Cuento
-Oye, Ventura, esto antes de pensarlo tienes que sentirlo, asegura ahora con la rotundidad de quien no sabe lo que está diciendo un amigo de la infancia de rostro barbilampiño, heterosexualidad distraída y divertido oficio de sepulturero. Llueve. El teléfono móvil parece pesarme en la mano más de lo acostumbrado, y acaso por eso acepto con celeridad.
-De acuerdo, Amlio, quedamos a las doce en Casa Tides y voy contigo, por qué no.
-¡La Tasca de Tides cerró hace más de dos años! ¿Cuánto va que no subes por el pueblo?
-Pues a las doce en las escuelas.
-Eso sí.
Es como un soldado utópico que practica la ética de la resistencia. Amlio, el único de nuestra quinta que continúa viviendo en Villalinde, aprovecha obsesivamente cualquier oportunidad para convocarnos de nuevo en este espacio fronterizo, supersticioso, sorprendente visto desde fuera y como suspendido en el vértice del tiempo. Sin embargo yo, que por mi actual condición de catedrático de filosofía lucho contra ese sentimiento en retroceso enfrentado a toda visión de conjunto que es la nostalgia, espacio mis regresos al pueblo: lo hago así para que cada nueva visita la crea aún cargada de anotaciones en el margen de lo que soy, de encuentros y de recuerdos-reflejo.
De momento continúo acudiendo a Villalinde como quien retorna al primer mundo.
Amlio siempre está, y ella también.
Haciendo caso omiso de mis ganas de nada –de mi ánimo inestable como un campo de batalla- he salido de casa impulsado por cierto desasosiego de lo más dinámico: por eso he llegado dos horas antes de lo convenido. No llueve ya. Y lo hallo ahora aquí todo -no sólo los árboles sin hojas dan cuenta de que estamos en otoño- iluminado por un cielo que algo tiene de alumbrado de posguerra. Tras pasar por la Cuesta de Hoguera –para observar una vez más las hibridaciones de la luz- aparco ya mi coche en la plaza frente a la iglesia nueva. Salgo. Me siento observado a través de las ventanas sin cortinas por una mujer con modos de policía científica, pero disimulo. Enciendo un entrefino. Vuelvo instintivamente la mirada hacia el reloj del campanario que lleva tantos años parado -bien sé que esto no ha de entenderse como una metáfora sino que es otra muestra de la escasa solvencia de la Junta Vecinal- y, poniendo a prueba mi sobrepeso, avanzo ya a cierta velocidad como quien se dirige a la vez a todos partes, aunque en verdad a ningún sitio. Dejo que la realidad me dé clase. Saludo, elevando el mentón, a un conocido con rostro de humorista abstracto cuyas ideas han envejecido más que él. Ahora a esta muchacha hermosa que exhibe sin complejos su heredado gusto por algo que podría definirse como “ropa de moda salvaje”. Y posteriormente a una señora capaz de defender su bolsa de la compra con la vida. Y a otra tan tacaña que, en lo referente al veneno para su propio suicidio, escogería el más barato. Y a un mozo ganadero de cuya estela aromática parece deducirse que está enamorado de su establo. Y a este matrimonio casi eterno, casi arquetípico, compuesto por dos ancianos incompatibles pero acostumbrados… Así hasta llegar a cierto edificio igualmente anciano, la fachada de cemento desconchado que deja entrever las paredes de barro, tejas rotas, ventanas desquintadas sin cristales que apenas si ocultan la ruina interior… En mi opinión, y a pesar de lo que Amlio me dijo antes, todo dentro de la normalidad.
Por supuesto la escasez de alumnos, de suficientes niños y niñas empadronados en el pueblo y que permanezcan en él, provocó que cerraran interinamente la escuela hace ya años, pero como nunca ha vuelto a abrirse aseguran por aquí que el edificio ha acabado muriéndose de pena. ¡Qué pena!, se lamenta a veces Amlio recreándose con una irreductible obcecación en el pasado la cual a mí, aunque me cueste dárselo a entender debido a su bonhomía, me resulta anacrónica, la verdad.
Porque la estructura del inmueble ha comenzado a ceder y el tejado a caerse, el Excelentísimo Ayuntamiento de Vegasinciel –al que pertenecemos- ha decretado el derribo, pero tal ordenanza no acaba de cumplirse debido a la oposición de Amlio y otros como él. Por turnos montan guardia y se sitúan delante de la escavadora; protestan no con palabras sino empleando la contundencia de su presencia física. Y, aunque he acudido a causa de que siento por Amlio un afecto que me obliga de memoria, lo cierto es que esta guerra cívica ni me va ni me viene.
Los operarios de la subcontrata de demolición han desistido ya, aunque sólo por el momento.
El edificio de ambiciosa dimensión, que fuera una escuela con dos aulas y un patio interior, ahora es la vieja sombra de la nada, pero, puesto que he llegado pronto, no me resisto a recorrerlo exteriormente por completo. Se trata a pesar de todo de una edificación de funcionalidad racionalista cuya factura parece dar cuenta de su herencia. Y me entretengo con agrado inspeccionando su arquitectura recia y rústica, las hechuras toscas, esos acabados ornamentales de otro tiempo (hoy considero todo un exceso el que ese tiempo una vez fuera el mío)… Al llegar frente al portón de madera vuelvo a sentir cierta inquietud dinámica que me lleva a empujarlo.
¡Y se abre!
Las losetas con motivos florales de este pasillo que conduce al patio, aunque revestido ahora de cierta penumbra misteriosa, permanece tal y como lo recordaba, y yo, que me he pasado la vida tratando de mantener a mis fantasmas bajo control, escucho con pavor ahora decir: pasa.
¡Y paso!
Acabo de acceder a la vieja escuela a la que asistí de niño, y –ya sé que suena raro- doña Flora, cuerpo grande y grávido como el de una madrastra buena, sabia, encanecidamente rubia y con los ojos azules igual que el cielo de los pueblos, acaba de aparecer ante mí sin darme tiempo a improvisar alguna exclamación de sorpresa... Adelante, sólo faltabas tú; vamos a despedirnos de todo esto.
Tuvimos varias maestras sucesivas, tres o cuatro, pero doña Flora, que hubiera querido que fuera mi madre, que llegué a soñarlo inconfesablemente muchas noches, tuvo tal importancia para mí entonces que, cuando crecí y me fui de Villalinde, empecé a desconfiar de mi memoria (con el paso de los años, más aún que olvidarla, había empezado a dudar de su existencia). ¡Venga, pasa!...
El nerviosismo, además de producirme unas casi evidentes ganas de echar a correr, se está convirtiendo en acicate para mi sangrante úlcera de estómago. Mi rostro parece mi fuselaje. ¿Es el mundo o soy yo el de la avería?
De pronto me da vergüenza que doña Flora haya atravesado intacta el túnel del tiempo y me esté viendo así, calvo, tripón, desmarañado; uno de tantos... ¡Nunca ha llegado tan lejos la ternura –bien lo recuerdo ahora- como con la manera no protocolaria de enseñar de esa buena mujer! Reparo ahora con desesperada perplejidad en que el suelo está empezando a perder solidez, pero mi segunda reacción, en lugar de continuar asustándome, es disimular. Por eso, con modales de morboso bien educado, trato de seguirle la corriente a la maestra.
Ya más cerca de ella, al tiempo que intento en vano recordar el número de teléfono de mi psicóloga clínica, camino como se transita por los palacios de los sueños –observándolo todo pero sin tocar nada- dentro de esta edificación desvencijada en la que parece quedar tanto de lo que hubo y lo que fuimos.
La presencia de esa aparición de ovalado rostro, el cual está protagonizado por unas grandes lentes, desencadena en mí algo raro; una suerte de turbulencia identitaria. Tiemblo… Cierro los ojos como cegado durante unos microsegundos cargados de información, y los abro de pronto a lo que resulta ser el tiempo de otra forma. Y recuerdo una oscuridad repleta de posibilidades. Recuerdo a mis padres, luna menguante en la fiesta nupcial del bar de pueblo, bailando acompasados como si mi vida les fuera en ello. Recuerdo la música; ese resumen de todo. Recuerdo como niebla el líquido amniótico, la receptividad generosa de la infancia, el vértigo anímico de la adolescencia, el gesto fortuito que derivó en vicio convulsivo y, tiempo después, el temor ambivalente del primer cigarro. Recuerdo mi mente pintando cuadros de angustia a causa de la culpabilidad... Oh, recuerdo albas, ocasos, la laboriosa transformación de las estaciones y la luz tiñendo el cielo como ropa. Recuerdo, en otoño, a los gatos por los tejados como lamiendo las estrellas. Recuerdo bravo el río Esla entre los chopos erguidos hacia el cielo. Ah, recuerdo la hombría de bien de las mujeres de mi casa y el llanto imposible de los hombres. La justificación de un templo. Un edificio construido de suelo a techo por ellos dos, mis padres, o el trabajo y el respeto como fundamento. Y recuerdo cierto gusto por acumular. La realidad, los sueños y mi cerebro dando vueltas. ¡Se apelotona en mi mente lo que no enumero! Mujeres alrededor de una radio de galena. La involución crepuscular de los borrachos viejos en los locales de lenocinio de la carretera acompañados de los obsesos, los curiosos y los esclavos del capricho. Recuerdo la fiesta de San Miguel. Y mis ojos brillando tras la ventana la primera vez que vi nevar. El tiempo de la siega. Oh, el abuelo muerto velado en nuestro salón-comedor con el ataúd abierto. ¡Recuerdo un cementerio familiar improvisado en el jardín el cual me hizo entender que toda tierra es sagrada! Recuerdo el miedo. La llegada sorpresiva de mi hermano recién nacido; su complementario crecimiento. Ah, sí, recuerdo vívidamente cierto olor a herbolario en el cuello de una chica de mi edad, y recuerdo el primer amor, su finitud y su simbología. El viaje a la ciudad. El instituto, la universidad, una oposición, otra, otra y ya todas pareciendo la misma repetida. Los alumnos como bucaneros de la dicha con sus inagotables ganas de algo nuevo. Una mesa de arce sobre la que reposa un cartapacio. Una corbata azul. El prestigio. Mi pequeño pueblo cada vez más lejos… Y, de pronto, recuerdo la subjetividad universal de la locura entonces; la locura que es como caerse por una angosta escalera en espiral mental. Oh, recuerdo el diagnóstico y un sabor ácido y seco en mi boca mientras lo escuchaba; sentía. Recuerdo la lucha y a los médicos del neuropsiquiátrico que parecían querer que yo estuviera enfermo. ¡Recuerdo que el hospital estaba lleno de uno mismo! Pastillas de colores. Jeringuillas. Un calvario antes del “alta médica” en un piso tutelado y compartido: la supuesta libertad de la antipsiquiatría. Imágenes y voces rellenando la realidad. Y recuerdo que me convertí en alguien rutinario y ordenado; obsesivo en mi disciplina para no tener que volver a pasar jamás por todo aquello. Pastillas. Recuerdo más conferencias. Más libros. Una mujer que entendía el amor como un sacrificio humano y las astilladas emociones del divorcio. Por fin una casa propia, luego otra, otra y todas la misma repetida. Otra mujer, otra y todas…
Mira, Ventura: el patio. Aquí aprendiste a jugar sin saber que estabas aprendiendo a apasionarte y a convivir, asegura doña Flora... Ciertamente al mirarlo ahora, a pesar de la hierba alta con cardos y el cieno –la verdad es que parece un yermo-, este lugar que fue se me antoja hoy como una caja de resonancias. Y vuelven a mi memoria aquellos momentos en los que jugábamos al fútbol midiendo nuestras naturalezas sin quebrar nuestra ligazón…. Esto era el aula pequeña: aquí aprendiste a leer… Y, como arrobado, me fijo ya en el armario-biblioteca, vacío y con una puerta desencajada, hasta que me da por pensar que lo sencillo apenas tiene explicación. ¡Por dios, efectivamente necesito volver a la psicóloga o volver a beber en ayunas! De nuevo escucho la voz de doña Flora apostillándolo todo y en este momento, mientras ella trata de domarse el pelo con los dedos de una mano, ya no me extraña que la palabra maestra y la palabra madre contengan la misma raíz, pues entiendo que la primera es la versión ilustrada de la segunda… Ésta era el aula grande, la cual un día estuvo también llena… Y desde esta perspectiva interior, intentando sin conseguirlo apaciguar mis síntomas, reparo en los ventanales que aún filtran una luz liviana que no ha cambiado en nada, para pasar al poco a distraerme recordando el rostro de cada uno de mis compañeros y compañeras de entonces. Sí, la escuela es una Caja de Pandora llena de posibilidades: nosotros. ¿Aún existe la estufa de leña y carbón? Por supuesto, ábrela: aquí, junto a Gali -aquella niña que jugaba contigo aunque no quiso ser tu mejor amiga porque prefería la compañía de otras niñas- miraste fijamente el fuego por primera vez, y descubriste la fascinación. ¡Es verdad!
En este momento reparo en que he cruzado una frontera, y he pregunto sin inquietud si lograré regresar de nuevo al otro lado...
Esto es todo; no te robo más tiempo pues supongo que estarás muy ocupado ahora que eres una persona importante y ya no me necesitas, se queja ella realzando su benignidad casi mesiánica, al tiempo que me acompaña nuevamente a través del pasillo. Abre el portón con una mano. Emplea la otra para apuntar con el dedo índice. Dice: Ventura, en aquellos años ése era tu camino de regreso. ¡No te olvides de regresar!
Apenas puedo apartar la vista de esta carretera, la cual en verdad durante mi infancia aún no estaba asfaltada: era un camino. Y por ella viene ya Amlio, tipo sonriente con maneras de dandi agropecuario. Aquí está. Vuelvo la vista, me cercioro de que dentro de la escuela no hay en realidad nadie, y un acceso de melancolía pasa a incomodarme ante la cálida presencia de mi amigo. Ya me mira como si estuviera presenciando el despertar de un sonámbulo y, otra vez haciendo gala de una sabiduría que ni él sabe que tiene, dice:
-Finalmente el edificio lo demolerán esta tarde, pero veo que ya has entrado. ¿A ti también te ha pasado?
-Creo que sí…
Antes siquiera de poner en marcha el coche la he llamando a usted para concertar una sesión de emergencia, aunque como no contesta y apenas tengo ni idea de cómo contarle lo ocurrido, he decidido escribírselo. ¡Y se lo voy a enviar por medio de un e-mail porque estoy empezando a odiar sus sesiones programadas! Contésteme, si le parece, mediante la misma vía, y mándeme factura, diagnóstico y/o receta.
Mire, diga usted lo que diga sobre los brotes de esquizofrenia yo creo que la realidad no está completa, y todo lo imposible nos ocurre por algo…
Sé que suena raro pero así es como fue.
-De acuerdo, Amlio, quedamos a las doce en Casa Tides y voy contigo, por qué no.
-¡La Tasca de Tides cerró hace más de dos años! ¿Cuánto va que no subes por el pueblo?
-Pues a las doce en las escuelas.
-Eso sí.
Es como un soldado utópico que practica la ética de la resistencia. Amlio, el único de nuestra quinta que continúa viviendo en Villalinde, aprovecha obsesivamente cualquier oportunidad para convocarnos de nuevo en este espacio fronterizo, supersticioso, sorprendente visto desde fuera y como suspendido en el vértice del tiempo. Sin embargo yo, que por mi actual condición de catedrático de filosofía lucho contra ese sentimiento en retroceso enfrentado a toda visión de conjunto que es la nostalgia, espacio mis regresos al pueblo: lo hago así para que cada nueva visita la crea aún cargada de anotaciones en el margen de lo que soy, de encuentros y de recuerdos-reflejo.
De momento continúo acudiendo a Villalinde como quien retorna al primer mundo.
Amlio siempre está, y ella también.
Haciendo caso omiso de mis ganas de nada –de mi ánimo inestable como un campo de batalla- he salido de casa impulsado por cierto desasosiego de lo más dinámico: por eso he llegado dos horas antes de lo convenido. No llueve ya. Y lo hallo ahora aquí todo -no sólo los árboles sin hojas dan cuenta de que estamos en otoño- iluminado por un cielo que algo tiene de alumbrado de posguerra. Tras pasar por la Cuesta de Hoguera –para observar una vez más las hibridaciones de la luz- aparco ya mi coche en la plaza frente a la iglesia nueva. Salgo. Me siento observado a través de las ventanas sin cortinas por una mujer con modos de policía científica, pero disimulo. Enciendo un entrefino. Vuelvo instintivamente la mirada hacia el reloj del campanario que lleva tantos años parado -bien sé que esto no ha de entenderse como una metáfora sino que es otra muestra de la escasa solvencia de la Junta Vecinal- y, poniendo a prueba mi sobrepeso, avanzo ya a cierta velocidad como quien se dirige a la vez a todos partes, aunque en verdad a ningún sitio. Dejo que la realidad me dé clase. Saludo, elevando el mentón, a un conocido con rostro de humorista abstracto cuyas ideas han envejecido más que él. Ahora a esta muchacha hermosa que exhibe sin complejos su heredado gusto por algo que podría definirse como “ropa de moda salvaje”. Y posteriormente a una señora capaz de defender su bolsa de la compra con la vida. Y a otra tan tacaña que, en lo referente al veneno para su propio suicidio, escogería el más barato. Y a un mozo ganadero de cuya estela aromática parece deducirse que está enamorado de su establo. Y a este matrimonio casi eterno, casi arquetípico, compuesto por dos ancianos incompatibles pero acostumbrados… Así hasta llegar a cierto edificio igualmente anciano, la fachada de cemento desconchado que deja entrever las paredes de barro, tejas rotas, ventanas desquintadas sin cristales que apenas si ocultan la ruina interior… En mi opinión, y a pesar de lo que Amlio me dijo antes, todo dentro de la normalidad.
Por supuesto la escasez de alumnos, de suficientes niños y niñas empadronados en el pueblo y que permanezcan en él, provocó que cerraran interinamente la escuela hace ya años, pero como nunca ha vuelto a abrirse aseguran por aquí que el edificio ha acabado muriéndose de pena. ¡Qué pena!, se lamenta a veces Amlio recreándose con una irreductible obcecación en el pasado la cual a mí, aunque me cueste dárselo a entender debido a su bonhomía, me resulta anacrónica, la verdad.
Porque la estructura del inmueble ha comenzado a ceder y el tejado a caerse, el Excelentísimo Ayuntamiento de Vegasinciel –al que pertenecemos- ha decretado el derribo, pero tal ordenanza no acaba de cumplirse debido a la oposición de Amlio y otros como él. Por turnos montan guardia y se sitúan delante de la escavadora; protestan no con palabras sino empleando la contundencia de su presencia física. Y, aunque he acudido a causa de que siento por Amlio un afecto que me obliga de memoria, lo cierto es que esta guerra cívica ni me va ni me viene.
Los operarios de la subcontrata de demolición han desistido ya, aunque sólo por el momento.
El edificio de ambiciosa dimensión, que fuera una escuela con dos aulas y un patio interior, ahora es la vieja sombra de la nada, pero, puesto que he llegado pronto, no me resisto a recorrerlo exteriormente por completo. Se trata a pesar de todo de una edificación de funcionalidad racionalista cuya factura parece dar cuenta de su herencia. Y me entretengo con agrado inspeccionando su arquitectura recia y rústica, las hechuras toscas, esos acabados ornamentales de otro tiempo (hoy considero todo un exceso el que ese tiempo una vez fuera el mío)… Al llegar frente al portón de madera vuelvo a sentir cierta inquietud dinámica que me lleva a empujarlo.
¡Y se abre!
Las losetas con motivos florales de este pasillo que conduce al patio, aunque revestido ahora de cierta penumbra misteriosa, permanece tal y como lo recordaba, y yo, que me he pasado la vida tratando de mantener a mis fantasmas bajo control, escucho con pavor ahora decir: pasa.
¡Y paso!
Acabo de acceder a la vieja escuela a la que asistí de niño, y –ya sé que suena raro- doña Flora, cuerpo grande y grávido como el de una madrastra buena, sabia, encanecidamente rubia y con los ojos azules igual que el cielo de los pueblos, acaba de aparecer ante mí sin darme tiempo a improvisar alguna exclamación de sorpresa... Adelante, sólo faltabas tú; vamos a despedirnos de todo esto.
Tuvimos varias maestras sucesivas, tres o cuatro, pero doña Flora, que hubiera querido que fuera mi madre, que llegué a soñarlo inconfesablemente muchas noches, tuvo tal importancia para mí entonces que, cuando crecí y me fui de Villalinde, empecé a desconfiar de mi memoria (con el paso de los años, más aún que olvidarla, había empezado a dudar de su existencia). ¡Venga, pasa!...
El nerviosismo, además de producirme unas casi evidentes ganas de echar a correr, se está convirtiendo en acicate para mi sangrante úlcera de estómago. Mi rostro parece mi fuselaje. ¿Es el mundo o soy yo el de la avería?
De pronto me da vergüenza que doña Flora haya atravesado intacta el túnel del tiempo y me esté viendo así, calvo, tripón, desmarañado; uno de tantos... ¡Nunca ha llegado tan lejos la ternura –bien lo recuerdo ahora- como con la manera no protocolaria de enseñar de esa buena mujer! Reparo ahora con desesperada perplejidad en que el suelo está empezando a perder solidez, pero mi segunda reacción, en lugar de continuar asustándome, es disimular. Por eso, con modales de morboso bien educado, trato de seguirle la corriente a la maestra.
Ya más cerca de ella, al tiempo que intento en vano recordar el número de teléfono de mi psicóloga clínica, camino como se transita por los palacios de los sueños –observándolo todo pero sin tocar nada- dentro de esta edificación desvencijada en la que parece quedar tanto de lo que hubo y lo que fuimos.
La presencia de esa aparición de ovalado rostro, el cual está protagonizado por unas grandes lentes, desencadena en mí algo raro; una suerte de turbulencia identitaria. Tiemblo… Cierro los ojos como cegado durante unos microsegundos cargados de información, y los abro de pronto a lo que resulta ser el tiempo de otra forma. Y recuerdo una oscuridad repleta de posibilidades. Recuerdo a mis padres, luna menguante en la fiesta nupcial del bar de pueblo, bailando acompasados como si mi vida les fuera en ello. Recuerdo la música; ese resumen de todo. Recuerdo como niebla el líquido amniótico, la receptividad generosa de la infancia, el vértigo anímico de la adolescencia, el gesto fortuito que derivó en vicio convulsivo y, tiempo después, el temor ambivalente del primer cigarro. Recuerdo mi mente pintando cuadros de angustia a causa de la culpabilidad... Oh, recuerdo albas, ocasos, la laboriosa transformación de las estaciones y la luz tiñendo el cielo como ropa. Recuerdo, en otoño, a los gatos por los tejados como lamiendo las estrellas. Recuerdo bravo el río Esla entre los chopos erguidos hacia el cielo. Ah, recuerdo la hombría de bien de las mujeres de mi casa y el llanto imposible de los hombres. La justificación de un templo. Un edificio construido de suelo a techo por ellos dos, mis padres, o el trabajo y el respeto como fundamento. Y recuerdo cierto gusto por acumular. La realidad, los sueños y mi cerebro dando vueltas. ¡Se apelotona en mi mente lo que no enumero! Mujeres alrededor de una radio de galena. La involución crepuscular de los borrachos viejos en los locales de lenocinio de la carretera acompañados de los obsesos, los curiosos y los esclavos del capricho. Recuerdo la fiesta de San Miguel. Y mis ojos brillando tras la ventana la primera vez que vi nevar. El tiempo de la siega. Oh, el abuelo muerto velado en nuestro salón-comedor con el ataúd abierto. ¡Recuerdo un cementerio familiar improvisado en el jardín el cual me hizo entender que toda tierra es sagrada! Recuerdo el miedo. La llegada sorpresiva de mi hermano recién nacido; su complementario crecimiento. Ah, sí, recuerdo vívidamente cierto olor a herbolario en el cuello de una chica de mi edad, y recuerdo el primer amor, su finitud y su simbología. El viaje a la ciudad. El instituto, la universidad, una oposición, otra, otra y ya todas pareciendo la misma repetida. Los alumnos como bucaneros de la dicha con sus inagotables ganas de algo nuevo. Una mesa de arce sobre la que reposa un cartapacio. Una corbata azul. El prestigio. Mi pequeño pueblo cada vez más lejos… Y, de pronto, recuerdo la subjetividad universal de la locura entonces; la locura que es como caerse por una angosta escalera en espiral mental. Oh, recuerdo el diagnóstico y un sabor ácido y seco en mi boca mientras lo escuchaba; sentía. Recuerdo la lucha y a los médicos del neuropsiquiátrico que parecían querer que yo estuviera enfermo. ¡Recuerdo que el hospital estaba lleno de uno mismo! Pastillas de colores. Jeringuillas. Un calvario antes del “alta médica” en un piso tutelado y compartido: la supuesta libertad de la antipsiquiatría. Imágenes y voces rellenando la realidad. Y recuerdo que me convertí en alguien rutinario y ordenado; obsesivo en mi disciplina para no tener que volver a pasar jamás por todo aquello. Pastillas. Recuerdo más conferencias. Más libros. Una mujer que entendía el amor como un sacrificio humano y las astilladas emociones del divorcio. Por fin una casa propia, luego otra, otra y todas la misma repetida. Otra mujer, otra y todas…
Mira, Ventura: el patio. Aquí aprendiste a jugar sin saber que estabas aprendiendo a apasionarte y a convivir, asegura doña Flora... Ciertamente al mirarlo ahora, a pesar de la hierba alta con cardos y el cieno –la verdad es que parece un yermo-, este lugar que fue se me antoja hoy como una caja de resonancias. Y vuelven a mi memoria aquellos momentos en los que jugábamos al fútbol midiendo nuestras naturalezas sin quebrar nuestra ligazón…. Esto era el aula pequeña: aquí aprendiste a leer… Y, como arrobado, me fijo ya en el armario-biblioteca, vacío y con una puerta desencajada, hasta que me da por pensar que lo sencillo apenas tiene explicación. ¡Por dios, efectivamente necesito volver a la psicóloga o volver a beber en ayunas! De nuevo escucho la voz de doña Flora apostillándolo todo y en este momento, mientras ella trata de domarse el pelo con los dedos de una mano, ya no me extraña que la palabra maestra y la palabra madre contengan la misma raíz, pues entiendo que la primera es la versión ilustrada de la segunda… Ésta era el aula grande, la cual un día estuvo también llena… Y desde esta perspectiva interior, intentando sin conseguirlo apaciguar mis síntomas, reparo en los ventanales que aún filtran una luz liviana que no ha cambiado en nada, para pasar al poco a distraerme recordando el rostro de cada uno de mis compañeros y compañeras de entonces. Sí, la escuela es una Caja de Pandora llena de posibilidades: nosotros. ¿Aún existe la estufa de leña y carbón? Por supuesto, ábrela: aquí, junto a Gali -aquella niña que jugaba contigo aunque no quiso ser tu mejor amiga porque prefería la compañía de otras niñas- miraste fijamente el fuego por primera vez, y descubriste la fascinación. ¡Es verdad!
En este momento reparo en que he cruzado una frontera, y he pregunto sin inquietud si lograré regresar de nuevo al otro lado...
Esto es todo; no te robo más tiempo pues supongo que estarás muy ocupado ahora que eres una persona importante y ya no me necesitas, se queja ella realzando su benignidad casi mesiánica, al tiempo que me acompaña nuevamente a través del pasillo. Abre el portón con una mano. Emplea la otra para apuntar con el dedo índice. Dice: Ventura, en aquellos años ése era tu camino de regreso. ¡No te olvides de regresar!
Apenas puedo apartar la vista de esta carretera, la cual en verdad durante mi infancia aún no estaba asfaltada: era un camino. Y por ella viene ya Amlio, tipo sonriente con maneras de dandi agropecuario. Aquí está. Vuelvo la vista, me cercioro de que dentro de la escuela no hay en realidad nadie, y un acceso de melancolía pasa a incomodarme ante la cálida presencia de mi amigo. Ya me mira como si estuviera presenciando el despertar de un sonámbulo y, otra vez haciendo gala de una sabiduría que ni él sabe que tiene, dice:
-Finalmente el edificio lo demolerán esta tarde, pero veo que ya has entrado. ¿A ti también te ha pasado?
-Creo que sí…
Antes siquiera de poner en marcha el coche la he llamando a usted para concertar una sesión de emergencia, aunque como no contesta y apenas tengo ni idea de cómo contarle lo ocurrido, he decidido escribírselo. ¡Y se lo voy a enviar por medio de un e-mail porque estoy empezando a odiar sus sesiones programadas! Contésteme, si le parece, mediante la misma vía, y mándeme factura, diagnóstico y/o receta.
Mire, diga usted lo que diga sobre los brotes de esquizofrenia yo creo que la realidad no está completa, y todo lo imposible nos ocurre por algo…
Sé que suena raro pero así es como fue.

hola soy mazinger que tal? nos conocimos en iStore, si el superhéroe.
Pues nada a ver si quedamos un día para tomar un cafetillo, yo este finde si la tos me lo permite estaré poro el purple y luego para barcelona hasta el 30.
mi mail es asolache en gmail.
saludetes
Posted by
Alvaro |
3:18 PM