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Chencho, dile a la muerte que la odio

Chencho siempre me miraba de una forma que no sé si merezco. Y como soy consciente de que, como bien dice Enrique López, su principal cualidad era la de saber reconocer el talento, ahora siento un escalofrío al recordar esa dorada mirada suya de whisky con agua y hielo, de fotografía de Robert Kappa, de tarde que va eternizando la belleza de la luz sobre esta ciudad en blanco y negro ensimismada y lenta…. El periodismo ha pedido a un columnista veraz, valiente y muy bien informado, los amigos hemos perdido mucho, su familia lo ha perdido casi todo.
Y sin embargo ahora, aunque pueda parecer que la tristeza es un sombrero gris que a los poetas nos queda bien, yo he querido no estar triste ni siquiera en el desolador tanatorio pues, lo digo desde lo más profundo de mi vulnerable corazón, en la galería de mis emociones y recuerdos asociados a Chencho, por encima de la tristeza de su muerte, está sobretodo su generosidad a raudales, su condición de gozador de la vida, el sentido de la amistad ése suyo tan resplandeciente y un ejemplar sentido del deber nada frecuente: todo unido conforma la imagen de un hombre con luces y sombras, con defectos y grandes virtudes, cuya historia personal da mucho que pensar pues bien parece una metáfora de la condición humana, sí, y también un espejo de quienes, diciéndose de izquierdas, olvidaron la imprescindible función del agradecimiento, tan asociado a la verdadera ideología y a la humanidad.
Pero, aunque no se puede recoger lo derramado, el recuerdo no es algo que hemos perdido sino algo que tenemos. Y por eso me sumo a lo que decían David Ordóñez, Germán Prieto y Cesáreo González al testimoniar así, como escribiendo en la piedra, que disfrutar de la amistad de Chencho ha sido uno de esos placeres que hacen de la vida algo a medio camino entre la fiesta, la alabanza y la promesa. Chencho cantó borracho en mi boda junto a Antonio Gamoneda porque quien no es feliz pero sabe compartir la felicidad no lo tiene todo perdido. Sí, cantaron borrachos… Entonces yo pensé que ese coro de borrachos debería dirigir la revolución que a esta ciudad tanta falta le hace, pero bueno, sólo eran sueños… A Chencho le gustaban los libros en los que los sueños podían ser reales.
Ahora queda su condición de fabricante de compañerismo y de alegría, el decidido hedonismo que se lleva por delante, su profesionalidad periodística casi quijotesca –el estrés que conlleva ese oficio entendido así y la falta de verdadero reconocimiento acabó, en mi opinión, poniendo en jaque su identidad- y nos queda negro sobre blanco su balcón del pueblo que le hizo pregonero político de esta ciudad nuestra que, así nos va, lamentablemente siempre prefiere a los pícaros antes que a los quijotes.
Aún así Chencho, escritor y personaje, hombre duro como el mango de un hacha en lo que tiene que ver con los afectos, pero a la vez persona certera y exacta al manejar sus elocuentes silencios, es ya un nombre asociado a un hombre que hizo lo que creyó que tenía que hacer. ¡No es poco!
Al menos a mí me queda el orgullo de saber que, aunque ahora escribo esto que él ya nunca leerá, sí le dije antes casi todo lo que le tenía que decir sobre lo mucho que le apreciaba y estimaba como el digno luchador y el generador de libertad que fue; que es…
Por eso ahora, como despedida, no quiero escribir un mensaje sino más bien un recado: querido Chencho, dile a la muerte que la odio.

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