La poesía hoy
Para José Enrique Martínez
La poesía es un acto de desnudez extrema. Y un abrazo decisivo entre conciencias. Y el lugar donde reside actualmente la verdadera ideología. Y un modo necesario de depurar nuestro ego en la medida en que nos conectamos con lo universal.
Efectivamente la literatura, como la vida, no se entiende sino desde la interdisciplinariedad y por eso ya casi nadie cree en la existencia de los géneros literarios puesto que todos ellos están comunicados. Pero cada vez que me pregunto por el cimiento en el cual se asienta específicamente la poesía llego siempre a la misma respuesta. Y es que si en el ensayo, por ejemplo, cobra mucha importancia el pensamiento y en la novela esa importancia recae en gran medida en la imaginación, parece que para que la poesía funcione, emocione y hasta conmocione tiene que ser verdad. La poesía, sobre todo la basada en experiencias demasiado hondas como para no ser compartidas, tiene que ser verdad para no convertirse en un efecto verbal y estético simplemente brillante, como la publicidad.
Quienes hemos sentido alguna vez, al leer un poema, cómo éste nos iba afilando la intuición al tiempo que nos regalaba precisión lingüística, emocional y moral sabemos rastrear, reconocer... Sabemos intuitivamente dónde está esa verdad vitalista que sintoniza el cuerpo con el alma, esa verdad serena que intensifica el intimismo, la verdad desgarrada que ayuda a extraer principios de la tristeza, la que convierte el grito en música y la muerte en leyenda, sí, esa verdad emocionante y no dogmática que enseña que nada es absoluto. Así tenemos claro que la poesía, sea ésta clara y clarividente u oscura y misteriosa, nunca engaña. No, la poesía -ese sistema de ventilación de la conciencia- no engaña y no calla y he ahí su grandeza.
Sé que en este mundo escéptico hablar de verdad supone invocar algo peligroso, cuestionable, algo sospechoso porque atenta contra la ceremonia de la confusión y contra el tinglado de apariencia y falsedad que nos hemos montado. Pero ahora que cada vez da más miedo expresar lo que se siente aún nos queda la ventana emocional de la poesía; ahora que de la política y el derecho parece deducirse que todo es calculado y relativo ahí tenemos la poesía mostrándole al mundo que aún existe la verdad de la emoción. Así el poeta tiene hoy, parece, la misión de bajarse del carro del descreimiento para propagar la dignidad y la belleza que posee lo sentimentalmente contagioso. Sí, el poeta ha de volver ser, en nuestra cultura cuajada en el escepticismo, el inexcusable latido de verdad del mundo.
Pero la verdad, como la poesía, ha caído en desgracia desde que no está de moda la cultura del esfuerzo. Por eso conviene recordar que la verdad es costosa y necesita ser apreciada y buscada, sí, pero convierte la poesía y la vida en un intento de humanizar más el mundo. Y he de aclarar que yo no creo, como Gabriel Celaya, que la poesía pueda cambiar el mundo, pero la poesía exenta de verdad sí que puede hacerlo: puede desfigurar el mundo.
Ése es, en mi opinión, el definitivo y definitorio papel actual del poeta. Y por eso creo que ahora más que nunca la poesía ha de volver a su esencia, a su materia íntima, a su pulpa de verdad. Sí, en este momento histórico en el que el mercado dicta y obliga, la poesía, porque no se vende, ha de volver a ser el centro de la cultura.
Así pues, con la certeza de que al dedicarme a la poesía estoy intentando dignamente irradiar humanidad y belleza, quiero terminar recomendándoles a todos ustedes que lean poesía porque sin ella probablemente la vida seguiría existiendo, claro, pero no sabríamos qué significa.
La poesía nos hace ver en cada cosa el brillo de lo nuevo.
La poesía, querida, es un estuche en el que acomodar tu corazón y el resto de mis joyas.
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