Habla con acento británico y tono de teórico de revoluciones. Viste mal pero le queda bien. O no mal, diferente. "Bohemio" -dicen algunas- a juego con su piel. Con su luz. Con esos ojos poliédricos que nunca parecen estar mirando a nada de lo que tiene delante. Y es que ciertamente va por ahí algo desgarbado, pero conserva el porte señorial de quien alguna vez llevó un frac. ¿O era un chaqué? ¿O un smoking?... Bueno, el caso es que se le nota que en una ocasión fue a la fiesta vestido de pingüino.
Sí, posee algo de la perspicacia sobrecogedora de Carlos Castaneda, y el misticismo panteísta de Leonard Cohen, y mucho de la libertad mental de Alejandro Jodorowsky, y la ternura de mi abuela Margarita, sí. Y tiene también esa imaginación exigente del Cristo unida a la proverbial mala suerte de quien no vive aprisionado por lo que otros quieren que sea… Ya saben: hablo de ese irlandés iconoclasta que, aquí en León, va de bar en bar a horas esotéricas contando historias que parecen parábolas y parecen verdad. Sí, ése, el carismático derrotado que ha logrado elevar sobremanera su nivel de conciencia sin dejar atrás al mundo y por eso escucha a la gente y soluciona problemas emocionales sin que el paciente lo note. Ése; es ése.
Para Donal Savage el mundo es una especie de puente de tablas por el que avanza así, despacio, fijándose en las personas y silbando baladas celtas como repleto de quietud. No tiene reloj pero sí tiempo. Conoce todos los locales que no cierran nunca -sólo abren-. Y camina integrándolo todo en su paseo mientras colecciona rostros y auras de mujer. Es antiguo si ser caballeroso es algo antiguo, y es eterno si ser anacrónico implica ser eterno. Posee la hondura simbólica de quien es capaz de subirse a beber con una amiga a una azotea porque dice que allí los aviones pasan tan cerca de la gente que parecen deseos. Y es que es un borracho con clase, claro. Por eso puede mofarse de todo y contagiarnos demostrando que la risa es el instante en el que la mente encuentra una solución.
Pero ahora ha aprendido a destilar la soledad y por eso rehúsa enamorarse para no volver a sentirse prescindible, aunque con su singularidad y su brillante vitalismo resulta un partido atrayente para las locas de la vida, tan abundantes por cierto en esta sorprendente ciudad. Pese a todo Donal aún se encapricha a veces de mujeres-vampiro sin razón lógica pero con pasión mágica, estética y efímera. ¡Ah, qué emocionante la vida emocional!
Huye de los convencionalismos -asumiendo el sufrimiento que eso conlleva- consciente de que las dificultades bien encaradas rejuvenecen. Y es que trabajó en Irlanda como economista y recuerda que para no pecar de tristeza laboral hay que llevar lo de que se usa el cerebro en secreto. También fue profesor, y aún lo es: enseña inglés por libre mientras instruye en el arte de la alegría demostrando así que el mundo sigue loco.
Ah, alguien, acaso él mismo, me dijo que Donal una vez fue al psicólogo porque creía que todos los terapeutas psíquicos estudiaban argentino en la universidad. De hecho durante algún tiempo pensó que Mario Benedetti era psicólogo, aunque más tarde se dio cuenta de que no; que era uruguayo. Sí, ahora sólo cree en la risa y por eso adora el teatro, los mítines políticos y otras fiestas propicias para transformarse. “Lo mejor de León es el Martes de Carnaval”, me asegura. Antes siempre se disfrazaba... Un año iba de puta... O acaso fue año y medio.
Sé que a primera vista parece sólo una versión posmoderna del Ulises de Joyce, pero les aseguro que tendrán suerte si cualquier día se lo encuentran. Cuesta localizarle pero cuando lo logren tengan en cuenta que pueden contar con Donal para reírse de todo, para que les escuche sin juzgarles, para que les ilumine o para llorar un lunes, sí. Pero sepan al despedirle que no sabe dónde dormirá, ni si se despertará. Lo único seguro es que esa noche eyaculará estrellas de todos los colores...
Supongo que pronto los distribuidores de camisas de fuerza lo tomarán como rehén para que, en esta ciudad, todo siga como siempre.
Sí, posee algo de la perspicacia sobrecogedora de Carlos Castaneda, y el misticismo panteísta de Leonard Cohen, y mucho de la libertad mental de Alejandro Jodorowsky, y la ternura de mi abuela Margarita, sí. Y tiene también esa imaginación exigente del Cristo unida a la proverbial mala suerte de quien no vive aprisionado por lo que otros quieren que sea… Ya saben: hablo de ese irlandés iconoclasta que, aquí en León, va de bar en bar a horas esotéricas contando historias que parecen parábolas y parecen verdad. Sí, ése, el carismático derrotado que ha logrado elevar sobremanera su nivel de conciencia sin dejar atrás al mundo y por eso escucha a la gente y soluciona problemas emocionales sin que el paciente lo note. Ése; es ése.
Para Donal Savage el mundo es una especie de puente de tablas por el que avanza así, despacio, fijándose en las personas y silbando baladas celtas como repleto de quietud. No tiene reloj pero sí tiempo. Conoce todos los locales que no cierran nunca -sólo abren-. Y camina integrándolo todo en su paseo mientras colecciona rostros y auras de mujer. Es antiguo si ser caballeroso es algo antiguo, y es eterno si ser anacrónico implica ser eterno. Posee la hondura simbólica de quien es capaz de subirse a beber con una amiga a una azotea porque dice que allí los aviones pasan tan cerca de la gente que parecen deseos. Y es que es un borracho con clase, claro. Por eso puede mofarse de todo y contagiarnos demostrando que la risa es el instante en el que la mente encuentra una solución.
Pero ahora ha aprendido a destilar la soledad y por eso rehúsa enamorarse para no volver a sentirse prescindible, aunque con su singularidad y su brillante vitalismo resulta un partido atrayente para las locas de la vida, tan abundantes por cierto en esta sorprendente ciudad. Pese a todo Donal aún se encapricha a veces de mujeres-vampiro sin razón lógica pero con pasión mágica, estética y efímera. ¡Ah, qué emocionante la vida emocional!
Huye de los convencionalismos -asumiendo el sufrimiento que eso conlleva- consciente de que las dificultades bien encaradas rejuvenecen. Y es que trabajó en Irlanda como economista y recuerda que para no pecar de tristeza laboral hay que llevar lo de que se usa el cerebro en secreto. También fue profesor, y aún lo es: enseña inglés por libre mientras instruye en el arte de la alegría demostrando así que el mundo sigue loco.
Ah, alguien, acaso él mismo, me dijo que Donal una vez fue al psicólogo porque creía que todos los terapeutas psíquicos estudiaban argentino en la universidad. De hecho durante algún tiempo pensó que Mario Benedetti era psicólogo, aunque más tarde se dio cuenta de que no; que era uruguayo. Sí, ahora sólo cree en la risa y por eso adora el teatro, los mítines políticos y otras fiestas propicias para transformarse. “Lo mejor de León es el Martes de Carnaval”, me asegura. Antes siempre se disfrazaba... Un año iba de puta... O acaso fue año y medio.
Sé que a primera vista parece sólo una versión posmoderna del Ulises de Joyce, pero les aseguro que tendrán suerte si cualquier día se lo encuentran. Cuesta localizarle pero cuando lo logren tengan en cuenta que pueden contar con Donal para reírse de todo, para que les escuche sin juzgarles, para que les ilumine o para llorar un lunes, sí. Pero sepan al despedirle que no sabe dónde dormirá, ni si se despertará. Lo único seguro es que esa noche eyaculará estrellas de todos los colores...
Supongo que pronto los distribuidores de camisas de fuerza lo tomarán como rehén para que, en esta ciudad, todo siga como siempre.
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