Delirio mesiánico
El viajante regresó de viaje un día antes de lo previsto con su maleta y sus bolsos porque al viajante le aburría volver, pero le encantaba regresar.
El viajante deshizo el nudo de una de sus seis corbatas tras aparcar el automóvil, salió, cogió maquinalmente el equipaje y se dirigió a su casa con cara de cansado. Abrió la puerta. Entró y oyó entonces risas cómplices furtivas que parecían proceder del dormitorio. Se puso en guardia. Escuchó: decididamente provenían, sí, del dormitorio.
El viajante posó sus cosas en el suelo y miró como un idiota la alianza reluciente que siempre llevaba puesta en el dedo anular de su mano derecha. Se la quitó entonces y la arrojó, al entrar, encima de la mesa de cristal del salón. Y se sirvió una copa de whisky de malta. Y continuaban de fondo las risas. Y la bebió. Y las risas…
El viajante como un poseso bíblico se fue directo al cuarto. Abrió la puerta: sí, eran su mujer y el psicólogo de ésta con el que ella llevaba ya casi un año de terapia de conducta. Entonces el viajante vio el día de su boda como desde la cima de una montaña, vio el filo de un cuchillo de cocina, vio el cielo rojo del atardecer, vio el impasible rostro de Sigmund Freud, de Paulov, de Ellis y de Skinner, vio los labios de Dios, vio el semblante puntiagudo de placer de su suegra durante el adulterio, vio una paloma blanca encima de su cabeza y el cielo abierto igual que una cremallera, vio la gran explosión que dio dolorosamente origen a todo el universo y en ese instante se desplomó en el suelo tras perder la consciencia.
Inmediatamente su sustituto en el dormitorio matrimonial se levantó de la cama asustado, le miró y con celeridad fue a la cocina a por una jarra llena de agua, la cual luego le derramó en la cara desde cierta altura como simulando una cascada y consumando así la profecía, el rito, el comienzo: un bautismo ridículo.
Inicialmente ese mismo psicólogo le diagnosticó shock postraumático, pero el viajante no quiso regresar y fue ingresado en el Psiquiátrico de Santa Isabel por cierto tiempo.
Al salir de allí su mujer y el psicólogo ya se habían casado y quedado con su casa y con su vida, pero él había visto la deslumbrante luz que todo lo resume, y se convirtió en mendigo, y en contador de historias…
Así he llegado aquí.
El viajante regresó de viaje un día antes de lo previsto con su maleta y sus bolsos porque al viajante le aburría volver, pero le encantaba regresar.
El viajante deshizo el nudo de una de sus seis corbatas tras aparcar el automóvil, salió, cogió maquinalmente el equipaje y se dirigió a su casa con cara de cansado. Abrió la puerta. Entró y oyó entonces risas cómplices furtivas que parecían proceder del dormitorio. Se puso en guardia. Escuchó: decididamente provenían, sí, del dormitorio.
El viajante posó sus cosas en el suelo y miró como un idiota la alianza reluciente que siempre llevaba puesta en el dedo anular de su mano derecha. Se la quitó entonces y la arrojó, al entrar, encima de la mesa de cristal del salón. Y se sirvió una copa de whisky de malta. Y continuaban de fondo las risas. Y la bebió. Y las risas…
El viajante como un poseso bíblico se fue directo al cuarto. Abrió la puerta: sí, eran su mujer y el psicólogo de ésta con el que ella llevaba ya casi un año de terapia de conducta. Entonces el viajante vio el día de su boda como desde la cima de una montaña, vio el filo de un cuchillo de cocina, vio el cielo rojo del atardecer, vio el impasible rostro de Sigmund Freud, de Paulov, de Ellis y de Skinner, vio los labios de Dios, vio el semblante puntiagudo de placer de su suegra durante el adulterio, vio una paloma blanca encima de su cabeza y el cielo abierto igual que una cremallera, vio la gran explosión que dio dolorosamente origen a todo el universo y en ese instante se desplomó en el suelo tras perder la consciencia.
Inmediatamente su sustituto en el dormitorio matrimonial se levantó de la cama asustado, le miró y con celeridad fue a la cocina a por una jarra llena de agua, la cual luego le derramó en la cara desde cierta altura como simulando una cascada y consumando así la profecía, el rito, el comienzo: un bautismo ridículo.
Inicialmente ese mismo psicólogo le diagnosticó shock postraumático, pero el viajante no quiso regresar y fue ingresado en el Psiquiátrico de Santa Isabel por cierto tiempo.
Al salir de allí su mujer y el psicólogo ya se habían casado y quedado con su casa y con su vida, pero él había visto la deslumbrante luz que todo lo resume, y se convirtió en mendigo, y en contador de historias…
Así he llegado aquí.
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