Acababa de terminar el funeral de mi padre y, cuando entre lágrimas y silencio nos disponíamos a irnos, escuchamos con espeluznante nitidez cómo sonaba dentro del ataúd su teléfono móvil. ¿Has oído eso? ¡No puede ser! Calla, calla… Todos los asistentes al sepelio, excepto los duros de oído y los empleados de su misma empresa que estaban allí por compromiso, en ese momento nos asomamos a la tumba como si ésta fuera un pozo con tiburones aunque nadie se atrevía a decir nada para no interrumpir el insistente sonido telefónico. Un tono, dos, tres, cuatro… Tras el quinto él lo cogió.
-¿Quién es? –le oímos preguntar a mi padre desde dentro de la caja mortuoria mientras en picado mirábamos a la tumba abierta con incredulidad e inconfesable miedo.
Los sonidos del sepulturero afeminado y su ayudante -por favor, dejen paso, apártense de ahí un momentito, sí, usted también, dejen paso…- al disponerse a sellar la tumba interrumpieron la conversación.
-Rápido que va a empezar a llover –alegó con tono rayano en la impertinencia el ayudante mientras nos apuntaba con su pronunciada barriga de años de garbanzos con panceta y callos.
-Esperen un momento –suplicó mi madre.
-No es posible, mi amor, compréndalo –replicó el sepulturero sin dejar de caminar con las maneras y el paso dúctil y repleto de contoneos de todo hombre que bajo los pantalones parece llevar braguitas en vez de calzoncillos.
-Señora, que a nosotros nos pagan por cada tumba que tapamos y tenemos otras cuatro de tarea para antes de que acabe la mañana, objetó de nuevo el ayudante con la autoconfianza que le otorgaba su obesidad mórbida.
Colocar la lápida entonces significó interrumpir drásticamente la conversación. Sí, colocar la lápida fue mandar callar.
Mientras abismados en siniestros pensamientos los familiares cercanos nos alejábamos con rumbo a nuestros automóviles respectivos mascábamos un silencio denso como puré de patatas y rumiábamos también cierto dolor que estaba dejando de ser colectivo. Sin embargo ninguno de nosotros se atrevió a hablar de lo que acabábamos de oír como por miedo a que no hubiera sido una alucinación acústica producida por el sufrimiento. Sí, nos fuimos a casa sin decir nada como si el silencio pudiera borrar lo que no estábamos seguros de que fuera; lo que en realidad no podía ser.
Esa noche me metí en la cama intentando olvidarme de todo y por eso empecé a leer un libro que había comprado en San Marcelo, en la Feria del Libro -2001, una odisea en el espacio era su título- pero no fue el dolor lo que me impidió leer sino una especie de signo de interrogación con sonido continuo que me taladraba la cabeza. Cerré el libro pero ese pitido interno no me dejaba dormir.
De entre todas las ideas locas que hacían patinaje por mi corteza cerebral decidí escoger la primera. ¡Por supuesto que tenía que hacerlo! De hecho sabía que era el único alivio posible para mi desasosegante curiosidad, pero no era fácil. Una repetición orquestada de tics empezaron a desaburrirme el rostro. No, por supuesto que no me atrevía a llamarle por teléfono... Pero de pronto se me ocurrió al menos levantarme y escribir un mensaje sms en mi teléfono móvil. Un mensaje cuyo texto decía: “Papá, ¿te hemos enterrado vivo?”, el cual envié inmediatamente a mi padre sintiéndome al hacerlo tan liberado y estúpido como quien le pregunta por el futuro a un oráculo. Mi corazón tomó ritmo de tambor tribal. Cada pensamiento se me iba de nuevo encadenando al siguiente como eslabones de una cadena. Tengo que calmarme, intentar superarlo y dejar de hacer tonterías...
Al poco llegó a mi teléfono un mensaje sms. Era de mi padre. En él leí simplemente la palabra “No”.
Aquella respuesta tan tecnológica como esotérica introdujo dentro de mí el mismo miedo de quien acabara de ver en su habitación a un ciego con dos pistolas. Arrojé el teléfono sobre la alfombra, me metí de nuevo en la cama, introduje la cabeza debajo de las mantas y cerré los ojos como intentando olvidarme de todo por la fuerza, pero aquella burda estrategia no funcionó. Quince minutos, treinta, cuarenta, cincuenta. Oh, aquello había sido para mí como una transfusión de café solo, y por eso una hora después seguía totalmente despierto.
Me armé de valor, encendí la luz, salí de la cama y, aunque sabía que era de locos, le llamé por fin para calmar el torrente de mis pensamientos tóxicos y quedarme así tranquilo. Mientras sonaba, cada tono era otra punzada más dentro de mi pecho: uno, dos… La expectación era asfixiante… Tres… Me sentía desconcertado y ridículo… Cuatro… Tengo que volver al psicólogo porque la muerte de papá me ha trastornado y estoy ya hasta perdiendo la razón…Al sonar el quinto tono él contestó:
-Hola, hijo. ¿Cómo estás?
-¡Papá! ¿Cómo estás tú?, acerté a decir con voz de falsete y casi sin aliento mientras comenzaba a sentir un dolor expansivo, falsamente psicosomático y con poca pinta de benigno en la región cardiopulmonar.
-Estoy bien, no te preocupes por mí. Créeme si te digo que todo está mejor ahora… Perdóname, hijo, pero tengo que dejarte porque se me está acabando la batería. Tú vive…
-¡Papá!
-Te quiero, hijo. Vive…
Pipipipipipiiiiii
Tardé diez años de terapia en sobreponerme a la cara de bacalao que se me quedó desde entonces, y doce en atreverme a contarle a mi madre lo del teléfono móvil y la conversación con papá. Pero lo que me asombró profundamente es la tranquilizadora naturalidad con la que ella me escuchó, y la ternura con la que me abrazó después:
-Eres un chico con suerte. Siempre lo fuiste, y ahora lo sigues siendo, por eso eras su favorito. Y tal vez por eso fuiste el único de la familia que pudo despedirse de tu padre.
-¿De verdad? –pregunté sorprendido. Y luego, aún más inquieto, mientras arqueaba las cejas con severidad pregunté: ¿Qué quieres decir con eso?
-Sí, hijo, ¿qué te crees? Por supuesto que todos le llamamos esa noche aunque no conseguimos contactar con él. Creímos que era falso, que no habíamos oído lo que oímos, y por eso lo dejamos correr pero nadie pensó en la posibilidad de que no nos contestara porque se le hubiera terminado la batería… Uff, no sabes cuánto he sufrido pensando en lo mismo que tú, en si sería verdad, en si le habríamos enterrado vivo...
-No, mamá, estaba muerto, exclamé con una seguridad que me sorprendió a mí mismo.
-Lo sé. Él te llamó para eso, para que supieras que estaba muerto y estaba bien, y para que lo supiéramos todos…
Sí, digan lo que digan la cobertura llega hasta el más allá. ¡Yo lo sé! Por eso ahora cada vez que recibo un sms pienso en si existirá de verdad el ser supremo; en cuál será su número directo o el de su secretaria…
Lo he dejado escrito en mi testamento: que se queden con todas mis otras posesiones pero a mí que me entierren con mi teléfono móvil igual que a un faraón.
-¿Quién es? –le oímos preguntar a mi padre desde dentro de la caja mortuoria mientras en picado mirábamos a la tumba abierta con incredulidad e inconfesable miedo.
Los sonidos del sepulturero afeminado y su ayudante -por favor, dejen paso, apártense de ahí un momentito, sí, usted también, dejen paso…- al disponerse a sellar la tumba interrumpieron la conversación.
-Rápido que va a empezar a llover –alegó con tono rayano en la impertinencia el ayudante mientras nos apuntaba con su pronunciada barriga de años de garbanzos con panceta y callos.
-Esperen un momento –suplicó mi madre.
-No es posible, mi amor, compréndalo –replicó el sepulturero sin dejar de caminar con las maneras y el paso dúctil y repleto de contoneos de todo hombre que bajo los pantalones parece llevar braguitas en vez de calzoncillos.
-Señora, que a nosotros nos pagan por cada tumba que tapamos y tenemos otras cuatro de tarea para antes de que acabe la mañana, objetó de nuevo el ayudante con la autoconfianza que le otorgaba su obesidad mórbida.
Colocar la lápida entonces significó interrumpir drásticamente la conversación. Sí, colocar la lápida fue mandar callar.
Mientras abismados en siniestros pensamientos los familiares cercanos nos alejábamos con rumbo a nuestros automóviles respectivos mascábamos un silencio denso como puré de patatas y rumiábamos también cierto dolor que estaba dejando de ser colectivo. Sin embargo ninguno de nosotros se atrevió a hablar de lo que acabábamos de oír como por miedo a que no hubiera sido una alucinación acústica producida por el sufrimiento. Sí, nos fuimos a casa sin decir nada como si el silencio pudiera borrar lo que no estábamos seguros de que fuera; lo que en realidad no podía ser.
Esa noche me metí en la cama intentando olvidarme de todo y por eso empecé a leer un libro que había comprado en San Marcelo, en la Feria del Libro -2001, una odisea en el espacio era su título- pero no fue el dolor lo que me impidió leer sino una especie de signo de interrogación con sonido continuo que me taladraba la cabeza. Cerré el libro pero ese pitido interno no me dejaba dormir.
De entre todas las ideas locas que hacían patinaje por mi corteza cerebral decidí escoger la primera. ¡Por supuesto que tenía que hacerlo! De hecho sabía que era el único alivio posible para mi desasosegante curiosidad, pero no era fácil. Una repetición orquestada de tics empezaron a desaburrirme el rostro. No, por supuesto que no me atrevía a llamarle por teléfono... Pero de pronto se me ocurrió al menos levantarme y escribir un mensaje sms en mi teléfono móvil. Un mensaje cuyo texto decía: “Papá, ¿te hemos enterrado vivo?”, el cual envié inmediatamente a mi padre sintiéndome al hacerlo tan liberado y estúpido como quien le pregunta por el futuro a un oráculo. Mi corazón tomó ritmo de tambor tribal. Cada pensamiento se me iba de nuevo encadenando al siguiente como eslabones de una cadena. Tengo que calmarme, intentar superarlo y dejar de hacer tonterías...
Al poco llegó a mi teléfono un mensaje sms. Era de mi padre. En él leí simplemente la palabra “No”.
Aquella respuesta tan tecnológica como esotérica introdujo dentro de mí el mismo miedo de quien acabara de ver en su habitación a un ciego con dos pistolas. Arrojé el teléfono sobre la alfombra, me metí de nuevo en la cama, introduje la cabeza debajo de las mantas y cerré los ojos como intentando olvidarme de todo por la fuerza, pero aquella burda estrategia no funcionó. Quince minutos, treinta, cuarenta, cincuenta. Oh, aquello había sido para mí como una transfusión de café solo, y por eso una hora después seguía totalmente despierto.
Me armé de valor, encendí la luz, salí de la cama y, aunque sabía que era de locos, le llamé por fin para calmar el torrente de mis pensamientos tóxicos y quedarme así tranquilo. Mientras sonaba, cada tono era otra punzada más dentro de mi pecho: uno, dos… La expectación era asfixiante… Tres… Me sentía desconcertado y ridículo… Cuatro… Tengo que volver al psicólogo porque la muerte de papá me ha trastornado y estoy ya hasta perdiendo la razón…Al sonar el quinto tono él contestó:
-Hola, hijo. ¿Cómo estás?
-¡Papá! ¿Cómo estás tú?, acerté a decir con voz de falsete y casi sin aliento mientras comenzaba a sentir un dolor expansivo, falsamente psicosomático y con poca pinta de benigno en la región cardiopulmonar.
-Estoy bien, no te preocupes por mí. Créeme si te digo que todo está mejor ahora… Perdóname, hijo, pero tengo que dejarte porque se me está acabando la batería. Tú vive…
-¡Papá!
-Te quiero, hijo. Vive…
Pipipipipipiiiiii
Tardé diez años de terapia en sobreponerme a la cara de bacalao que se me quedó desde entonces, y doce en atreverme a contarle a mi madre lo del teléfono móvil y la conversación con papá. Pero lo que me asombró profundamente es la tranquilizadora naturalidad con la que ella me escuchó, y la ternura con la que me abrazó después:
-Eres un chico con suerte. Siempre lo fuiste, y ahora lo sigues siendo, por eso eras su favorito. Y tal vez por eso fuiste el único de la familia que pudo despedirse de tu padre.
-¿De verdad? –pregunté sorprendido. Y luego, aún más inquieto, mientras arqueaba las cejas con severidad pregunté: ¿Qué quieres decir con eso?
-Sí, hijo, ¿qué te crees? Por supuesto que todos le llamamos esa noche aunque no conseguimos contactar con él. Creímos que era falso, que no habíamos oído lo que oímos, y por eso lo dejamos correr pero nadie pensó en la posibilidad de que no nos contestara porque se le hubiera terminado la batería… Uff, no sabes cuánto he sufrido pensando en lo mismo que tú, en si sería verdad, en si le habríamos enterrado vivo...
-No, mamá, estaba muerto, exclamé con una seguridad que me sorprendió a mí mismo.
-Lo sé. Él te llamó para eso, para que supieras que estaba muerto y estaba bien, y para que lo supiéramos todos…
Sí, digan lo que digan la cobertura llega hasta el más allá. ¡Yo lo sé! Por eso ahora cada vez que recibo un sms pienso en si existirá de verdad el ser supremo; en cuál será su número directo o el de su secretaria…
Lo he dejado escrito en mi testamento: que se queden con todas mis otras posesiones pero a mí que me entierren con mi teléfono móvil igual que a un faraón.
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