sábado 2 de mayo de 2009

VOLVER A TI

Para Antonio Pereira

Porque pertenecías a la estirpe de la mejor gente, la de corazón bueno, la que sabe reír como quien mira a la vida comprendiéndola, apenas podemos encajar que te hayas sumergido en un sueño no elegido.
Y es que desaparecida la abuela Margarita y ahora tú, puesto que ya no me queda nadie en lo que a la narrativa oral alrededor de una botella de vino se refiere, nadie capaz de recordarme cada día que por debajo del humor está todo, de pronto el mundo se me ha encogido y es ya tan pequeño que parece de juguete.
Oh, Antonio, abuelo del mundo, rostro unamuniano, felino y tierno, carne de mi carne, maestro más aún de lo humano que de lo literario: vuelvo triste y en tu honor a Villafranca del Bierzo como quien entra en tu casa, como quien vuelve a ti, y lo hago sin quitarme de la cabeza que no tengo palabras para despedirte, y apenas si sé inventarlas…
Llorar es ya una forma de viajar. En este sentido escribir hoy no parece distinto de regresar a esas calles de agua con la curiosidad de quien te busca pero no te encuentra y sólo le queda conformarse con observar la suntuosidad del cielo, con intentar renovarse así emocionalmente, con reparar en la luz de esta primavera de increíble belleza. Pensar en ti con amor es un ejercicio tan moral como literario aquí, en la tierra que repara al peregrino exhausto, en esta ciudad convertida ya en un modo de pronunciar tu nombre… Hay lugares que soñarlos apenas difiere de visitarlos... Hoy vuelvo a ti con la tristeza de quien quiere gritarle a la muerte que la odia. Oh, pero visitar a ese verso costumbrista y surrealista llamado Villafranca y apellidado del Bierzo es una forma hermosa de recordar, recalar, de imaginar… Y por eso, como se vuelve a los clásicos o a los primeros amores, uno regresa sobre sus pasos al mundo de los abuelos.
En efecto para mí ya siempre será el mundo de los abuelos y el mundo de los cuentos esta villa inventada y como fuera del tiempo. Por eso creo que se encienden aquí hoy en tu honor las estrellas y los candiles, los momentos, los recuerdos... Te miro en mi memoria ahora desde aquí, desde esta acera en la que estoy escribiendo sentado, y tu rostro vuelve a tener en mis ojos el brillo de lo nuevo: pareces un retrato inmortal de ti mismo en medio de esta calle reciamente empedrada.
Aún así hay poesía mágica en el Bierzo. La hay en el intimismo colectivo que llena las calles y en este olor que tiene aquí todo a tabaco negro y a asignatura antigua, a madera noble, pan caliente, a vapor de biblioteca y flexo encendido al fondo de cada corazón…
Villafranca romántica, resaca de todo lo creado, Gil y Carrasco y su hermoso realismo paisajista leído en las piedras y las cosas, cuerpo presente, ojos como manos, sí, abrazo renovado y renovable como un fulgor del cielo atardecido preguntando a mis lágrimas si en realidad un recuerdo es algo que tenemos o algo que hemos perdido.
Oh, Villafranca interior, canción de Amancio Prada, oración de mi madre, título de nobleza, testamento de un ángel: vuelvo a ti con la tristeza del discípulo que se sabía amado.
Sí, tiene pensar en ti aquí algo de golpe de efecto y otro tanto de lágrima por la revolución que no pudo ser pero, sobre todo, tiene mucho de abrazo en el que cabe el mundo mientras, alrededor, tiembla la tierra entera. Luz de cruce, salve celta a capela, hombre que se derrumba, de improviso, ciudad que instruye el corazón colocada en nuestro imaginario como una cruz en un mapa, Villafranca del viento enredado en un sueño, Villafranca del alma de cristal de Pereira…
Te he querido familiar, profundamente, y no pienso dejar de hacerlo sólo porque la muerte haya venido para convertirte definitivamente en un clásico. Pero, como eres una persona de la que siempre se hablará bien, me quedo aquí a solas un momento más emborrachándome con los recuerdos: perteneces a la estirpe de quienes no debería morirse nunca, joder. ¿Cómo decirlo? ¡Te voy a recordar sin aristas y siempre!

Etiquetas:

miércoles 3 de octubre de 2007

METEOROS de Antonio Pereira

Poesía con más hallazgos que ocurrencias, con más encuentros que encontronazos. La pulcritud emocional hecha versos… Acabamos de saber que le han concedido a Antonio Pereira el Premio Francisco de Quevedo de Literatura por su libro METEOROS (Poesía 1962-2006), publicado por la Editorial Calambur. Y por eso creemos que ésta es una ocasión tan buena como cualquier otra para decir que se puede leer dicho libro de poemas así, a escondidas, casi como quien pega un oído a la puerta de un ilustre desconocido y oye cierto silencio profundo, recipiente de sonidos, y escucha también el trino de los pájaros, y el cantar de las criadas, y la oración de los antepasados, y la vida palpitante, y el latido de la nostalgia, y la belleza contemplada desde altos miradores.
Antonio Pereira, ese escritor de rostro felino que camina por la existencia como un moderado reformista de nuestra alma, escribe poemas que contagian serenidad y clarividencia. Sí, con la exactitud rítmica de los clasicistas pero aportando también la rebeldía sin aspavientos de quien siempre ha ido por libre, nos regala hoy su obra poética completa de la que aprendemos que la poesía es consolación y belleza y así lo demuestran aquí tanto su economía verbal como cierto esplendor rítmico capaz de ganarse honradamente nuestra complicidad lectora. Sabiduría sencilla en la estela de Machado. En la estela de un cometa. De un meteoro.
Dentro de los libros que, como piezas de puzzle, aquí ahora conviven destaca a mi entender “Cancionero de Sagres”, bello canto fraternal, casi himno, casi abrazo, casi salto de agua, en honor a Portugal. Tiene cadencia de fado y nostalgia lisboeta este libro, tiene blanca saudade, y conmueve por su mirada detallista y melancólica y, también, por alguna memorable historia universal que nos regala esta poesía por momentos tan narrativa (como ejemplo el humano y hermoso poema titulado Cementerio de Évora y también otro que lleva como título la palabra Episodio).
Igualmente no se puede pasar por alto “Viva Voz”, compendio de poemas nuevos, inéditos, que aquí se incluyen con toda su frescura y vigencia como para subrayar la eterna juventud de este poeta bendito, de este aristócrata de la amistad y la felicidad, de este escriba emocionante que es Antonio Pereira. Está este último lleno de homenajes –Cristóbal Halfter, Norberto Beberide, Enrique Badosa, Picasso, Victoriano Crémer, Eugenio de Andrade, Amancio Prada…- y tiene de fondo algo como de reafirmación en pugna con lo testamentario, pero sin embargo no hay tristura sino contagiosa esperanza y una envidiable fe en la vida y la amistad.
Así expresado en los poemas el mundo parece una formidable romería con su cáncer de vanidad y pecados, pero también y sobre todo con su apasionante día a día, su belleza y su verdad. El mundo mecanografiado por este blanco abuelo de todos, por este bardo del pueblo, como enseñándonos al cabo que nada hay menos convencional que lo claro y directo. Es poesía atenta, vindicativa, sin las conspiraciones y los excesos de la imaginación desatada; toda una lección de refinada naturalidad.
Al terminar de leer este libro que tan bien resume la evolución de una conciencia se nos queda el alma en un delicado estado armónico, sin éxtasis ni espejismos sino simplemente así, en paz y a salvo como víctimas de la bondad. Lo indescifrable se ha convertido ya en un arrullo, un halo de luz, un momento de pequeño esplendor que nos inspira en la medida en que nos enseña que en la vida la poesía es ese rayo de pureza, de expectación y de sorpresa capaz de conducirnos cada día por la senda de la autenticidad.
Son libros como éste los que nos llenan de impulso, nos recuerdan con piedad de dónde venimos y así nos hermanan con la tierra, con las gentes, con el tiempo y con la paz.
Hay que seguir empleando energía en el imprescindible acto de conmoverse.
Por eso de todo corazón les recomiendo este libro.

Etiquetas: , ,

Archivos

Enlaces

Lectores