miércoles 28 de noviembre de 2007

La poesía hoy

Para José Enrique Martínez

La poesía es un acto de desnudez extrema. Y un abrazo decisivo entre conciencias. Y el lugar donde reside actualmente la verdadera ideología. Y un modo necesario de depurar nuestro ego en la medida en que nos conectamos con lo universal.
Efectivamente la literatura, como la vida, no se entiende sino desde la interdisciplinariedad y por eso ya casi nadie cree en la existencia de los géneros literarios puesto que todos ellos están comunicados. Pero cada vez que me pregunto por el cimiento en el cual se asienta específicamente la poesía llego siempre a la misma respuesta. Y es que si en el ensayo, por ejemplo, cobra mucha importancia el pensamiento y en la novela esa importancia recae en gran medida en la imaginación, parece que para que la poesía funcione, emocione y hasta conmocione tiene que ser verdad. La poesía, sobre todo la basada en experiencias demasiado hondas como para no ser compartidas, tiene que ser verdad para no convertirse en un efecto verbal y estético simplemente brillante, como la publicidad.
Quienes hemos sentido alguna vez, al leer un poema, cómo éste nos iba afilando la intuición al tiempo que nos regalaba precisión lingüística, emocional y moral sabemos rastrear, reconocer... Sabemos intuitivamente dónde está esa verdad vitalista que sintoniza el cuerpo con el alma, esa verdad serena que intensifica el intimismo, la verdad desgarrada que ayuda a extraer principios de la tristeza, la que convierte el grito en música y la muerte en leyenda, sí, esa verdad emocionante y no dogmática que enseña que nada es absoluto. Así tenemos claro que la poesía, sea ésta clara y clarividente u oscura y misteriosa, nunca engaña. No, la poesía -ese sistema de ventilación de la conciencia- no engaña y no calla y he ahí su grandeza.
Sé que en este mundo escéptico hablar de verdad supone invocar algo peligroso, cuestionable, algo sospechoso porque atenta contra la ceremonia de la confusión y contra el tinglado de apariencia y falsedad que nos hemos montado. Pero ahora que cada vez da más miedo expresar lo que se siente aún nos queda la ventana emocional de la poesía; ahora que de la política y el derecho parece deducirse que todo es calculado y relativo ahí tenemos la poesía mostrándole al mundo que aún existe la verdad de la emoción. Así el poeta tiene hoy, parece, la misión de bajarse del carro del descreimiento para propagar la dignidad y la belleza que posee lo sentimentalmente contagioso. Sí, el poeta ha de volver ser, en nuestra cultura cuajada en el escepticismo, el inexcusable latido de verdad del mundo.
Pero la verdad, como la poesía, ha caído en desgracia desde que no está de moda la cultura del esfuerzo. Por eso conviene recordar que la verdad es costosa y necesita ser apreciada y buscada, sí, pero convierte la poesía y la vida en un intento de humanizar más el mundo. Y he de aclarar que yo no creo, como Gabriel Celaya, que la poesía pueda cambiar el mundo, pero la poesía exenta de verdad sí que puede hacerlo: puede desfigurar el mundo.
Ése es, en mi opinión, el definitivo y definitorio papel actual del poeta. Y por eso creo que ahora más que nunca la poesía ha de volver a su esencia, a su materia íntima, a su pulpa de verdad. Sí, en este momento histórico en el que el mercado dicta y obliga, la poesía, porque no se vende, ha de volver a ser el centro de la cultura.
Así pues, con la certeza de que al dedicarme a la poesía estoy intentando dignamente irradiar humanidad y belleza, quiero terminar recomendándoles a todos ustedes que lean poesía porque sin ella probablemente la vida seguiría existiendo, claro, pero no sabríamos qué significa.
La poesía nos hace ver en cada cosa el brillo de lo nuevo.
La poesía, querida, es un estuche en el que acomodar tu corazón y el resto de mis joyas.

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lunes 24 de septiembre de 2007

CASA DE MISERICORDIA de Joan Margarit


Autor: Joan Margarit
ISBN: 9788475226392
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Un sofá blando, casi materno, junto a una ventana con vistas a la vida hoy que llueve en León copiosamente… Para que el impacto emocional de la llegada del otoño dure menos o dure siempre os propongo la lectura de Casa de Misericordia (Ed. Visor), último libro publicado por el radicalmente sincero poeta catalán Joan Margarit.
Leer poesía bien puede entenderse como recargar nuestra personal batería de empatía. Así los que leímos el libro en carne viva Joana (Ed. Hiperion), en el que este poeta hablaba confesional y terapéuticamente de la enfermedad y la muerte de su hija, no pudimos menos que conmovernos ante esas páginas que encerraban y encerrarán ya para siempre un acto extremo de desnudez. Desde entonces sus lectores, aunque no lo conociéramos personalmente, hicimos un íntimo pacto de hermanamiento con este poeta y ser humano dotado de una singular osadía bajo la cual siempre asoma una no menos peculiar fragilidad.
Libros escritos con fe en la palabra que, sin alardes pero con rigor, irradian humanidad. Sí, versos que nos enseñan que el dolor de otro, aunque no puede ser propio, no nos es del todo ajeno. Así este nuevo poemario o recuento de instantes de Joan Margarit quiere ser un refugio para almas atribuladas además de un espacio sereno e inteligente –eso parece ser la vejez- desde el cual ver la vida de forma panorámica: leemos y sabemos que la madurez, como el amor, no es una cuestión de edad.
Utilizando la metáfora de las Casas de Misericordia de la postguerra, esos lugares austeros, grises y rígidos a donde las viudas de los asesinados en la Guerra Civil mandaban a sus hijos ante la imposibilidad de mantenerlos, estas páginas claras y concisas nos hacen ver que la poesía es una Casa de Misericordia en la que cobijarnos de la adversidad porque “más dura es la intemperie”.
Pero, ya que la poesía la utilizó en el pasado como una ayuda para elaborar su duelo, en este libro ya no todo es la sombra de la hija muerta sino que el poeta, tras tanto vaciarse de dolor en los poemas de Joana, ahora se abre ya a otros temas, poemas de amor, anécdotas emocionales, pasajes impresionistas en los que la mirada del poeta va de la realidad a la metáfora universal como Machado con su olmo seco, y descripciones urbanas en las que, con perspicacia y detenimiento, el poema se fija en lo más sórdido como los cuadros de Lucian Freud. Sí, hay en Casa de Misericordia poemas nostálgicos nacidos de quien, en la vejez, siente la necesidad de la síntesis; poemas breves e infinitos escritos por alguien que sabe que la realidad finalmente está plagada de recuerdos que la explican y la amplían… Poesía realista no exenta de imaginación.
Decían Wordsworth y Coleridge en su celebrada poética que “la poesía es una emoción intensa escrita a posteriori desde la serenidad”. Sin embargo Joana era un libro duro y palpitante escrito desde la inmediatez de la emoción y la experiencia, y eso le daba un tono de verdad y una capacidad de impacto en el lector sin duda impresionantes. Ahora Casa de Misericordia sí es aquella emoción intensa escrita a posteriori desde la serenidad para, así, hacer recuento y avanzar sin olvidar pero sin que el recuerdo sea un lastre sino un modo de estar en la vida.
Igualmente Luis García Montero, en su libro Poesía cuartel de invierno -también una larga poética- pondera la tradición y califica a la originalidad de “superstición romántica”. Ese postulado lo asume a su modo Joan Margarit en la poética con la que cierra este libro, señalando así las razones de su alejamiento estético del Romanticismo y las Vanguardias.
Sin embargo al terminar de leer estas páginas uno se siente embriagado por la sinceridad y honestidad de cada poema. Acaso, en este mundo en el que la política y el derecho insisten en que no existe la verdad sino sólo la versión de cada cual, la franqueza y la finura moral que emanan de estos versos supongan un acto de originalidad radical. Creo yo.

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