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Villalobar y los zapatos del abuelo Juaco

Villalobar entonces era un pueblo con tamaño de mundo cuyos atardeceres poseían tonalidades que recordaban al trigo. Un rincón rural, terroso, con labradores jóvenes, curas, alguaciles que salen en los poemas de Machado, guardias civiles sin dinero pero con pretensiones, gentes de orgullo plegado a lo municipal y un albañil alto, delgado, grave; un obrero instruido con orgullo de clase hecho todo él de pausas y tabaco, de fiestas de guardar bien desobedecidas y una ley personal que ponderaba la familia, el trabajo, los amigos y los sueños...
El republicanismo del abuelo Juaco consistía en no ir a misa, y por eso lo fueron a buscar los falangistas y lo cosieron a tiros como a un Lorca de pueblo.
A mí me contaban una y otra vez su historia no para que odiara pero sí para que supiera “pues mientras más sepas, menos te mandarán”.
He imaginado tantas veces aquel pueblo surrealista y sin tiempo que era el refugio bronco y cálido de rojos y de azules vagando juntos por los días de frío y niebla, todos ellos igualmente acorralados por la vida, todos creyendo lo mismo de siempre porque toda innovación y toda clarividencia, esclarecedora o no, era indeseada.
Oh, Villalobar era un lugar donde se enlagunaba el tiempo y por eso los vecinos se sentaban en la plaza o a la puerta de sus casas para ver lo que había cuando cerraba el estanco de Félix, y las tiendas de Dorina y Flori, y la carnicería de Pin, y hasta los bares: no había nada. Cuando se cerraba todo no había nada salvo las bodegas.
La Guerra Civil, excesiva como toda guerra, en los pueblos no era nada más que eso: pura reyerta de borrachos.
Yo, como crecí en un bar de pueblo donde lo que se contaba era más importante que lo que sucedía, he escuchado mil historias sobre la Guerra Civil contadas en primera persona y he aprendido de ellas mi camino y mi cimiento: y he de decir con contundencia que no son historias que invitan a odiar, sino historias que curan. De hecho, más allá de dogmatismos y lateralizaciones, una escultura, un acto de homenaje póstumo, una historia familiar sobre la Guerra Civil contada en primera persona –una que te toca cerca y hondo- quiere ser precisamente el aviso de que, a pesar del chabolismo moral y la indignidad del mundo que te circunda, tú debes, como un lisiado bíblico, levantarte y andar. Tal vez haya quien prefiera quedarse en su enfermedad, en su odio, en su nosotros y ellos o su vencedores y vencidos pues las simplificaciones son fáciles y parecen por eso mentalmente más confortables, sí, pero ésa es la posición de quien no ha entendido la escultura, el acto, el símbolo; es la posición de quien no ha entendido su Historia y la merece.
Esta semana, en Jabares de los Oteros, acaba de inaugurarse una escultura de Pombo con dos cilindros enhiestos como bandos enfrentados y una placa necesaria con el nombre de los muertos sin culpa: en la emocionante placa, junto al marido de Fanía y el de doña Sión, el señor Daniel, Baltasar, Baltasarín, Severino y algunos otros, figura también el nombre del abuelo Juaco para que ahora no sólo yo le recuerde; recordemos... Fue un acto íntimo y trascendente como todo lo simbólico que me hizo pensar que, en este mundo frívolo en el que todos queremos morir como pasajeros del Titanic –esto es, morir cuando mejor lo estamos pasando-, bien está también acordarse de los dignos fusilados que murieron de pie igual que un velero.
La abuela guardó los zapatos del abuelo Juaco muerto y, así, se convirtieron para nosotros en un símbolo.
Abuelo Juaco: aún camino.

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