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Salvador Gutiérrez Ordoñez

Es un sabio emocional –la única manera de ser verdaderamente sabio-. Cuando conversa siempre parece estar diciendo con la mirada que lo que importa es el otro. Cuando da clase se le nota un poco más que tiene mucha clase. Estuvo a punto de ingresar en esa especie de hospital mental llamado Real Academia Española de la Lengua y, al parecer, ahora va a ser propuesto de nuevo para engrosar la lista de los elegidos a dedo por los dioses: tendrá así una nueva oportunidad, que esperamos definitiva, de ascender a ese tremendamente terrenal cielo académico.
Así las cosas decir aquí que el Catedrático de la Universidad de León Salvador Gutiérrez Ordóñez es, junto a Guillermo Rojo, la referencia de la lingüística general en este país supone decir mucho, pero no decirlo todo. El amor por lo que uno hace es invisible aunque perceptible. De hecho ese hombre bien parece la excepción a la regla de que en España sólo triunfa la gente sin escrúpulos... También coronan cimas el talento, el trabajo, la inspiración y las buenas condiciones éticas, y desde luego necesitamos esas cualidades en la Real Academia. Necesitamos a este hombre entre los dioses.
Martinet decía que la reflexión sobre el lenguaje es entre otras cosas una forma de entender al ser humano. Por eso, de los estudios de este Sancho Panza delgado y de mirada afable sobre sintaxis funcional, sobre semántica y sobre pragmática se deduce que la lingüística es no sólo un tecnicismo sino más bien una ciencia humana, sí, pero también emana de esos trabajos la pasión vocacional de este profesor, y su envidiable sentido de la convivencia que certifican siempre tanto sus compañeros de departamento de la Universidad de León, como todos los que le conocemos… Qué mejor alabanza de un humanista que hablar de su humanidad.
En efecto hace tanta falta el rigor como el amor para enseñar pero, a la hora de investigar, aunque el rigor es determinante si va unido al amor debería resultar decisivo. Ojalá en la Real Academia, cuando vayan a poner en la balanza su trayectoria y su obra, tengan en cuenta también todo lo invisible, como diría Vicente Huidobro, pues en el caso de este decantador de textos y palabras resulta tan positivo o más que lo que se ve.
Tras Valentín García Yebra y Luis Mateo Díez no podemos menos que enorgullecernos ante la idea de que otro leonés, en este caso de adopción, ingrese en esa institución un tanto congestionada, elitista y pajiza pero que de todas formas sigue significando algo excelso. Una institución exclusivista y endogámica por naturaleza pero que parece estar entrando en el siglo XXI al incluir entre sus miembros, además de a escritores y filólogos, a humanistas de otras disciplinas como el periodismo (Cebrián, Anson…), la psicología (Pinillos, García Gual…), la ciencia (Sánchez Ron, Margarita Salas) y hasta a dibujantes ácidos como Antonio Mingote, actores creativos como Fernando Fernán Gómez y fenómenos superventas de calidad más mediática que literaria como Arturo Pérez Reverte. Así trata de tecnificarse, desensimismarse y contradecirse nuestra Real Academia llena de republicanos. Así nos sorprende.
Pero creemos que en esa galería de sabiduría, refinamiento, excelencia y vanidad tiene un papel más que digno que cumplir nuestro admirado Salvador Gutiérrez Ordóñez en lo que tiene que ver con el trabajo lingüístico, con el criterio y con la opinión formada y siempre cargada de humanidad. Por eso, y ya que tal y como está el mundo uno acostumbra a apelar a la justicia poética cuando demanda justicia, escribiré en el viento o en un rabo de nube mi adhesión a la lista de quienes están seguros de que con Salvador Gutiérrez Ordóñez la Real Academia Española de la Lengua, ese cuento de príncipes y hadas, ganará en realidad… Y en más cosas.

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