías suyas repletas a la vez de inmediatez y eternidad, es un efecto secundario de esa audaz opción de vida.
Sin embargo, más allá de los tatuajes, de esa camiseta con tirantes minimalistas y la digna y retante posición de los puños, lo más impactante del autorretrato expuesto en el MUSAC es la luz como de cárcel y esa mirada absorta, inquietante y desorientativa. La expresiva mirada que hace de ese retrato no un espejo sino una denuncia de nuestro decadente conformismo y también un argumento para quienes, antes de decidirse por la libertad, se fijan primero en los riesgos… Así las cosas un título posible para ese autorretrato sería “Las contraindicaciones de la libertad”, y a la vez otro podría ser “Que me quiten lo bailao”.
La fotografía como emblema. Un retrato al que miras y el cual además te mira. Uno ante el que te sientes desnudo, solo, confundido por los destellos como quien se asoma a un pozo lleno de diamantes… Un excelente pretexto para ir a ese museo aprovechando que la entrada es gratuita.
Por lo demás, aparte de este autorretrato, probablemente lo mejor de la exposición Existencias sean los andares de pasarela del segurata pelopincho con porra y mucha pluma que cuida allí dentro del orden público... Si Alberto García-Alix lo viera… Debería formar parte de la colección.

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