Enamorados hasta las trancas de Almudena Guzmán
Entonces Almudena Guzmán acababa de publicar Usted y el tono naïf de temeraria adolescente aspirante a chica mala de ese poemario, de esa suerte de libro confesional, narrativo y corrosivo al mismo tiempo, no era casi nada en comparación con la foto de aquella chica seria de belleza enigmática y peinado esculpido como de Safo rompedora del París de los locos años veinte. Aquella foto publicada en el libro como poético e imprescindible complemento del mismo nos hizo soñar con la autora mientras lo leíamos, y por eso empezamos por aquel tiempo a detestar el recatado vitalismo elemental de nuestras compañeras de clase. Oh, nada que ver con la naturalidad emocional de la chica de la foto, del libro, de los sueños exóticos de esos aprendices de poetas displicentes que ya éramos…
Entonces, para nosotros, todo lo referente a la poesía tenía que ver con el incipiente cuello desnudo y en sombra de aquella fotografía hecha para imaginar; para enamorar. Así descubrimos que el libro Usted era igualmente una fotografía, algo hecho para ser recordado, un momento esencialmente detenido con innegable sustancia de eternidad… La poesía de Almudena Guzmán nos había empezado a enseñar el arte sensual de la evocación y el poder de la sugerencia mientras, al mismo tiempo, nos hacía vislumbrar lo que tiene el discurso lírico de descripción psicológica y de vehículo para la identificación, sí, pero además nosotros también creímos ver todo eso al observar su foto.
Pasó el tiempo como un punto y seguido y llegó el Libro de Tamar, su siguiente poemario, su siguiente misterio: todo un regreso al territorio de la imaginación, el encantamiento y las primeras fascinaciones -esto es, todo un regreso a la infancia-. Era aquella la segunda edición del libro, y en ese ejemplar no había ninguna foto de la autora acaso porque desde esas páginas ella era aún tan niña que hubiera sido pecado retratarla así para nosotros. Pero, al menos, el prólogo de Claudio Rodríguez servía como el lúcido retrato verbal de un temperamento creativo, y por eso releímos esa elogiosa introducción -de gran rigor analítico, por otra parte- intentando ver en secreto otra vez a nuestra poeta. Sí, aquel prólogo de don Claudio era efectivamente como si la vecina de enfrente descorriera las cortinas: todos nosotros mirando con prismáticos a ver si se desnudaba. Pero bueno, lo cierto es que tras el erudito preámbulo acabamos encontrándonos con un libro o escuela inicial de percepciones que nos llevó a la niñez de la autora –una especie de bosque encantado de Wenceslao Fernández Flórez lleno de detalles, sonidos, gnomos y un primer amor es esta infancia; este libro-, y nuestros pensamientos previos nos ruborizaron.
La madurez se nota principalmente en las huellas, y los versos huellas son. Por eso en su siguiente libro, Calendario, los temas eran los mismos -el erotismo, la lluvia, el tiempo como pretexto para lo biográfico o como su reducto…- pero de todo emanaba más madurez. Acaso por eso en la fotografía de este libro veíamos en contrapicado a una hermosa mujer y casi nos caíamos por el imantado precipicio de su escote. Oh, un escote que, de algún modo, nos explicaba todo el libro… Los poemas son hojas de calendario... El deseo, como la vida, es una cuenta atrás.
Finalmente está El Príncipe Rojo, su libro más singular pues tiene una estética y un lenguaje medievalizante al que se une cierto espíritu concienciador de poesía social postmoderna. En él aparece ya el retrato de una Almudena Guzmán sonriente y con algo de hippie realizada cuyas maneras definitivamente nos enorgullecen y denuncian, sí, ahora que los de entonces ya no somos los mismos.
Libros que nos instruyen el corazón.
Mapas del tiempo.
Entonces, para nosotros, todo lo referente a la poesía tenía que ver con el incipiente cuello desnudo y en sombra de aquella fotografía hecha para imaginar; para enamorar. Así descubrimos que el libro Usted era igualmente una fotografía, algo hecho para ser recordado, un momento esencialmente detenido con innegable sustancia de eternidad… La poesía de Almudena Guzmán nos había empezado a enseñar el arte sensual de la evocación y el poder de la sugerencia mientras, al mismo tiempo, nos hacía vislumbrar lo que tiene el discurso lírico de descripción psicológica y de vehículo para la identificación, sí, pero además nosotros también creímos ver todo eso al observar su foto.
Pasó el tiempo como un punto y seguido y llegó el Libro de Tamar, su siguiente poemario, su siguiente misterio: todo un regreso al territorio de la imaginación, el encantamiento y las primeras fascinaciones -esto es, todo un regreso a la infancia-. Era aquella la segunda edición del libro, y en ese ejemplar no había ninguna foto de la autora acaso porque desde esas páginas ella era aún tan niña que hubiera sido pecado retratarla así para nosotros. Pero, al menos, el prólogo de Claudio Rodríguez servía como el lúcido retrato verbal de un temperamento creativo, y por eso releímos esa elogiosa introducción -de gran rigor analítico, por otra parte- intentando ver en secreto otra vez a nuestra poeta. Sí, aquel prólogo de don Claudio era efectivamente como si la vecina de enfrente descorriera las cortinas: todos nosotros mirando con prismáticos a ver si se desnudaba. Pero bueno, lo cierto es que tras el erudito preámbulo acabamos encontrándonos con un libro o escuela inicial de percepciones que nos llevó a la niñez de la autora –una especie de bosque encantado de Wenceslao Fernández Flórez lleno de detalles, sonidos, gnomos y un primer amor es esta infancia; este libro-, y nuestros pensamientos previos nos ruborizaron.
La madurez se nota principalmente en las huellas, y los versos huellas son. Por eso en su siguiente libro, Calendario, los temas eran los mismos -el erotismo, la lluvia, el tiempo como pretexto para lo biográfico o como su reducto…- pero de todo emanaba más madurez. Acaso por eso en la fotografía de este libro veíamos en contrapicado a una hermosa mujer y casi nos caíamos por el imantado precipicio de su escote. Oh, un escote que, de algún modo, nos explicaba todo el libro… Los poemas son hojas de calendario... El deseo, como la vida, es una cuenta atrás.
Finalmente está El Príncipe Rojo, su libro más singular pues tiene una estética y un lenguaje medievalizante al que se une cierto espíritu concienciador de poesía social postmoderna. En él aparece ya el retrato de una Almudena Guzmán sonriente y con algo de hippie realizada cuyas maneras definitivamente nos enorgullecen y denuncian, sí, ahora que los de entonces ya no somos los mismos.
Libros que nos instruyen el corazón.
Mapas del tiempo.
Etiquetas: Almudena Guzmán, Editorial Hiperion, poesía


