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Echo de menos a Groucho

Ha sido ésta, con la muerte de Bergman y Antonioni, una semana negra para el mundo del cine. Y a mí me ha dado por pensar por eso en algo que cuenta Groucho Marx en sus memorias. Siendo ya anciano, cuando un día caminaba por nueva York, una señora se le acercó y le dijo al oído: “Por favor, no se muera usted nunca…”.
Sí, todos nos quedamos un poco huérfanos cuando se mueren los grandes pero esta vez, recordando El Séptimo Sello y El Desierto Rojo, tras conocer la noticia de la muerte de estos dos genios del cine serio y trascendente me han dado ganas de reírme. Oh, cuánto echo de menos a Groucho.
Y es que, para reírse de la muerte, todos los días se podría conmemorar el nacimiento de Groucho Marx y su llegada a los altares o su definitiva ascensión a los infiernos. Faltan hojas en el almanaque para conmemorar su paso y su pasada por este planeta; esa estancia efímera pero eterna.
Hay que ser verdaderamente un genio para especializarse con éxito en el humor del absurdo, para hacer reír sin hacer el ridículo, para regalar antídotos contra el llanto que a veces son más valiosos que las hogazas de pan. Ver Sopa de ganso con carcajadas de pianola o de carraca vieja se nos antoja ahora como otra forma de imaginar la casa de locos en la que debieron crecer esos seis hermanos; el hogar anarquista de la infancia donde se intuye a una madre judía con la batuta rota y a un hombre en excedencia de paternidad. Así más o menos lo cuenta su pseudobiógrafo en un libro titulado Groucho y yo, y así lo omite y lo explica el propio Groucho al no hablar casi sobre esa etapa vital en la delirante autobiografía titulada Memorias de un amante sarnoso.
Antonioni, con su cine, puso voz al silencio y Bergman dio hondura al melodrama pero Groucho Marx nos enseña, en medio del duelo, la grandeza de la comedia porque su humor no resulta un fin en si mismo sino un medio; no otra expresión de la frivolidad sino un modo alternativo de lucidez. Antonioni nos enseña a mirar y Bergman nos invita a pensar pero Groucho nos hace reír y nos abre ventanas, enciende luces, presta alas, pinta bigotes en los retratos de los dictadores e incluso en el rostro facha de la muerte. Vuelvan a ver Una tarde en las carreras, y verán.
El siglo veinte tiene sus mitos fílmicos, y las necrológicas han devuelto al candelero a dos: un sabio sueco de vida desgraciada y cine denso con cierto regusto de tragedia griega –Bergman- y Antonioni, sufridor en silla de ruedas, neorrealista italiano con su mirada nueva y distinta sobre la ciudad. Pero, perdonen la irreverencia, encaramos mejor su muerte recordando a Groucho, el bigote de Groucho, la levita desgastada, en la boca un habano que nunca fuma del todo porque, como nos enseñó Michael Ende en Momo, al terminar el puro se acaba el tiempo y llega la muerte.
El aura de Groucho y toda la obra de Bergman y Antonioni relucen en cualquier filmoteca como una herradura de plata. Pasarán los años, las estanterías se irán llenando hasta la saciedad, pero el espacio que ocupan esas películas míticas seguirá lleno de cierta luz eterna, pues ni siquiera el tiempo puede desgastar el cine clásico, electrizante; el cine universal.
Groucho histriónico y poliédrico, febril y contagioso, fue un médico del alma que haciéndonos reír nos demostró que sabía de la vida, y esa sabiduría resulta patrimonio tan sólo de los grandes. Y lo mismo esos dos sufridores, uno italiano, otro sueco, ambos con el don de saber extraer verdades de la tristeza. Sí, sea mediante la tragedia o la comedia lo cierto es que hay algunos seres humanos que tienen respuestas.
En fin, ahora, despidiendo a Bergman y a Antonioni con una lágrima en la comisura de los ojos, uno recuerda sin ganas aquel epitafio conocido: “perdonen que no me levante a saludar”.

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