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Las lágrimas blancas de Rafa Guerrero

El Estadio Santiago Bernabeu se volvió espacio pequeño para ver el espectáculo postrero, grande como un hombre, de ver a Rafa llorar.
Hay quien llora como una cuba rota y quien lo hace mirando al cielo con orgullo de recio soldado derrotado pero no convencido.
Sólo un príncipe de sí mismo que supo hacernos reír para amar con él la vida consigue en su despedida hacernos llorar con él.
Y es que Rafa -pelo negro, jaca negra y aceitunas en su alforja como Lorca decía de los gitanos buenos- nació con el divino don de la risa y convencido de que el mundo está algo loco. Y sí: la risa es un don que conceden lo dioses y que ayuda a ver el mundo. De hecho les confieso que hubo un tiempo en que la cualidad que yo más apreciaba en una persona era la belleza, pero eso pasó; luego fue la inteligencia e igualmente me fui dando cuenta de que tampoco es la inteligencia ninguna panacea definitiva. Ahora mismo la cualidad que más admiro en alguien es la alegría, pues en la persona con grandes dotes para la alegría con frecuencia, si sabemos mirar, podemos advertir también inteligencia y hasta belleza.
Oh, Rafa Guerrero, pelo ensortijado, ojos negros, piernas de gladiador, maneras que provocan desconcierto, posee esa alegría magnética que sintoniza el cuerpo con el alma acompañada de cierta mala hostia que imprime carácter. Leonés cosmopolita, juez de línea internacional de fútbol durante años, persona reclamada por los medios de comunicación y las agencias de publicidad y envidiado hombre de éxito, sorprende en el trato corto por su espíritu radiante y su visión del mundo.
Todos tenemos mucho que aprender de las personas que, cuando llegan a una cima, son capaces de mirar desde allí el mundo y conmoverse ante los desamparados. Es como si, mediante sinceros gestos repletos de humanidad, reconocieran que todos los seres humanos somos iguales en dignidad y lo que nos diferencia a menudo es sólo la suerte. Por eso cada vez que un profesional con repercusión mediática se compromete de verdad con alguna causa justa –la del pueblo saharaui y el tercer mundo en el caso de Rafa Guerrero- no sólo nos da una lección humanitaria sino también una lección humana. Vuelvo a decirlo con palabras del Lorca de Bodas de Sangre: “Madre, sólo alguien tan de verdad podría llorar así”.
Y dicho compromiso vital –qué bueno- a Rafa Guerrero no sólo le ha llevado a aportar su imagen en favor de esas causas justas sino que incluso ha acogido como parte de su familia a Jalil, saharaui, ampliando así los horizontes, las posibilidades y la vida de alguien a la vez que amplía sus propios horizontes, sus posibilidades y su vida. Y eso, en la feria de fanatismos, sobreactuaciones y mercadería que con frecuencia es el fútbol, constituye todo un ejemplo. Otro ejemplo parecido al de esas lágrimas suyas repletas de humanidad que dignifican el fútbol.
Rafa Guerrero, con su alegría como traje de luces, podría confundirse con un personaje de cómic cuando conduce cierto coche suyo que parece de juguete. Y encima es tan descarado como esa gente feliz que puede permitirse ir por la vida diciendo la vedad pues siempre parece que es de broma. Rafa, en esta noche de luna que habla, como un ejemplo claro de que hay ángeles entre nosotros pero o nos pasan desapercibidos o los tenemos envidia.
En esta sociedad nuestra en la que parece que los iconos y referentes son muchachas operadas de la prensa rosa, simpáticos políticos corruptos, cantantes con la inteligencia justa para pasar el día, y así por el estilo, bien está fijarse en la gente normal, divertida, comprometida; en la gente cuyas lágrimas blancas mejoran el mundo al hacerlo emocionante.
Sin duda Rafa Guerrero es un tipo que seguro que no ha conseguido sus ojeras yendo a misa de doce.
Igualmente, y lo digo sé que en nombre de mucha gente, las lágrimas de su despedida son esquirlas de oro de nuestro corazón.

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