Kadul
Ocurre, pues, que uno perdona su propio destino, se instala en él, acepta su excepción en la desgracia, su desgracia en la excepción, y llora a solas mientras se peina en el espejo todo el pelo hacia delante, hacia el futuro… Como quien redacta una carta de protesta a Dios empiezo escribiendo esto al conocer la historia demasiado realista de Kadul, joven guapo y moreno de noche y de desierto, conspicuo, bueno, fuerte y como salido de un cuento de Las Mil y Una Noches.
Kadul, con ojos color carne de aceituna, nació en ese espacio de nadie que es el Sáhara y tuvo el comienzo duro de todas las historias de supervivencia: finalmente llegó enfermo a España con seis años y sintió la suerte cerca al ser acogido por una madre con muchas ganas de amar, sí, y por eso en ese punto debería empezar su historia, pero no es así.
Ahora Kadul, tras tanto mirar hacia delante, acaba de mirar por una vez atrás como la madre de Lot descubriendo así que sus padres biológicos viven también en España pero de espaldas a él, y ha descubierto de verdad que tiene un pasado, y unas raíces, y el peso de una culpa que no es suya…
Kadul, que acaba de graduarse y va a ser el primer saharaui, creo, que estudie en la universidad, se ha graduado también en el dolor aunque ahora mira a su madre real y así se llena de presente, de cariño, de futuro –quién sabría decirle si lo suyo ha sido suerte, si está bendecido por los dioses o se ha vuelto el objeto de su misericordia-. Sí, Kadul tiene, en la foto de grupo de su graduación, una luz en la mirada que le hace más atractivo: es la luz especial de quien ha descubierto antes que nadie que la vida es un poema improvisado al que le ponemos música. Vivir es llevar el ritmo. Lo que no nos mata nos fortalece.
Son demasiadas emociones juntas esta temporada, por supuesto, pero Kadul, con el perfume de la juventud prometedora en torno suyo, ahora respira hondo y no trata de poner en orden nada sino sólo camina, vive, actúa, al dictado del corazón. Por eso su historia nos revisa el corazón a nosotros y nos hermana humanamente con la amplitud del mundo en estos tiempos nuestros en los que, a causa de los movimientos migratorios, se hace más evidente que nunca la diversidad. De hecho Kadul se erige hoy en resumen de muchas otras historias que vienen de lejos y que luchan también por tener un buen final, sí, y aunque él sea eso, también es mucho más: poca gente hay tan admirable como quien en la adversidad sabe aprender grandeza y luego, en los buenos tiempos, no odia, no necesita odiar, no quiere odiar sino sólo responder a la suerte con aprecio y agradecimiento. Admiro a quien sabe tener suerte y mala suerte.
Por eso ahora, desde aquí, aunque el suyo parece un retrato con lluvia y guerra al fondo, yo más bien veo su historia, esa historia épica y real al mismo tiempo, como una historia de amor. ¡Hay tanto amor en sus maneras, en su aura, en esa forma de asumir el pasado y acercarse a quien le quiere como quien abraza en medio del invierno para compartir calor!
Ciertamente existe algo invisible pero perceptible en aquellos que han sido educados por amor y con amor. Sí, existe algo muy profundo dentro de Kadul que le hace parecido a quien ha sido su madre por vocación, por ilusión, por dedicación... El amor que acentúa las razones. El amor que reestructura la adversidad. El amor que da sentido a las historias y hace que, pasado el tiempo, sigan significando algo.
Hoy por eso, con orgullo de amigo, quiero sumarme mediante esto que escribo a la alegría de su madre en el día de la graduación al tiempo que me quito el sombrero, ese sombrero elegante de terciopelo negro que jamás he llevado, celebrando y admirando su entereza y su esfuerzo...
Confía en lo que crees, sea lo que sea.
Kadul, con ojos color carne de aceituna, nació en ese espacio de nadie que es el Sáhara y tuvo el comienzo duro de todas las historias de supervivencia: finalmente llegó enfermo a España con seis años y sintió la suerte cerca al ser acogido por una madre con muchas ganas de amar, sí, y por eso en ese punto debería empezar su historia, pero no es así.
Ahora Kadul, tras tanto mirar hacia delante, acaba de mirar por una vez atrás como la madre de Lot descubriendo así que sus padres biológicos viven también en España pero de espaldas a él, y ha descubierto de verdad que tiene un pasado, y unas raíces, y el peso de una culpa que no es suya…
Kadul, que acaba de graduarse y va a ser el primer saharaui, creo, que estudie en la universidad, se ha graduado también en el dolor aunque ahora mira a su madre real y así se llena de presente, de cariño, de futuro –quién sabría decirle si lo suyo ha sido suerte, si está bendecido por los dioses o se ha vuelto el objeto de su misericordia-. Sí, Kadul tiene, en la foto de grupo de su graduación, una luz en la mirada que le hace más atractivo: es la luz especial de quien ha descubierto antes que nadie que la vida es un poema improvisado al que le ponemos música. Vivir es llevar el ritmo. Lo que no nos mata nos fortalece.
Son demasiadas emociones juntas esta temporada, por supuesto, pero Kadul, con el perfume de la juventud prometedora en torno suyo, ahora respira hondo y no trata de poner en orden nada sino sólo camina, vive, actúa, al dictado del corazón. Por eso su historia nos revisa el corazón a nosotros y nos hermana humanamente con la amplitud del mundo en estos tiempos nuestros en los que, a causa de los movimientos migratorios, se hace más evidente que nunca la diversidad. De hecho Kadul se erige hoy en resumen de muchas otras historias que vienen de lejos y que luchan también por tener un buen final, sí, y aunque él sea eso, también es mucho más: poca gente hay tan admirable como quien en la adversidad sabe aprender grandeza y luego, en los buenos tiempos, no odia, no necesita odiar, no quiere odiar sino sólo responder a la suerte con aprecio y agradecimiento. Admiro a quien sabe tener suerte y mala suerte.
Por eso ahora, desde aquí, aunque el suyo parece un retrato con lluvia y guerra al fondo, yo más bien veo su historia, esa historia épica y real al mismo tiempo, como una historia de amor. ¡Hay tanto amor en sus maneras, en su aura, en esa forma de asumir el pasado y acercarse a quien le quiere como quien abraza en medio del invierno para compartir calor!
Ciertamente existe algo invisible pero perceptible en aquellos que han sido educados por amor y con amor. Sí, existe algo muy profundo dentro de Kadul que le hace parecido a quien ha sido su madre por vocación, por ilusión, por dedicación... El amor que acentúa las razones. El amor que reestructura la adversidad. El amor que da sentido a las historias y hace que, pasado el tiempo, sigan significando algo.
Hoy por eso, con orgullo de amigo, quiero sumarme mediante esto que escribo a la alegría de su madre en el día de la graduación al tiempo que me quito el sombrero, ese sombrero elegante de terciopelo negro que jamás he llevado, celebrando y admirando su entereza y su esfuerzo...
Confía en lo que crees, sea lo que sea.
