viernes 19 de junio de 2009

Cómprame un trozo del cielo de Moscú

A Tatiana Pigariova

Todo en Moscú, las avenidas, las estatuas, los silencios, posee una dimensión más propia de los dioses que de los hombres, pero desde el stalinismo aquí los dioses están en peligro de extinción. Queda, eso sí, la hermosa catedral de San Basilio con su ornamentación bizantina, aunque está tan llena de recovecos que incluso en ella Dios parece escondido; acojonado… La belleza es belicista en el megalómano Moscú.
Sí, he venido aquí aparentemente para leer una conferencia en el Instituto Cervantes de esta ciudad-mundo aunque, en realidad, estoy buscando a Anna Ajmátova (siempre viajo atento porque voy al encuentro de mis mitos).
La he buscado y no está en el aeropuerto, ni en el taxi, ni tampoco en el hotel.
La conmovedora, alentadora, poeta rusa Anna Ajmátova, alta morena y de ojos verdes como un tigre polar, era una mujer portadora de la fuerza de lo femenino y por eso consiguió sublimar el sufrimiento de todo un pueblo. Yo la he leído durante años -he seguido su estela- aunque he tenido que llegar a Moscú para darme cuenta de que, a pesar de lo que me había hecho creer mi benéfico entusiasmo, jamás la había entendido.
Tampoco está en las largas avenidas que llevan al Kremlin, ni en los bares atestados con vodka barato, ni en la calle Arbat donde cierto tipo con ojos de loco y maneras de Dostoyeski me mira como atravesándome mientras dibuja mi retrato; no está bajo el hermoso cielo de piel de leopardo ni en la sala de conferencias, no.
¡Tantas veces la he imaginado transida de dolor! Ella fue denunciada por el poeta Vladimir Maiakovski acusada de apostar por un arte no revolucionario, y por eso cayó oficialmente en desgracia. Fusilaron a su primer marido y más tarde deportaron a su hijo. Amorataron su pureza…
Acabo de salir del hotel con rumbo a la plaza dedicada a ese otro poeta radical y, ante su imponente estatua reesculpida por el viento, he protestado. Sí, he imaginado a Anna Ajmátova visitando, en la cárcel de Leningrado, a su hijo Lev: una larga fila de mujeres tiritando en sus mismas circunstancias; la cola sonriendo de algún modo invisible tras saber que Anna es escritora, que podrá contar todo eso para que ni el recuerdo ni el olvido pasen a ser absolutos.
Anna Ajmátova, como las estatuas de los cementerios, representa hoy cuanto de humanidad hay en el arte, cuanto de consuelo hay en la tristeza con causa, cuanto de trampolín vital hay en el sufrimiento que logra ser rebasado y transformado.
¡Mira! Ella, aparentemente solo una perspicaz guía turística en el inolvidable Museo Maiakovski, me habla ahora de este poeta futurista con tan poco rencor que la reconozco: hola, Anna -dicen los brillos de soldadura de mis ojos-. Hola por fin, Luis...
Así Moscú, ciudad lastrada por los desvaríos utópicos pero la cual aún se mantiene en pie con la dignidad de una mujer capaz de responder a los fusilamientos con poemas; ciudad ya convertida en provincia de mi alma; elogio de los rincones escondidos…
Oh, estoy en el metro entendiendo que una revolución demasiado larga sólo es buena para el arte; estoy en la Plaza Roja confundiendo a Dios con un libro de matemáticas; estoy en el Cementerio Novodieviche sentado en una silla con vistas a una tumba…
Anna, bien me lo avisaste: “de la separación lograrás restablecerte, pero del encuentro apenas”.

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