A Alfredo.
Pidiendo misericordia en esquinas frecuentadas
sin soltar de la mano su maleta de piel roja,
malversando,
balbuceando gloria,
haciendo arabescos con la cabeza alta
después de que el éxito le arrojara sin ambages
al pavimento paria,
sobreactuando,
maldiciendo,
intentando condensar el tiempo que tenía
como cuando era niño, y vio por fin el mar,
y arrojó en él entonces su pecera vacía,
sabio,
solo,
acelerando a ciegas
mientras alguien pateaba la ciudad
buscando un ataúd de su talla,
laico,
loco,
llorando como una cuba llena,
riendo igual que medio tomate a la mitad,
mirando una navaja barbera ante el espejo de mi baño
o avanzando descalzo por la existencia, sí, colina arriba
con ánimo de noria y ese abrigo de tristeza
que multiplica todo invierno clínico,
displicente,
divisible,
sin Dios,
digno,
cazador furtivo de la suerte,
reincidente,
resignado
conocí entonces a aquel tipo extravagante
perdido en el bosque de sí mismo.
Y me miró.
Y se infiltró en mi alma.
Y
yo le di mucha lástima de pronto.
Por eso en su presencia me emborraché sin ganas
como empozando el vino.
Nos sujetamos mutuamente la estima, la vida
porque al llegar al límite
acerca, engarza y gasta el sufrimiento explícito.
Recordarle ahora implica emocionarse,
levantarse,
saludar militarmente al cielo metafórico…
¿Dónde estás? ¿Cuándo? ¿Cómo?
Preguntas que el eco nos devuelve
es la poesía;
soliloquios.
Que este poema tardío con olfato de perro
te encuentre,
amigo.
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