Carlos Cornejo (retrato al óleo)
León, ¿ciudad de la literatura de la Unesco?
Abstemio de alcohol y borracho de palabras, Carlos Cornejo es un sabio loco y feliz que lee durante cinco horas al día por los bares de León como un ángel de incógnito. Lleva haciéndolo casi veinte años después de una prestigiosa vida de profesor que a él le pareció un preámbulo. Conocerle se parece a recordar que la vida se trata precisamente de descubrir cual es tu camino y empeñarte en avanzar por él… Uff, el nuestro fue un encuentro arquetípico, y así lo narro en mi novela Las perlas del loco Ventura.
Ha decidido leer porque para él eso equivale a disfrutar, y ha optado asimismo por no escribir porque no lo necesita. ¡Vive para teorizar! Sin embargo cualquiera, en cualquier bar, puede acercarse a su mesa para preguntarle algo a quien ha leído tanto que parece poder relacionarlo casi todo. Atiende. Entiende. Regala respuestas y despierta torrencialmente emociones. Es el amo del tiempo: hasta que le conocí pensaba que la libertad era una alucinación imposible.
Desde la altura que le otorga su compromiso con la felicidad lo mira todo, lo traduce todo a su lenguaje, mientras camina como una conciencia en búsqueda por Ordoño II hasta la calle Ancha para llegar al fin al lugar de esta ciudad en el que nada cambia porque precisamente está basado en la inmutabilidad: el casco antiguo. O para cruzar el río sin el extravío de la prisa, y llegar al Paseo de Salamanca, y entrar cada tarde-noche en un delicioso café literario con grandes cristaleras con vistas a la vida llamado El Arpa… La gente, entre la algarabía, le ve leer como dándose cuenta de que la lectura, más que un acto de soledad, es una conversación repleta de retazos luminosos… Quien le conoce comprende que en ese ciudadano metafísico, en ese ser al margen de la actual degradación de la realidad, la libertad más que posibilidad se ha convertido en naturaleza.
Sí, es un hombre de fe que vive como un asceta; por eso siempre anda preguntándose sobre el sentido último de todo, y por eso vive al margen de la fuerzas titánicas del dinero porque, como su tocayo Carlos Marx, él llama al dinero “la gran ramera universal” (de todos modos su marxismo no procede de Carlos Marx sino de Groucho)... Actualmente su autora favorita es Adrienne von Speyr, y su ascetismo se ha convertido en el estado de ánimo propicio para leer cada tomo de Hans Urs von Balthasar.
Conversa sobre política sin escepticismo pero portando esa capacidad desmitificadora de quien, amparado en su refinada fe católica, no cree que el ser humano pueda explicarse por sí mismo, y en este sentido soy testigo de que, en lo que se refiere a su vida, “el azar” conspira en su favor.
Las mujeres le buscan tratando como de adoptarle, pero él está ya muy curtido en el arte de defender su soledad. Los estudiantes y los bohemios piensan que les inspira. Los locos de la vida aseguran que les alivia. Los camareros, al referirse a él, dicen sin pronunciarla la palabra carisma…
Sí, León debiera ser declarada por la Unesco Ciudad de la Literatura porque vivir en este lugar misterioso, en este emplazamiento urbano a su manera, se parece a aprender a diferenciar a los personajes de las personas.
De hecho en el caso de Carlos incluso a mí su vida me parece ficticia, pero les aseguro que se trata de un proceso real.
Abstemio de alcohol y borracho de palabras, Carlos Cornejo es un sabio loco y feliz que lee durante cinco horas al día por los bares de León como un ángel de incógnito. Lleva haciéndolo casi veinte años después de una prestigiosa vida de profesor que a él le pareció un preámbulo. Conocerle se parece a recordar que la vida se trata precisamente de descubrir cual es tu camino y empeñarte en avanzar por él… Uff, el nuestro fue un encuentro arquetípico, y así lo narro en mi novela Las perlas del loco Ventura.
Ha decidido leer porque para él eso equivale a disfrutar, y ha optado asimismo por no escribir porque no lo necesita. ¡Vive para teorizar! Sin embargo cualquiera, en cualquier bar, puede acercarse a su mesa para preguntarle algo a quien ha leído tanto que parece poder relacionarlo casi todo. Atiende. Entiende. Regala respuestas y despierta torrencialmente emociones. Es el amo del tiempo: hasta que le conocí pensaba que la libertad era una alucinación imposible.
Desde la altura que le otorga su compromiso con la felicidad lo mira todo, lo traduce todo a su lenguaje, mientras camina como una conciencia en búsqueda por Ordoño II hasta la calle Ancha para llegar al fin al lugar de esta ciudad en el que nada cambia porque precisamente está basado en la inmutabilidad: el casco antiguo. O para cruzar el río sin el extravío de la prisa, y llegar al Paseo de Salamanca, y entrar cada tarde-noche en un delicioso café literario con grandes cristaleras con vistas a la vida llamado El Arpa… La gente, entre la algarabía, le ve leer como dándose cuenta de que la lectura, más que un acto de soledad, es una conversación repleta de retazos luminosos… Quien le conoce comprende que en ese ciudadano metafísico, en ese ser al margen de la actual degradación de la realidad, la libertad más que posibilidad se ha convertido en naturaleza.
Sí, es un hombre de fe que vive como un asceta; por eso siempre anda preguntándose sobre el sentido último de todo, y por eso vive al margen de la fuerzas titánicas del dinero porque, como su tocayo Carlos Marx, él llama al dinero “la gran ramera universal” (de todos modos su marxismo no procede de Carlos Marx sino de Groucho)... Actualmente su autora favorita es Adrienne von Speyr, y su ascetismo se ha convertido en el estado de ánimo propicio para leer cada tomo de Hans Urs von Balthasar.
Conversa sobre política sin escepticismo pero portando esa capacidad desmitificadora de quien, amparado en su refinada fe católica, no cree que el ser humano pueda explicarse por sí mismo, y en este sentido soy testigo de que, en lo que se refiere a su vida, “el azar” conspira en su favor.
Las mujeres le buscan tratando como de adoptarle, pero él está ya muy curtido en el arte de defender su soledad. Los estudiantes y los bohemios piensan que les inspira. Los locos de la vida aseguran que les alivia. Los camareros, al referirse a él, dicen sin pronunciarla la palabra carisma…
Sí, León debiera ser declarada por la Unesco Ciudad de la Literatura porque vivir en este lugar misterioso, en este emplazamiento urbano a su manera, se parece a aprender a diferenciar a los personajes de las personas.
De hecho en el caso de Carlos incluso a mí su vida me parece ficticia, pero les aseguro que se trata de un proceso real.
Etiquetas: Adrienne von Speyr, Hans Urs von Balthasar
