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Universo de locos

La palabra verano está pegada a la palabra turismo como esas siamesas indias unidas por el sobaco a las que finalmente, tras un cónclave médico mundial, no hubo modo de separar. Se viaja en verano para descansar o para conocer –que es descansar de lo de siempre- y por eso se están poniendo de moda los viajes caros a lugares exóticos. Sí, viajes organizados al decimotercer mundo; cruceros mediante los que recorrer diez continentes en seis días y cuarto para acabar concluyendo que no hay nada como lo nuestro; viajes de gente que vive como quien camina en círculos; visitas guiadas a sitios donde no hay nada pero alguien dice que hubo algo y, como guinda del pastel, Miribel, ahora la NASA subcontrata por 45 millones de dólares un viaje orbital con paseito incluido por la Estación Espacial Internacional.
Por si hay millonarios aburridos entre ustedes, la información que esta semana publicaba la prensa era ésta: “Los turistas que viajen a la Estación Espacial Internacional (EEI) y que quieran salir al espacio exterior tendrán que desembolsar 15 millones de dólares adicionales por la experiencia, según anunció hoy la compañía Space Adventures, que gestiona el turismo espacial. Un portavoz de la sede de esa empresa en Moscú dijo a la agencia Interfax que la tarifa de la caminata espacial turística ya fue acordada con Roscosmos, la agencia espacial rusa. El precio total de 45 millones de dólares incluye la confección y envío a la EEI de la escafandra individual que utilizará el turista en su paseo, en el que será acompañado por un cosmonauta profesional. Además, el turista deberá realizar un curso especial de preparación en el Centro de Adiestramiento de Cosmonautas”.
Pero no se crean que no hay demanda. Más bien sigan horrorizándose o acumulando envidia, según prefieran, pues ya ha habido quien, ignorando la existencia en este mundo del hambre y constatando que la estupidez es la peste contagiosa de nuestra época, ha pagado ese pastón. De hecho el primer turista espacial de la historia fue un multimillonario californiano con sombrero vaquero y todo, Dennis Tito, cuyo ejemplo siguió en 2002 cierto sudafricano llamado Marc Shuttleworth quien realizó, a bordo de la EEI, algunas pruebas científicas con su quimijuego. El tercero fue el millonario norteamericano Gregory Olsen que, como tenía rabia dentro porque su hijo pequeño no le dejaba los juguetes, dedicó su estancia espacial a desarrollar experimentos de óptica y cristalografía con equipos fabricados por su empresa. A esos tres “filántropos” les siguió la millonaria iraní Anousha Ansari que, con su aventura vacacional, marcó un récord al permanecer, aburrida como una ostra dentro de un frigo, once días en la EEI en septiembre 2006. ¡Suponemos que al menos era aficionada al yoga!
Si ustedes tienen toda esa solvencia económica no duden en apuntarse al carro espacial y sacarnos a todos una foto desde allí. Si no, les recomiendo la lectura de la novela más imaginativa que he leído nunca, HACEDOR DE ESTRELLAS de Olaf Stapledon (Editorial Minotauro), que trata sobre un padre de familia que vuela mediante la imaginación desde el porche de su casa hasta salir de la atmósfera terrestre, merodea por la vía láctea, por nuestra galaxia, por el resto de galaxias, y descubre y nos enseña el aspecto y el sentido de todo el universo e incluso llega al final del mismo y se encuentra allí cara a cara con el hacedor de las estrellas…
Viajar es caro pero empezar a leer libros de ciencia ficción en el cuarto de baño tiene un precio asequible.

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