Los adolescentes masturbadotes e idealistas leíamos a Antonio Gamoneda como si fuera pecado. Lo hacíamos a escondidas buscando o buscándonos y aquel lenguaje oscuro como un pozo lleno de diamantes, aquella conciencia perturbadora, aquel pesimismo activo tan lírico y elocuente nos reafirmaba en nuestra condición de incomprendidos. Leíamos al ilógico Gamoneda juntos como quienes se adentran en una cueva con una antorcha para compartir secretos. Descifrábamos. Traficamos con los versos encriptados de Descripción de la Mentira, por ejemplo, como protestando contra lo correcto, lo lógico, lo conveniente y lo normal.
A veces aparecía, rictus serio casi de conductor de pompas fúnebres, caminando por la Calle Ancha o por cualquier otra calle de la ciudad y, sin que él lo supiera, nos gustaba observarle pasear. Aunque todos y todas escribíamos versos sabíamos que aquel hombre zigzagueante y de paso cansino era el poeta, y nos lo imaginábamos, en nuestra ciudad de provincias ensimismada y lenta, viviendo una vida aparte ociosa e inteligente. Defendiéndose de todo con muecas y poemas. Escribiendo al caer la tarde como quien hace planes para el mundo. Sufriendo por nosotros con verdadera pasión.
Había ya entonces en sus poemas algo ensordecedor y deslumbrante, un grito invisible y cómplice que nos desengañaba e invitaba a ser un día ciudadanos dignos, enteros, derrotables pero invencibles en nuestra vocación vital. Con sus libros nos afilamos la intuición y la ideología. Con su tristeza nos sentimos arropados. Con su ejemplo y su paso ritual de infiltrando en las calles de León aprendimos demasiado pronto que la existencia desgasta y cansa, como el mar.
El Libro del Frío llegó a nuestras vidas en verano como para avisarnos de que se avanza mediante la contradicción. Entonces, por medio no sé si de José Enrique Martínez o Tomás Sánchez Santiago, supimos de la labor cultural que aquel lento caminante desarrolló en León. Descubrimos que él creo la Colección Provincia de Poesía, y fundó el Premio Provincia, y trabajó en la Diputación Provincial hasta que los políticos, que suelen como niños fijarse más en lo resplandeciente que en lo verdadero, le acabaron echando porque no tenía un buen currículum académico, sino sólo un excelente currículum espiritual. Así nos dimos cuenta de que en esta ciudad no son quienes viven de la cultura los que viven en la cultura. Y nos iluminó su ejemplo. Y releímos el “Blues del Amo”. E hizo frío una vez más.
En aquel tiempo creamos un premio literario, el Leteo, y supimos que en su primera edición tenía que ser para el hombre que caminaba lento, como medio perdido, por la ciudad, Tenía que ser para él ese premio porque sus modos de soldado derrotado y su paso anarquista nos habían enseñado algo impagable sobre la literatura y sobre nosotros mismos. Y sentimos la necesidad de, en su presencia, sacar de nuestra maleta todos los trajes que le habíamos robado. Y lo hicimos. Recitamos junto a él. Sacamos todos esos trajes robados pero no para devolvérselos, no, sino para mostrarlos con orgullo antes de quedárnoslos ya para siempre.
Esta semana le entregan el Premio Cervantes como para dar reconocimiento, que no sentido, al paso de este transeúnte insólito perdido por León. Y nosotros, que ya no somos los mismos, recordamos lo que fue Antonio Gamoneda y nos parece aún más decisivo de lo que los premios dicen que es.
Por eso inevitablemente este retrato de Antonio Gamoneda está escrito en pasado porque su obra es la primera piedra de nuestro edificio. Sí, con nostalgia tanguera le recordamos entonces. Le recordamos ya para siempre en aquella etapa iniciática nuestra en la que, al verle caminar como un lobo estepario, nos atrevimos a acercarnos a él con reverencia para preguntarle de cerca, así, como se les pregunta en la distancia corta a los poetas capaces de tocarnos un nervio del alma: maestro, ¿eres tú el elegido o tenemos que esperar a otro?
A veces aparecía, rictus serio casi de conductor de pompas fúnebres, caminando por la Calle Ancha o por cualquier otra calle de la ciudad y, sin que él lo supiera, nos gustaba observarle pasear. Aunque todos y todas escribíamos versos sabíamos que aquel hombre zigzagueante y de paso cansino era el poeta, y nos lo imaginábamos, en nuestra ciudad de provincias ensimismada y lenta, viviendo una vida aparte ociosa e inteligente. Defendiéndose de todo con muecas y poemas. Escribiendo al caer la tarde como quien hace planes para el mundo. Sufriendo por nosotros con verdadera pasión.
Había ya entonces en sus poemas algo ensordecedor y deslumbrante, un grito invisible y cómplice que nos desengañaba e invitaba a ser un día ciudadanos dignos, enteros, derrotables pero invencibles en nuestra vocación vital. Con sus libros nos afilamos la intuición y la ideología. Con su tristeza nos sentimos arropados. Con su ejemplo y su paso ritual de infiltrando en las calles de León aprendimos demasiado pronto que la existencia desgasta y cansa, como el mar.
El Libro del Frío llegó a nuestras vidas en verano como para avisarnos de que se avanza mediante la contradicción. Entonces, por medio no sé si de José Enrique Martínez o Tomás Sánchez Santiago, supimos de la labor cultural que aquel lento caminante desarrolló en León. Descubrimos que él creo la Colección Provincia de Poesía, y fundó el Premio Provincia, y trabajó en la Diputación Provincial hasta que los políticos, que suelen como niños fijarse más en lo resplandeciente que en lo verdadero, le acabaron echando porque no tenía un buen currículum académico, sino sólo un excelente currículum espiritual. Así nos dimos cuenta de que en esta ciudad no son quienes viven de la cultura los que viven en la cultura. Y nos iluminó su ejemplo. Y releímos el “Blues del Amo”. E hizo frío una vez más.
En aquel tiempo creamos un premio literario, el Leteo, y supimos que en su primera edición tenía que ser para el hombre que caminaba lento, como medio perdido, por la ciudad, Tenía que ser para él ese premio porque sus modos de soldado derrotado y su paso anarquista nos habían enseñado algo impagable sobre la literatura y sobre nosotros mismos. Y sentimos la necesidad de, en su presencia, sacar de nuestra maleta todos los trajes que le habíamos robado. Y lo hicimos. Recitamos junto a él. Sacamos todos esos trajes robados pero no para devolvérselos, no, sino para mostrarlos con orgullo antes de quedárnoslos ya para siempre.
Esta semana le entregan el Premio Cervantes como para dar reconocimiento, que no sentido, al paso de este transeúnte insólito perdido por León. Y nosotros, que ya no somos los mismos, recordamos lo que fue Antonio Gamoneda y nos parece aún más decisivo de lo que los premios dicen que es.
Por eso inevitablemente este retrato de Antonio Gamoneda está escrito en pasado porque su obra es la primera piedra de nuestro edificio. Sí, con nostalgia tanguera le recordamos entonces. Le recordamos ya para siempre en aquella etapa iniciática nuestra en la que, al verle caminar como un lobo estepario, nos atrevimos a acercarnos a él con reverencia para preguntarle de cerca, así, como se les pregunta en la distancia corta a los poetas capaces de tocarnos un nervio del alma: maestro, ¿eres tú el elegido o tenemos que esperar a otro?
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