jueves 15 de noviembre de 2007

Enamorados hasta las trancas de Almudena Guzmán

Entonces Almudena Guzmán acababa de publicar Usted y el tono naïf de temeraria adolescente aspirante a chica mala de ese poemario, de esa suerte de libro confesional, narrativo y corrosivo al mismo tiempo, no era casi nada en comparación con la foto de aquella chica seria de belleza enigmática y peinado esculpido como de Safo rompedora del París de los locos años veinte. Aquella foto publicada en el libro como poético e imprescindible complemento del mismo nos hizo soñar con la autora mientras lo leíamos, y por eso empezamos por aquel tiempo a detestar el recatado vitalismo elemental de nuestras compañeras de clase. Oh, nada que ver con la naturalidad emocional de la chica de la foto, del libro, de los sueños exóticos de esos aprendices de poetas displicentes que ya éramos…
Entonces, para nosotros, todo lo referente a la poesía tenía que ver con el incipiente cuello desnudo y en sombra de aquella fotografía hecha para imaginar; para enamorar. Así descubrimos que el libro Usted era igualmente una fotografía, algo hecho para ser recordado, un momento esencialmente detenido con innegable sustancia de eternidad… La poesía de Almudena Guzmán nos había empezado a enseñar el arte sensual de la evocación y el poder de la sugerencia mientras, al mismo tiempo, nos hacía vislumbrar lo que tiene el discurso lírico de descripción psicológica y de vehículo para la identificación, sí, pero además nosotros también creímos ver todo eso al observar su foto.
Pasó el tiempo como un punto y seguido y llegó el Libro de Tamar, su siguiente poemario, su siguiente misterio: todo un regreso al territorio de la imaginación, el encantamiento y las primeras fascinaciones -esto es, todo un regreso a la infancia-. Era aquella la segunda edición del libro, y en ese ejemplar no había ninguna foto de la autora acaso porque desde esas páginas ella era aún tan niña que hubiera sido pecado retratarla así para nosotros. Pero, al menos, el prólogo de Claudio Rodríguez servía como el lúcido retrato verbal de un temperamento creativo, y por eso releímos esa elogiosa introducción -de gran rigor analítico, por otra parte- intentando ver en secreto otra vez a nuestra poeta. Sí, aquel prólogo de don Claudio era efectivamente como si la vecina de enfrente descorriera las cortinas: todos nosotros mirando con prismáticos a ver si se desnudaba. Pero bueno, lo cierto es que tras el erudito preámbulo acabamos encontrándonos con un libro o escuela inicial de percepciones que nos llevó a la niñez de la autora –una especie de bosque encantado de Wenceslao Fernández Flórez lleno de detalles, sonidos, gnomos y un primer amor es esta infancia; este libro-, y nuestros pensamientos previos nos ruborizaron.
La madurez se nota principalmente en las huellas, y los versos huellas son. Por eso en su siguiente libro, Calendario, los temas eran los mismos -el erotismo, la lluvia, el tiempo como pretexto para lo biográfico o como su reducto…- pero de todo emanaba más madurez. Acaso por eso en la fotografía de este libro veíamos en contrapicado a una hermosa mujer y casi nos caíamos por el imantado precipicio de su escote. Oh, un escote que, de algún modo, nos explicaba todo el libro… Los poemas son hojas de calendario... El deseo, como la vida, es una cuenta atrás.
Finalmente está El Príncipe Rojo, su libro más singular pues tiene una estética y un lenguaje medievalizante al que se une cierto espíritu concienciador de poesía social postmoderna. En él aparece ya el retrato de una Almudena Guzmán sonriente y con algo de hippie realizada cuyas maneras definitivamente nos enorgullecen y denuncian, sí, ahora que los de entonces ya no somos los mismos.
Libros que nos instruyen el corazón.
Mapas del tiempo.

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lunes 24 de septiembre de 2007

CASA DE MISERICORDIA de Joan Margarit


Autor: Joan Margarit
ISBN: 9788475226392
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Un sofá blando, casi materno, junto a una ventana con vistas a la vida hoy que llueve en León copiosamente… Para que el impacto emocional de la llegada del otoño dure menos o dure siempre os propongo la lectura de Casa de Misericordia (Ed. Visor), último libro publicado por el radicalmente sincero poeta catalán Joan Margarit.
Leer poesía bien puede entenderse como recargar nuestra personal batería de empatía. Así los que leímos el libro en carne viva Joana (Ed. Hiperion), en el que este poeta hablaba confesional y terapéuticamente de la enfermedad y la muerte de su hija, no pudimos menos que conmovernos ante esas páginas que encerraban y encerrarán ya para siempre un acto extremo de desnudez. Desde entonces sus lectores, aunque no lo conociéramos personalmente, hicimos un íntimo pacto de hermanamiento con este poeta y ser humano dotado de una singular osadía bajo la cual siempre asoma una no menos peculiar fragilidad.
Libros escritos con fe en la palabra que, sin alardes pero con rigor, irradian humanidad. Sí, versos que nos enseñan que el dolor de otro, aunque no puede ser propio, no nos es del todo ajeno. Así este nuevo poemario o recuento de instantes de Joan Margarit quiere ser un refugio para almas atribuladas además de un espacio sereno e inteligente –eso parece ser la vejez- desde el cual ver la vida de forma panorámica: leemos y sabemos que la madurez, como el amor, no es una cuestión de edad.
Utilizando la metáfora de las Casas de Misericordia de la postguerra, esos lugares austeros, grises y rígidos a donde las viudas de los asesinados en la Guerra Civil mandaban a sus hijos ante la imposibilidad de mantenerlos, estas páginas claras y concisas nos hacen ver que la poesía es una Casa de Misericordia en la que cobijarnos de la adversidad porque “más dura es la intemperie”.
Pero, ya que la poesía la utilizó en el pasado como una ayuda para elaborar su duelo, en este libro ya no todo es la sombra de la hija muerta sino que el poeta, tras tanto vaciarse de dolor en los poemas de Joana, ahora se abre ya a otros temas, poemas de amor, anécdotas emocionales, pasajes impresionistas en los que la mirada del poeta va de la realidad a la metáfora universal como Machado con su olmo seco, y descripciones urbanas en las que, con perspicacia y detenimiento, el poema se fija en lo más sórdido como los cuadros de Lucian Freud. Sí, hay en Casa de Misericordia poemas nostálgicos nacidos de quien, en la vejez, siente la necesidad de la síntesis; poemas breves e infinitos escritos por alguien que sabe que la realidad finalmente está plagada de recuerdos que la explican y la amplían… Poesía realista no exenta de imaginación.
Decían Wordsworth y Coleridge en su celebrada poética que “la poesía es una emoción intensa escrita a posteriori desde la serenidad”. Sin embargo Joana era un libro duro y palpitante escrito desde la inmediatez de la emoción y la experiencia, y eso le daba un tono de verdad y una capacidad de impacto en el lector sin duda impresionantes. Ahora Casa de Misericordia sí es aquella emoción intensa escrita a posteriori desde la serenidad para, así, hacer recuento y avanzar sin olvidar pero sin que el recuerdo sea un lastre sino un modo de estar en la vida.
Igualmente Luis García Montero, en su libro Poesía cuartel de invierno -también una larga poética- pondera la tradición y califica a la originalidad de “superstición romántica”. Ese postulado lo asume a su modo Joan Margarit en la poética con la que cierra este libro, señalando así las razones de su alejamiento estético del Romanticismo y las Vanguardias.
Sin embargo al terminar de leer estas páginas uno se siente embriagado por la sinceridad y honestidad de cada poema. Acaso, en este mundo en el que la política y el derecho insisten en que no existe la verdad sino sólo la versión de cada cual, la franqueza y la finura moral que emanan de estos versos supongan un acto de originalidad radical. Creo yo.

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MATERIA de Ignacio Elguero


Autor: Ignacio Elguero
ISBN: 9788475178981
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Hay personas que tienen respuestas. En este sentido fue Nietzsche quien acuñó dos conceptos, lo apolíneo y lo dionisíanico, como parámetros a través de los cuales se puede explicar y entender universalmente la cultura. Lo apolíneo es el orden, el canon, lo sistemático, lo luminoso, lo reflexionado; lo dionisiaco es el riesgo, lo original, lo biológico, lo innovadamente desordenado, lo surgido del torbellino de la intensidad…
Ignacio Elguero, nombre de referencia en el panorama de la poesía hispánica más actual, acaba de publicar Materia, (Ed. Hiperión, VI Premio Internacional de Poesía Claudio Rodríguez), libro de poemas en el que ahonda en su lado y nuestro lado más apolíneo al tiempo que, como siguiendo sin decirlo los pasos de María Zambrano, acorta la distancia entre la filosofía y la poesía. Apoyándose así en Lucrecio y en Rilke, en la trascendencia y la clarividencia, este poeta contemplativo ha escrito, desde aquí, un tratado sobre el más allá.
Y es que, aunque este libro tiene el redondo y rotundo título de Materia, en realidad creemos que habla sobre el más allá de la materia. Por eso, mediante algunos poemas -casi fotografías verbales- surgidos a partir de la contemplación (por ejemplo “Materia II” y “De pensamiento”), otros que son anécdotas emocionales (el titulado “Vida”, también “Deseo”…) y otros que nacen desde una hermosa y casi oriental necesidad de síntesis (“Selección Natural”, “Placeres”…) Ignacio Elguero ha construido un libro de poesía esencialmente depurada: son los versos desapresurados de quien, al observar en perspectiva la materia, adquiere un amplio sentido del tiempo.
Sí, más allá de las actuales poéticas rompedoras e imaginativas de los hombres de acción –esas que vienen de la épica medieval y el Romanticismo, pasan por el surrealismo y llegan a nuestra poesía social-, he aquí esa otra poesía serena, metafísica y figurativamente lírica que sigue una línea que viene de Safo, Fray Luis de León, Machado y José Ángel Valente. Sí, he aquí el lado apolíneo de la mirada y la existencia.
“Observo frente a mí/ un cuerpo hermoso./ Y digo hermoso/ porque es presencia, es dulce,/ es un árbol, un fruto;/ y dobla el horizonte,/ el límite, el contorno”. Vale este ejemplo, extraído del poema titulado “Materia II” -el cual, como decíamos, bien puede entenderse como una fotografía verbal- para redescubrir en esta época de la superficialidad y las prisas los valores de la hondura y las perspicacia, y saber así que no es cierto que una imagen valga más que mil palabras. La poesía de Ignacio Elguero, rica en calma, matices y poder evocador, es también una educación visual capaz de incentivar la evolución de nuestra conciencia. “Observo el movimiento/ de ese cuerpo, sus pasos,/ la geometría de sus formas./ Intuyo la invisible/ fuerza desarrollada en cada paso,/ bebo el vocabulario de la escena./ Parece que la vida fuera eso:/ la belleza como expresión armónica”.
Pero la poesía de Elguero es original dentro de su propia propuesta, pues en este libro ya de madurez, como en el anterior titulado El Dormitorio Ajeno, la mirada contemplativa del poeta no está exenta de acción, sino que llega al éxtasis del tacto (el hermoso y a duras penas contenido poema “Caricia”; el titulado “Sensaciones”, también “Deseo”…).
Al terminar de leer estas páginas a uno se le queda el alma con una ajena sensación de sosiego pues este libro, además de una aguda manera de mirar, nos contagia, en medio del vertiginoso frenesí que caracteriza nuestra época, de un ritmo más acorde con nuestros ciclos naturales y mentales. Esto es la poesía: no más lejos, más hondo.

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