La mujer de agua
La mujer de agua
Ella no lloraba en los entierros, ni al escuchar el himno nacional, ni en los cuartos oscuros con ratones. Ella no lloraba frente a los niños terminalmente enfermos ni ante las facturas impagadas o la cebolla recién cortada y a Liano aquello, como mujeriego o entomólogo, le produjo cierta curiosidad. Empezaron a pasar más tiempo juntos fuera del trabajo, a entablar amistad, y paulatinamente ésta derivó en atracción.
Liano seguía observando el rostro cristalino de aquella mujer que le seducía pasivamente, secretamente, con el sólido materialismo de sus ojos claros. En una ocasión, mientras frente al portal de la casa de ella hablaban cada vez más cerca, cada vez más lento, cada vez más íntimo Liano, con un dedo, apartó calculadamente un mechón de pelo de su frente, cerró los ojos, el imán, la polea del deseo contenido y comenzó un beso hondo, tierno, cinematográfico como lento preámbulo de todo. Pero de repente él notó que su abrazo perdía consistencia porque ella se le escurría entre las manos, entre los labios, su lengua dentro de la boca de Liano, de su esófago, su estómago… ¡Oh! Asustado abrió los ojos y se encontró allí solo abrazado a si mismo encima de un charco. Entonces comprendió que se había bebido a aquella mujer.
-¿Dónde estás? –se preguntó en voz baja inicialmente confundido. Y, tras unos minutos, la expresión de su cara se transformó-. ¡Demonios, nos han visto juntos! ¡Y en cuanto noten tu falta me perseguirán! ¿Qué diré…? Claro, pensarán que ha habido un crimen. Creerán que he sido yo. Me detendrán. Me echarán del trabajo… ¡Oh, Dios, mío, voy a ir a la cárcel!
Pero de repente un brillo de malicia le iluminó el rostro.
-No, claro –se dijo-, para que me acusen de algo tienen que encontrar el cuerpo del delito. Y ese cuerpo lo tengo ahora mismo dentro de mí en estado líquido. Aunque no por mucho tiempo…
Con media sonrisa en la boca Liano encaminó sus pasos hacia un urinario público.
Ella no lloraba en los entierros, ni al escuchar el himno nacional, ni en los cuartos oscuros con ratones. Ella no lloraba frente a los niños terminalmente enfermos ni ante las facturas impagadas o la cebolla recién cortada y a Liano aquello, como mujeriego o entomólogo, le produjo cierta curiosidad. Empezaron a pasar más tiempo juntos fuera del trabajo, a entablar amistad, y paulatinamente ésta derivó en atracción.
Liano seguía observando el rostro cristalino de aquella mujer que le seducía pasivamente, secretamente, con el sólido materialismo de sus ojos claros. En una ocasión, mientras frente al portal de la casa de ella hablaban cada vez más cerca, cada vez más lento, cada vez más íntimo Liano, con un dedo, apartó calculadamente un mechón de pelo de su frente, cerró los ojos, el imán, la polea del deseo contenido y comenzó un beso hondo, tierno, cinematográfico como lento preámbulo de todo. Pero de repente él notó que su abrazo perdía consistencia porque ella se le escurría entre las manos, entre los labios, su lengua dentro de la boca de Liano, de su esófago, su estómago… ¡Oh! Asustado abrió los ojos y se encontró allí solo abrazado a si mismo encima de un charco. Entonces comprendió que se había bebido a aquella mujer.
-¿Dónde estás? –se preguntó en voz baja inicialmente confundido. Y, tras unos minutos, la expresión de su cara se transformó-. ¡Demonios, nos han visto juntos! ¡Y en cuanto noten tu falta me perseguirán! ¿Qué diré…? Claro, pensarán que ha habido un crimen. Creerán que he sido yo. Me detendrán. Me echarán del trabajo… ¡Oh, Dios, mío, voy a ir a la cárcel!
Pero de repente un brillo de malicia le iluminó el rostro.
-No, claro –se dijo-, para que me acusen de algo tienen que encontrar el cuerpo del delito. Y ese cuerpo lo tengo ahora mismo dentro de mí en estado líquido. Aunque no por mucho tiempo…
Con media sonrisa en la boca Liano encaminó sus pasos hacia un urinario público.
