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Pedro Blanco Rubio, el buen pastor

Tiene un vestuario acaso calculadamente descuidado, nariz de judío pobre o violinista en el tejado, sonrisa luminosa, recurrente, maneras de vitalista entusiasmado y un aspecto mesiánico que le hace parecer aún más anacrónico –hay que ser anacrónico pues es ése un modo personal de intentar ser eterno-. Sin embargo el profesor o mayordomo del conocimiento Pedro Blanco Rubio es un intelectual a pie de obra enseñando literatura, teatro, iniciaciones, emociones y sueños en el Instituto de Bachillerato “Juan del Enzina”. Allí está él como los macheteros que abren caminos en la selva. Allí ha estado, en el instituto: en donde todo empieza.
Y es que ahora se despide sin aspavientos pero seguro que con un punto de nostalgia porteña y tanguera este singular guía de generaciones que lleva mucho tiempo inaugurándolo todo cada año a través de de los estudiantes. Ahora, la jubilación tiene razones que el corazón no entiende, se va y a la vez se queda para siempre en el corazón de los que hemos sido y nos sentimos sus alumnos… La vida es un viaje difuso en el que uno se va alejando para estar más cerca.
Igual que se necesita paciencia y tiempo para saber qué semillas han germinado de cuantas ha plantado un profesor, se necesitan años también para valorar la forma innovadora que tiene Pedro de dar clase para todos y tratando de llegar a todos. Hay en esa no renuncia constante no sólo una envidiable fe en el ser humano como proyecto, sino también una humildad pedagógica y una dedicación poco frecuentes y muy fructíferas. Sí, se necesita tiempo de maceración interior para valorar aún más a ese profesor vocacional que nos abrió los ojos y los abrazos en aquella etapa iniciática en la que lo compartíamos todo porque no teníamos nada. Por eso es ahora cuando tiene sentido decir todo lo que tal vez no hace falta decir, todo lo que los padres y los amantes saben decirse sin palabras, a saber, gracias.
Pasa el tiempo como unos puntos suspensivos y las clases de Pedro cruzan de la memoria al espacio entrañable de los afectos hasta que, por fin o por principios, uno se da cuenta de que allí empezó toda educación sentimental. Y entonces uno ya recuerda de otra forma, más allá de anécdotas, exámenes, lecturas y datos. Y es a partir de ese instante cuando uno vuelve a aquellas clases como quien mira un edificio antiguo, acaso una catedral gótica, y más allá de lo que ve logra vislumbrar un esplendor de otro tiempo… La memoria emocional y emocionante es justo eso: tener algo valioso a lo que regresar.
Pedro, el profesor, como una versión postmoderna de la Parábola del Buen Pastor, como una manera nueva de entender para qué sirve una brújula, como una forma hermosa de confundir a propósito la palabra crear, con la palabra creer. Y es que Pedro, demostrando constantemente amor por el oficio que ha elegido o le ha elegido, ha dedicado su vida a poner cimientos en esta ciudad como mi padre, que fue y es albañil; como todos los padres que no son otra cosa siempre que albañiles constructores de cimientos. Sí, Pedro ha dedicado su vida a edificar.
Por eso, ahora que la jubilación pone un final abierto a la buena novela de su trayectoria profesional, uno quiere pagar el tributo de agradecimiento que sabe que le debe. Y lo hago así, encendidamente, con esa luz que desprenden las conciencias que se encuentran y se abrazan en el momento propicio, que es siempre el decisivo.
Pedro, en nombre, sé que de mucha gente, gracias por todo lo que no sabes que nos has dado.
Y que la luna te alumbre.
Y que el sol no te deslumbre… Que la vida te trate dignamente.

Como íntimo amigo de mis padres y persona que me ha visto hasta crecer, al igual que yo a el hacerse mayor disfrutando de la vida, admiro muchísimo que le haya dedicado usted unas palabras tan conmovedoras y francas.
Un saludo.

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