viernes 28 de septiembre de 2007

A Miguel Palacio con unas violetas

El mundo aún estaba por estrenar y nuestros sueños eran territorio virgen. La vida se parecía a una perpetua primavera. Despertábamos. Todo tenía en nuestros ojos el brillo de lo nuevo.
Eran los años blancos del bachillerato en los que los profesores quemados peleaban contra nosotros mientras los vocacionales luchaban sólo contra sí mismos para pasarse al poco a nuestro bando y, así, empezamos nosotros a rebasar fronteras y a intuir la diversa amplitud de lo real y de lo humano… Ha pasado el tiempo como unos puntos suspensivos: cómo hablar ahora sin emoción de quien nos enseñó el mundo.
Y es que acabo de saber que Miguel Palacio, el que fuera nuestro profesor de inglés y de muchas más cosas, se ha jubilado de la enseñanza pero no de nuestro corazón. Y me he dado cuenta agradecidamente de que su nombre tiene reservado un espacio en nuestra biografía intelectual, emocional, universal… Sí, cómo hablar sin emoción de quien nos abrió las puertas de lo desconocido, esto es, de otros países y de nosotros mismos.
Las clases de este enhiesto caballero andante con barba que no quiere ser rebelde y una ponderación nada exenta de pasión tenían el tono y las maneras de una buena conversación, y tenían algo de viaje. Hablando recorríamos el mundo y empezábamos a saber así que el idioma es lo más útil que un viajero puede llevar en su maleta. Y simplemente hablando empezábamos a intuir que viajar instruye aún más casi que leer porque nos desensimisma, nos amplía, nos inserta en la enormidad del mundo y nos invita por eso amorosamente a valorar lo nuestro y, al mismo tiempo, nos anima a relativizar nuestras propias verdades. Nosotros generacionalmente somos menos leídos pero más viajados que nuestros profesores y se lo debemos a ellos, a sus anhelos, a sus cimientos... De hecho en las clases de Miguel Palacio empezó a fraguarse la condición de nómada que ya siempre tendrá nuestro corazón.
Pero al hacer repaso por encima de lo que pudimos aprender está lo que pudimos sentir. Y es que su enciclopédica erudición ahora, en el recuerdo, queda por debajo de su mirada pues lo mejor de sus clases eran esos parlamentos sobre viajes y otros mundos en los que su mirada se detenía no en lo turístico sino primordialmente en el paisaje y en la geografía humana. Por eso hoy, para muchos de nosotros, la mirada atenta, ecologista y cosmopolita de Miguel Palacio ejemplifica aquello que escribiera Chesterton: “el viajero ve lo que ve, el turista ve lo que ha venido a ver”.
Como Zadie Smith con su deslumbrante novela DIENTES BLANCOS (Ed. Salamandra) -toda una esclarecedora descripción de lo que es el multiculturalismo y la identidad en nuestros días- Miguel Palacio, con sus clases, nos dibujó el mundo resumiéndolo en un inmenso fresco humano para invitarnos así a viajar y a interactuar, a no tener miedo a lo otro y a enorgullecernos del barro exótico de nuestras botas. Cómo no hablar pues con emoción de quien nos enseñó a volar.
Por eso ahora nuestra cultura individual a veces le homenajea. Así al leer novelas decisivas de la literatura actual en lengua inglesa como ese lírico prodigio de la narrativa del transgénero que es ESCRITO EN EL CUERPO -escrita por la siempre estimulante Jeanette Winterson (Ed. Anagrama)- o, por poner sólo otro ejemplo, esa delicia a un tiempo mística y tabernaria que es LOS HERMOSOS VENCIDOS -Leonard Cohen (Ed. Fundamentos)- uno sonríe tras acordarse de Miguel Palacio, él, su compromiso con lo joven y lo germinal, sus modos de asceta sin sensación de carencia y esa forma de enseñar casi sin pretenderlo, que es muchas veces el mejor modo de conseguirlo…
Ahora te vas con el deber cumplido aunque, como los buenos viajeros, a la vez también te quedas.
Tú nunca estarás demasiado lejos.

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