Los amantes de Pandorado
Hay épica en la vida diaria; pura épica en la forma que tiene cierta gente de encarar la adversidad, sí. Y uno no puede menos que quitarse con admiración el sombrero –ese sombrero elegante de terciopelo negro que jamás he llevado- cuando es testigo de una hazaña épica cotidiana protagonizada por gente tan sencilla como sencillamente excepcional… Les cuento:
Sucedió en Pandorado. Habíamos ido allí con motivo de la celebración de una boda en uno de estos días de verano invernal que León, casi con mala hostia, últimamente nos regala. Pero en las bodas, como en las Nocheviejas, todo vuelve a empezar y por eso todo tiene el brillo de lo nuevo. El coro, las velas, el sermón, las promesas, los anillos, las lágrimas y ese beso nupcial que sabe a flor mordida. Ese beso reestrenado que es el mismo repetido en una pequeña ermita de piedra milenaria que incentivaba el calor, tan parecido al amor algunas veces.
Al salir a la calle –podéis ir en paz- inicialmente la luz de la tarde poseía la tonalidad del trigo pero al poco el cielo parecía haberse puesto a discutir consigo mismo a voces: negro azabache es el mundo cuando amenaza tormenta.
El nerviosismo del novio y la elegancia tradicionalmente sofisticada de la novia presidían el salón de banquetes entre la alegría opulenta de la concurrencia –el vino, el champán, más vino, un plato, otro, y otro, y otro- pero entonces, de repente…
Como en la épica griega de pronto un rayo certero cayó en el centro de algo y se fue la luz para no volver. Los novios poco a poco se asustaron, se buscaron, se tocaron para poder reconocerse como si supieran que la oscuridad es el regalo inicial que el cielo concede a los amantes, sí, pero los invitados con cara de póker, yendo y viniendo a tientas de la barra libre, también estábamos allí.
Entre velas y una única linterna circulábamos todos como fantasmas borrachos mientras la decepción de los novios empezaba ya a tomar tintes dramáticos pero entonces, e inesperadamente, fui testigo de esa épica que convierte la adversidad en fortaleza, el grito en música y la muerte en metáfora. De pronto, de pie y con las copas en la mano en la desolada y oscura pista de baile, todos los invitados se pusieron a tararear el vals de las velas para que los novios desbordados tuvieran e iniciaran el rito del baile mientras afuera la tormenta seguía haciéndole radiografías al cielo. Un, dos, tres… Un, dos, tres… Y ellos bailando a ciegas mientras la gente, a su alrededor, se imaginaba la música para que ellos empezaran aprendiendo a crecerse ante la adversidad, a plantarle cara a la mala suerte y a vivir con lo puesto… Un, dos, tres, un, dos, tres… Bailaban como empezando a saber que el matrimonio, como el vals, consiste un poco en dejarse llevar.
Uno no puede hacer otra cosa que estremecerme al recordar ese vals épico, verdadero, dotado de la magia de lo improvisado, y que, más que algo real, ahora me parece una metáfora. Sí, Belén, Nacho: buena forma de empezar a pasar juntos por todo es saber que estáis rodeados de gente luchadora, imaginativa, resolutiva… Gente capaz de convertir las derrotas en victorias y la oscuridad en solidaria y acogedora complicidad.
“El amor es una pulsión que intensifica la vida”, nos enseñó Pío Baroja. “Amar es construir un referente y hacer del universo una alusión a la única persona indudable”, escribió Borges hablando sin saberlo de vosotros... Ahí estáis ya para siempre iluminando la penumbra en nuestros mejores recuerdos. Ahí adivinándoos, mirándoos en silencio en medio del baile como quienes se dicen te quiero a gritos mientras todos nosotros, tarareando y soñando, pronunciamos al unísono un común pensamiento: ¡Que tengan suerte esos dos tortolitos!
Sucedió en Pandorado. Habíamos ido allí con motivo de la celebración de una boda en uno de estos días de verano invernal que León, casi con mala hostia, últimamente nos regala. Pero en las bodas, como en las Nocheviejas, todo vuelve a empezar y por eso todo tiene el brillo de lo nuevo. El coro, las velas, el sermón, las promesas, los anillos, las lágrimas y ese beso nupcial que sabe a flor mordida. Ese beso reestrenado que es el mismo repetido en una pequeña ermita de piedra milenaria que incentivaba el calor, tan parecido al amor algunas veces.
Al salir a la calle –podéis ir en paz- inicialmente la luz de la tarde poseía la tonalidad del trigo pero al poco el cielo parecía haberse puesto a discutir consigo mismo a voces: negro azabache es el mundo cuando amenaza tormenta.
El nerviosismo del novio y la elegancia tradicionalmente sofisticada de la novia presidían el salón de banquetes entre la alegría opulenta de la concurrencia –el vino, el champán, más vino, un plato, otro, y otro, y otro- pero entonces, de repente…
Como en la épica griega de pronto un rayo certero cayó en el centro de algo y se fue la luz para no volver. Los novios poco a poco se asustaron, se buscaron, se tocaron para poder reconocerse como si supieran que la oscuridad es el regalo inicial que el cielo concede a los amantes, sí, pero los invitados con cara de póker, yendo y viniendo a tientas de la barra libre, también estábamos allí.
Entre velas y una única linterna circulábamos todos como fantasmas borrachos mientras la decepción de los novios empezaba ya a tomar tintes dramáticos pero entonces, e inesperadamente, fui testigo de esa épica que convierte la adversidad en fortaleza, el grito en música y la muerte en metáfora. De pronto, de pie y con las copas en la mano en la desolada y oscura pista de baile, todos los invitados se pusieron a tararear el vals de las velas para que los novios desbordados tuvieran e iniciaran el rito del baile mientras afuera la tormenta seguía haciéndole radiografías al cielo. Un, dos, tres… Un, dos, tres… Y ellos bailando a ciegas mientras la gente, a su alrededor, se imaginaba la música para que ellos empezaran aprendiendo a crecerse ante la adversidad, a plantarle cara a la mala suerte y a vivir con lo puesto… Un, dos, tres, un, dos, tres… Bailaban como empezando a saber que el matrimonio, como el vals, consiste un poco en dejarse llevar.
Uno no puede hacer otra cosa que estremecerme al recordar ese vals épico, verdadero, dotado de la magia de lo improvisado, y que, más que algo real, ahora me parece una metáfora. Sí, Belén, Nacho: buena forma de empezar a pasar juntos por todo es saber que estáis rodeados de gente luchadora, imaginativa, resolutiva… Gente capaz de convertir las derrotas en victorias y la oscuridad en solidaria y acogedora complicidad.
“El amor es una pulsión que intensifica la vida”, nos enseñó Pío Baroja. “Amar es construir un referente y hacer del universo una alusión a la única persona indudable”, escribió Borges hablando sin saberlo de vosotros... Ahí estáis ya para siempre iluminando la penumbra en nuestros mejores recuerdos. Ahí adivinándoos, mirándoos en silencio en medio del baile como quienes se dicen te quiero a gritos mientras todos nosotros, tarareando y soñando, pronunciamos al unísono un común pensamiento: ¡Que tengan suerte esos dos tortolitos!
Etiquetas: amor, pío baroja
