Literatura sobria y creíble que rezuma solidez, honestidad; novelas de receta clásica, con atmósfera, con enorme dignidad...
Miguel Delibes –en La sombra del ciprés es alargada, Las ratas, Los santos inocentes, El diputado voto del señor Cayo…- escribió impagablemente sobre la soledad de ese territorio vasto y deshabitado que es Castilla, que es el mundo, acaso tratando así de no morir igual que sus personajes.
Hoy culminó su hazaña principalmente vital: lo consiguió, falleció rodeado de su familia, su gran apuesta, y con gran reconocimiento como si de verdad aquí la vejez volviera a ser considerada como esa etapa en la que los seres humanos se desprenden de lo superfluo y recogen lo bueno sembrado…
Hombre de profundas lealtades, igual que Daniel el Mochuelo –protagonista de El camino- Delibes fue alguien que descubrió cual era su camino y luego transitó por ahí coherentemente siendo fiel a una mujer (doña Ángeles), a una ciudad (Valladolid), y a una editorial (Destino).
En efecto Miguel Delibes poseía esa lealtad inquebrantable no de quien no evoluciona, sino la de quien lo tiene claro.
Mis novelas favoritas de este autor ya clásico son La hoja roja –que describe sin concesiones la soledad de Eloy, un fotógrafo viudo jubilado casi de este mundo que, en el momento más gris de su vida, toma contacto con Desi, una muchacha de pueblo que se dedica a servir y que aspira en el fondo al prestigio de lo urbano sin saber que así está aspirando a esa misma soledad-, y El hereje –novela ambientada en el Valladolid de la época de Carlos V y que narra con prolija documentación las peripecias vitales y espirituales de Cipriano Salcedo, un reformista en tiempos de fanatismo-. Ambas son ya textos representativos de dos etapas distintas del autor y resumen de buen modo el quehacer literario de un hombre que supo ver en la tradición el cimiento y la dirección, aunque no renunció a cierto experimentalismo principalmente en dos novelas: Cinco horas con Mario y Parábola del naufrago.
Pero, sin embargo, he leído varias veces otra obra que se ha erigido en referente de mi corazón, y que siempre me conmueve. Señora de rojo sobre fondo gris es una novela que Delibes escribió tras elaborar el duelo de la muerte de su esposa, y bien se nota. Aunque el protagonista es un pintor famoso que narra la biografía emocional de su mujer fallecida a una de sus hijas, uno nunca deja de ver al propio autor tras ese protagonista conformando un conmovedor homenaje narrativo a su propia mujer. El tono tierno, fluido y reciamente lírico está muy logrado en esas páginas y, en mi opinión, hace gala asimismo de una humanidad apabullante.
Su universo narrativo previsible y sin embargo inquietante al principio, iluminador siempre, ha sido creado con una prosa directa y sin rehuir nunca la aspereza climática que muchas veces tiene el mundo, y su vocación es la de permanecer para siempre en el catálogo de lo selecto.
Ha muerto Miguel Delibes…
Nos estamos descapitalizando.
Miguel Delibes –en La sombra del ciprés es alargada, Las ratas, Los santos inocentes, El diputado voto del señor Cayo…- escribió impagablemente sobre la soledad de ese territorio vasto y deshabitado que es Castilla, que es el mundo, acaso tratando así de no morir igual que sus personajes.
Hoy culminó su hazaña principalmente vital: lo consiguió, falleció rodeado de su familia, su gran apuesta, y con gran reconocimiento como si de verdad aquí la vejez volviera a ser considerada como esa etapa en la que los seres humanos se desprenden de lo superfluo y recogen lo bueno sembrado…
Hombre de profundas lealtades, igual que Daniel el Mochuelo –protagonista de El camino- Delibes fue alguien que descubrió cual era su camino y luego transitó por ahí coherentemente siendo fiel a una mujer (doña Ángeles), a una ciudad (Valladolid), y a una editorial (Destino).
En efecto Miguel Delibes poseía esa lealtad inquebrantable no de quien no evoluciona, sino la de quien lo tiene claro.
Mis novelas favoritas de este autor ya clásico son La hoja roja –que describe sin concesiones la soledad de Eloy, un fotógrafo viudo jubilado casi de este mundo que, en el momento más gris de su vida, toma contacto con Desi, una muchacha de pueblo que se dedica a servir y que aspira en el fondo al prestigio de lo urbano sin saber que así está aspirando a esa misma soledad-, y El hereje –novela ambientada en el Valladolid de la época de Carlos V y que narra con prolija documentación las peripecias vitales y espirituales de Cipriano Salcedo, un reformista en tiempos de fanatismo-. Ambas son ya textos representativos de dos etapas distintas del autor y resumen de buen modo el quehacer literario de un hombre que supo ver en la tradición el cimiento y la dirección, aunque no renunció a cierto experimentalismo principalmente en dos novelas: Cinco horas con Mario y Parábola del naufrago.
Pero, sin embargo, he leído varias veces otra obra que se ha erigido en referente de mi corazón, y que siempre me conmueve. Señora de rojo sobre fondo gris es una novela que Delibes escribió tras elaborar el duelo de la muerte de su esposa, y bien se nota. Aunque el protagonista es un pintor famoso que narra la biografía emocional de su mujer fallecida a una de sus hijas, uno nunca deja de ver al propio autor tras ese protagonista conformando un conmovedor homenaje narrativo a su propia mujer. El tono tierno, fluido y reciamente lírico está muy logrado en esas páginas y, en mi opinión, hace gala asimismo de una humanidad apabullante.
Su universo narrativo previsible y sin embargo inquietante al principio, iluminador siempre, ha sido creado con una prosa directa y sin rehuir nunca la aspereza climática que muchas veces tiene el mundo, y su vocación es la de permanecer para siempre en el catálogo de lo selecto.
Ha muerto Miguel Delibes…
Nos estamos descapitalizando.
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