EL LUGAR SIN CULPA
Una isla redentora y paradisíaca, una mujer agobiada que se va allí huyendo de su vida, la pureza, la belleza, la paz, el aislamiento, la angustia, los fantasmas, el enriquecedor delirio y justo entonces…
La última novela de José María Merino se titula “El Lugar sin Culpa” (Ed. Alfaguara, Premio de Narrativa Torrente Ballester) y es un sólido e inquietante thriller sobre esos problemas familiares capaces de ennegrecernos la existencia, sobre la imposibilidad de superarlos sin afrontarlos por lejos que estemos de ellos, y sobre la imaginación como vía de entendimiento y como fuente de alivio.
A la doctora Gracia, una bióloga eminente, se le rompe el alma cada vez que su madre demenciada y con Síndrome de Diógenes la llama por teléfono a horas inesperadas para insultarla. Además ha perdido el contacto con su rebelde hija adolescente la cual se ha ido de casa hace varias semanas y nadie, ni siquiera la policía, sabe dónde está. Por eso, igual que una Eva bíblica actual, decide romper con todo y pedir destino en una isla casi deshabitada del Mediterráneo donde la armonía, la belleza y la pureza impregnarán su presente pero no su pasado. ¿A una persona con grandes preocupaciones y conflictos interiores cambiar de espacio no la ayudará porque hasta el Paraíso se le puede volver hostil?
La trama, confeccionada con un embriagador sentido del ritmo, sucede sólo en cuarenta y ocho horas y nos va llevando con calma de la mano pero de repente, sí, un punto de giro argumental nos sorprende; luego sigue con ese mismo ritmo de isla hasta que otro punto de giro nos vuelve a impactar, y el final es otra vuelta de tuerca que nos deja ya circunspectos mirando desconcertados al suelo, al techo, al libro y principalmente mirando dentro de nosotros mismos.
Pero, sobre todo lo demás, en mi opinión lo que destaca es el tono, un fluir de la conciencia omnisciente y misterioso, y esa forma postmoderna de narrar integrando en el discurso los diálogos, las reflexiones teóricas que recuerdan a su libro “Ficción Continua” (Ed. Seix Barral), las pinceladas fantásticas en forma de sueños y principalmente de interconexiones, teorías delirantes, recuerdos que explican el presente, leyendas como la de un aviador alemán de la Guerra Mundial muerto y enterrado en la isla que a veces se les mete en el ánimo a los que habitan allí –potenciado ese aire de leyenda por la ausencia casi total de nombres de los personajes- y los deseos kafkianos de la protagonista de liberarse de todo al convertirse en lagartija… Y es que José María Merino tiene la virtud de imprimir al surrealismo cierta dosis de naturalidad y por eso esta novela, aunque de apariencia realista, va más allá y más bien nos aporta un original sentido del realismo.
Por otro lado –acaso el mismo lado- está el lenguaje muy cuidado mediante el cual el autor demuestra una gran competencia lingüística. Se trata de una mezcla de madurez, poder evocador, pensamiento abstracto, poesía, hallazgos verbales, precisión descriptiva y momentos de gran tensión narrativa entre los que destacan una historia de guerra contada por el teniente -uno de los personajes secundarios-, el momento en el que la Doctora ve el cadáver de una niña ahogada y eso despierta en ella una especie de premonición, los sutiles momentos eróticos y sobre todo el ritmo loco del final.
He aquí, en esta era en la que la vida diaria nos lleva y trae de forma trepidante, una novela capaz de introducirnos en un ritmo más acorde con nuestros ciclos naturales y mentales. Narra una historia desconcertante que, ahora que está de moda viajar por placer y huir de la adversidad, entre otras cosas nos enseña lo importante que es aprender a quedarse…
La última novela de José María Merino se titula “El Lugar sin Culpa” (Ed. Alfaguara, Premio de Narrativa Torrente Ballester) y es un sólido e inquietante thriller sobre esos problemas familiares capaces de ennegrecernos la existencia, sobre la imposibilidad de superarlos sin afrontarlos por lejos que estemos de ellos, y sobre la imaginación como vía de entendimiento y como fuente de alivio.
A la doctora Gracia, una bióloga eminente, se le rompe el alma cada vez que su madre demenciada y con Síndrome de Diógenes la llama por teléfono a horas inesperadas para insultarla. Además ha perdido el contacto con su rebelde hija adolescente la cual se ha ido de casa hace varias semanas y nadie, ni siquiera la policía, sabe dónde está. Por eso, igual que una Eva bíblica actual, decide romper con todo y pedir destino en una isla casi deshabitada del Mediterráneo donde la armonía, la belleza y la pureza impregnarán su presente pero no su pasado. ¿A una persona con grandes preocupaciones y conflictos interiores cambiar de espacio no la ayudará porque hasta el Paraíso se le puede volver hostil?
La trama, confeccionada con un embriagador sentido del ritmo, sucede sólo en cuarenta y ocho horas y nos va llevando con calma de la mano pero de repente, sí, un punto de giro argumental nos sorprende; luego sigue con ese mismo ritmo de isla hasta que otro punto de giro nos vuelve a impactar, y el final es otra vuelta de tuerca que nos deja ya circunspectos mirando desconcertados al suelo, al techo, al libro y principalmente mirando dentro de nosotros mismos.
Pero, sobre todo lo demás, en mi opinión lo que destaca es el tono, un fluir de la conciencia omnisciente y misterioso, y esa forma postmoderna de narrar integrando en el discurso los diálogos, las reflexiones teóricas que recuerdan a su libro “Ficción Continua” (Ed. Seix Barral), las pinceladas fantásticas en forma de sueños y principalmente de interconexiones, teorías delirantes, recuerdos que explican el presente, leyendas como la de un aviador alemán de la Guerra Mundial muerto y enterrado en la isla que a veces se les mete en el ánimo a los que habitan allí –potenciado ese aire de leyenda por la ausencia casi total de nombres de los personajes- y los deseos kafkianos de la protagonista de liberarse de todo al convertirse en lagartija… Y es que José María Merino tiene la virtud de imprimir al surrealismo cierta dosis de naturalidad y por eso esta novela, aunque de apariencia realista, va más allá y más bien nos aporta un original sentido del realismo.
Por otro lado –acaso el mismo lado- está el lenguaje muy cuidado mediante el cual el autor demuestra una gran competencia lingüística. Se trata de una mezcla de madurez, poder evocador, pensamiento abstracto, poesía, hallazgos verbales, precisión descriptiva y momentos de gran tensión narrativa entre los que destacan una historia de guerra contada por el teniente -uno de los personajes secundarios-, el momento en el que la Doctora ve el cadáver de una niña ahogada y eso despierta en ella una especie de premonición, los sutiles momentos eróticos y sobre todo el ritmo loco del final.
He aquí, en esta era en la que la vida diaria nos lleva y trae de forma trepidante, una novela capaz de introducirnos en un ritmo más acorde con nuestros ciclos naturales y mentales. Narra una historia desconcertante que, ahora que está de moda viajar por placer y huir de la adversidad, entre otras cosas nos enseña lo importante que es aprender a quedarse…
Se la recomiendo.
Etiquetas: Editorial Alfaguara, Premio Torrente Ballester
