mientras la lluvia parece el bombardeo
con el que el firmamento subraya su presencia.
Reviso
esta honda inmensidad.
Alguien creyó que aquí acababa todo
pero he venido hoy desafiando al clima
-bella injuria grisácea o motín en pleno cielo-
a un lugar donde todo invita ahora a tachar
esos poemas que ponen la muerte en un microscopio.
Y grito
como la rabia eléctrica que estructura las tormentas.
Cuesta creer que pueda acabarse
la tierra firme del amor abrigo
al avistar gaviotas planeando
con una facilidad natural, fundamental,
que abajo niega este abismo de belleza adictiva.
¿El fin son las guadañas verticales
de todo contemplado precipio rocoso?
Finisterre es una emoción porque al recalar en este fin del mundo conocido como un peregrino exangüe al que le gustaría creer menos en los caminos cortados que en el más allá tomé una perspectiva límite para absorber vivencias y atreverme a saber que hay un tumor en un panal de miel que mengua el infinito sí que el obsesivo cáncer que invade los departamentos del cuerpo de la abuela es su forma severa penúltima humanísima
de contradecir
a la eternidad.
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