Gaspar Moisés Gómez, el hombre que vio por vez primera un arco iris
Amo la poesía de Gaspar Moisés Gómez así, como el hombre sin fe ama el Cristo de Velázquez, como el cristiano sin ideas blindadas ama la Mezquita Azul, como se ama, en definitiva, todo aquello en lo que, por encima de las pretensiones, principalmente hay verdad… El Colegio Marista Champagnat, como cada año, acaba de celebrar sin grandes pretensiones pero con mucha verdad su Día de las Letras Leonesas, esta vez dedicado a Gaspar Moisés Gómez, rey mago de la poesía que se alza no por querer medrar, sino por querer volar.
En este sentido, y más allá de su obra trascendente y ejemplar, supone una lección sobre lo que de verdad es la vida y la poesía la actitud de este poeta apartado de todo excepto de su propia alma, y por eso verle aún tan fiel a su vocación me sigue conmoviendo ya que a él debo la certeza de que, en medio de la galería de vanidades que es el mercado literario, no se trata de intentar triunfar sino de intentar ser uno mismo, y de intentar ser feliz: “no ser nada y por tanto/ que no tengan mérito nuestros sacrificios”.
La suya es una voz fluida como el tiempo de los verdaderamente vivos, como la belleza de las rosas que habitan sus poemas, y al leerla hasta parece fácil convertir, como hace él, la vivencia en experiencia, y la experiencia en conciencia, y la conciencia en imaginación, y la imaginación en metáfora, y la metáfora en nervio de poema.
Leer a este poeta injustamente minoritario produce la fascinación que sintió quien vio por ver primera un arco iris.
Sí, leer a este poeta es como dialogar con las estrellas.
Y es que Gaspar Moisés Gómez, con su cara de vitalista terminal que ya no está para guerras ni paces, voz atrabiliaria, modos cortesanos, pelo blanco imperfecto peinado así, hacia atrás –hacia el pasado- parece una excepción en medio de tanta importancia. Publica esporádica y teológicamente cosas mínimas, casi irreconocibles pero imprescindibles, y así nos enseña sin decirlo que la alta poesía no suele estar en las Academias ni en las listas de ventas: es otra cosa la jerarquía del espíritu.
Dentro de la nómina de los poetas que nunca fueron mendigos ni quisieron comenzar por el final; entre los que atesoran su normalidad inteligente con vocación de absoluto y su preferencia por las braguitas rojas figura el nombre poco pronunciado de este poeta, de este quijote vestido de paisano, de esta eterna nota a pie de página que merece el homenaje de los niños, de la inocencia, y por eso los Maristas han acertado de lleno.
Ahora leo sus poemas publicados en colecciones minoritarias y siento que, mientras lo hago, él está convirtiendo su elección en victoria: “que sea feliz llorando/ hasta oxidar el propio candado de mi cárcel”.
Cada vez estoy más convencido de que los poetas injustamente tratados, ahora que nuestro mundo elitista se nos está yendo de las manos, atesoran lo poco que sabemos de nosotros, lo poco que merecerá la pena recordar. Por eso leer a poetas como éste se parece a volver al futuro.
Entonces, en el futuro, se dirá que de entre los dulcemente fracasados, los que jamás persiguieron el éxito, los que no se vendieron ni torcieron se encontraba este hombre metafórico, este poeta visionario como todo vendedor de bombillas…. ¡Gracias por tu ejemplo!
En este sentido, y más allá de su obra trascendente y ejemplar, supone una lección sobre lo que de verdad es la vida y la poesía la actitud de este poeta apartado de todo excepto de su propia alma, y por eso verle aún tan fiel a su vocación me sigue conmoviendo ya que a él debo la certeza de que, en medio de la galería de vanidades que es el mercado literario, no se trata de intentar triunfar sino de intentar ser uno mismo, y de intentar ser feliz: “no ser nada y por tanto/ que no tengan mérito nuestros sacrificios”.
La suya es una voz fluida como el tiempo de los verdaderamente vivos, como la belleza de las rosas que habitan sus poemas, y al leerla hasta parece fácil convertir, como hace él, la vivencia en experiencia, y la experiencia en conciencia, y la conciencia en imaginación, y la imaginación en metáfora, y la metáfora en nervio de poema.
Leer a este poeta injustamente minoritario produce la fascinación que sintió quien vio por ver primera un arco iris.
Sí, leer a este poeta es como dialogar con las estrellas.
Y es que Gaspar Moisés Gómez, con su cara de vitalista terminal que ya no está para guerras ni paces, voz atrabiliaria, modos cortesanos, pelo blanco imperfecto peinado así, hacia atrás –hacia el pasado- parece una excepción en medio de tanta importancia. Publica esporádica y teológicamente cosas mínimas, casi irreconocibles pero imprescindibles, y así nos enseña sin decirlo que la alta poesía no suele estar en las Academias ni en las listas de ventas: es otra cosa la jerarquía del espíritu.
Dentro de la nómina de los poetas que nunca fueron mendigos ni quisieron comenzar por el final; entre los que atesoran su normalidad inteligente con vocación de absoluto y su preferencia por las braguitas rojas figura el nombre poco pronunciado de este poeta, de este quijote vestido de paisano, de esta eterna nota a pie de página que merece el homenaje de los niños, de la inocencia, y por eso los Maristas han acertado de lleno.
Ahora leo sus poemas publicados en colecciones minoritarias y siento que, mientras lo hago, él está convirtiendo su elección en victoria: “que sea feliz llorando/ hasta oxidar el propio candado de mi cárcel”.
Cada vez estoy más convencido de que los poetas injustamente tratados, ahora que nuestro mundo elitista se nos está yendo de las manos, atesoran lo poco que sabemos de nosotros, lo poco que merecerá la pena recordar. Por eso leer a poetas como éste se parece a volver al futuro.
Entonces, en el futuro, se dirá que de entre los dulcemente fracasados, los que jamás persiguieron el éxito, los que no se vendieron ni torcieron se encontraba este hombre metafórico, este poeta visionario como todo vendedor de bombillas…. ¡Gracias por tu ejemplo!
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