TIEMPO PARA AMAR de Robert A. Heinleim
Para Daniel Manceñido
¿La Historia y la Profecía son dos caras de la misma moneda? ¿La Historia y la Profecía se hacen una misma cosa en la ciencia ficción?
Con frecuencia el historiador, como simulando que escribe de memoria, utiliza un estilo directo y exacto frente al profeta que, acaso tratando de demostrar que escribe por inspiración, posee un estilo poético, preciosista e inexacto que satisface menos a la lógica que a la intuición. Por eso es tan rara y fascinante la literatura de Robert A. Heinlein, (1907-1988) probablemente la figura más influyente de la ciencia ficción estadounidense junto a Philip K. Dick. Y es que este autor extravagante tenía gran capacidad para crear las visiones más descabelladas -o más personales- y hacer que parecieran de sentido común, sí, algo así como el tipo de consejo sabio aunque alentador que un adolescente soñaría recibir de un tío aventurero que ha viajado mucho… La suya es pues una literatura de anticipación científica exuberante, asombrosa, optimista, repleta de naturalidad y soberbiamente escrita.
Según señala la crítica especializada gran parte de la mejor obra de este autor está recogida en el volumen Historia del Futuro, en donde Heinlein diseña un ambicioso panorama del porvenir en el que, con rigor y exactitud, nos muestra y casi demuestra que el futuro es una hermosa utopía ya que se parece al arte de hoy. Sin embargo, puesto que personalmente prefiero la hondura crítica al ingenio, a mí me ha divertido, conmovido y fascinado su gran obra de madurez: Tiempo para amar (Ed. La Factoría de Ideas).
Tiempo para amar narra las aventuras de Lazaruas Long, personaje estrella de otras novelas de Heinlein, y verdaderamente es una explosión de narrativa. Lazarus, figura típica del autor, es valiente, sarcástico, discutidor, activo, trasgresor y siempre tiene razón. Viaja en el tiempo, se acuesta con su madre, llena las ciudades de hijos suyos, pelea, mata…
Pero en el año 4772 de la Era Terrestre Lazarus Long, el ser humano más longevo del universo, está harto de todo y desea morir. Para ello acude a los barrios bajos de Nueva Roma y, tras una última juerga memorable, se suicida. Pero Lazarus, alterado por una mutación natural que le permitió sobrevivir a todos sus contemporáneos, ha sido afectado en grado sumo por los efectos secundarios de dicha mutación la cual ha contribuido decisivamente a su ideología libérrima y desvergonzada. De todos modos esta suerte de antihéroe es una persona demasiado única para que le permitan desaparecer. Tras ser resucitado por eso en una clínica de rejuvenecimiento por orden del gobierno, la Presidenta le propone un trato: entretenerle escuchando la historia de su vida mientras encuentran una novedad que estimule el interés de Lazarus por la vida.
A partir de ahí esta novela trepidante se convierte en una epopeya que principalmente trata sobre la expansión humana por el universo, todo visto desde el peculiar prisma de Lazarus Long. Así en estas páginas, a partir de entonces, encontraremos hazañas bélicas, colonias en Marte, trovadores, burdeles, mercaderes, esclavos genéticamente modificados y numerosas frases con vocación de cita literaria.
Pero en mi opinión lo más importante es el personaje, una especie de judío errante futurista que lo ha hecho y visto todo, y como lo ha visto lo cuenta. Pero no sólo asistiremos así a sus aventuras; también nos quedaremos fascinados con sus inteligentes máximas y asistiremos a una sucesión de diálogos socráticos sobre el amor, la política, el lenguaje, las inteligencias artificiales, el significado cultural del sexo…
Finalmente Lazarus, como El Hombre Bicentenario de Isaac Asimov, obtendrá lo que necesitaba para recuperar el deseo de vivir: una familia. Con ella fundará su propia colonia y logrará dar así rienda suelta a su espíritu emprendedor y fronterizo, pero ahí no acabará todo.
Y es que luego, en el sorprendente final, observaremos el toque moralizante afín al espíritu conservador de Robert A. Heinlein, autor más que interesante dentro del panorama de la ciencia ficción clásica y escritor que describe el futuro espléndidamente pero no como un delirante visionario a lo Olaf Stapledon, Fredric Brown o Stanislav Lem, no, sino del modo preciso, elocuente y esclarecedor en que lo haría un historiador. Y es que la Historia y la Profecía son dos caras de la misma moneda…
Con frecuencia el historiador, como simulando que escribe de memoria, utiliza un estilo directo y exacto frente al profeta que, acaso tratando de demostrar que escribe por inspiración, posee un estilo poético, preciosista e inexacto que satisface menos a la lógica que a la intuición. Por eso es tan rara y fascinante la literatura de Robert A. Heinlein, (1907-1988) probablemente la figura más influyente de la ciencia ficción estadounidense junto a Philip K. Dick. Y es que este autor extravagante tenía gran capacidad para crear las visiones más descabelladas -o más personales- y hacer que parecieran de sentido común, sí, algo así como el tipo de consejo sabio aunque alentador que un adolescente soñaría recibir de un tío aventurero que ha viajado mucho… La suya es pues una literatura de anticipación científica exuberante, asombrosa, optimista, repleta de naturalidad y soberbiamente escrita.
Según señala la crítica especializada gran parte de la mejor obra de este autor está recogida en el volumen Historia del Futuro, en donde Heinlein diseña un ambicioso panorama del porvenir en el que, con rigor y exactitud, nos muestra y casi demuestra que el futuro es una hermosa utopía ya que se parece al arte de hoy. Sin embargo, puesto que personalmente prefiero la hondura crítica al ingenio, a mí me ha divertido, conmovido y fascinado su gran obra de madurez: Tiempo para amar (Ed. La Factoría de Ideas).
Tiempo para amar narra las aventuras de Lazaruas Long, personaje estrella de otras novelas de Heinlein, y verdaderamente es una explosión de narrativa. Lazarus, figura típica del autor, es valiente, sarcástico, discutidor, activo, trasgresor y siempre tiene razón. Viaja en el tiempo, se acuesta con su madre, llena las ciudades de hijos suyos, pelea, mata…
Pero en el año 4772 de la Era Terrestre Lazarus Long, el ser humano más longevo del universo, está harto de todo y desea morir. Para ello acude a los barrios bajos de Nueva Roma y, tras una última juerga memorable, se suicida. Pero Lazarus, alterado por una mutación natural que le permitió sobrevivir a todos sus contemporáneos, ha sido afectado en grado sumo por los efectos secundarios de dicha mutación la cual ha contribuido decisivamente a su ideología libérrima y desvergonzada. De todos modos esta suerte de antihéroe es una persona demasiado única para que le permitan desaparecer. Tras ser resucitado por eso en una clínica de rejuvenecimiento por orden del gobierno, la Presidenta le propone un trato: entretenerle escuchando la historia de su vida mientras encuentran una novedad que estimule el interés de Lazarus por la vida.
A partir de ahí esta novela trepidante se convierte en una epopeya que principalmente trata sobre la expansión humana por el universo, todo visto desde el peculiar prisma de Lazarus Long. Así en estas páginas, a partir de entonces, encontraremos hazañas bélicas, colonias en Marte, trovadores, burdeles, mercaderes, esclavos genéticamente modificados y numerosas frases con vocación de cita literaria.
Pero en mi opinión lo más importante es el personaje, una especie de judío errante futurista que lo ha hecho y visto todo, y como lo ha visto lo cuenta. Pero no sólo asistiremos así a sus aventuras; también nos quedaremos fascinados con sus inteligentes máximas y asistiremos a una sucesión de diálogos socráticos sobre el amor, la política, el lenguaje, las inteligencias artificiales, el significado cultural del sexo…
Finalmente Lazarus, como El Hombre Bicentenario de Isaac Asimov, obtendrá lo que necesitaba para recuperar el deseo de vivir: una familia. Con ella fundará su propia colonia y logrará dar así rienda suelta a su espíritu emprendedor y fronterizo, pero ahí no acabará todo.
Y es que luego, en el sorprendente final, observaremos el toque moralizante afín al espíritu conservador de Robert A. Heinlein, autor más que interesante dentro del panorama de la ciencia ficción clásica y escritor que describe el futuro espléndidamente pero no como un delirante visionario a lo Olaf Stapledon, Fredric Brown o Stanislav Lem, no, sino del modo preciso, elocuente y esclarecedor en que lo haría un historiador. Y es que la Historia y la Profecía son dos caras de la misma moneda…
Etiquetas: Ciencia Ficción


