viernes 8 de diciembre de 2006

cuento casi fantástico 2

La última puerta

“Estuve en Cuenca y me acordé de ti”... Ulio, hábil vendedor de coches usados, en el llavero que su mujer le trajo como recuerdo de un viaje lleva todas las llaves de su casa y del coche pero entre todas ellas hay también una que en realidad nunca ha sabido qué puerta abre. Por eso un día la miró, la cogió, la probó sin éxito en todas las cerraduras que encontró en su casa, la sacó del llavero y finalmente decidió tirarla.
Nunca llegó a saberlo pero ese fue el gran error de su vida. De hecho ahora dejaremos que el resto se lo imaginen ustedes y no seguiremos contando su historia por lo mal que acaba.
Pero sí contaremos la de Zanfoño, solitario maestro internacional de ajedrez que también tenía una llave en su llavero que no sabía qué cerradura abría, pero que por superstición nunca se atrevió a deshacerse de ella. A Zanfoño le enterraron con la ropa que llevaba puesta cuando apareció muerto en el salón de su casa, y por eso en el bolsillo de su pantalón se llevó consigo su llavero.
Morirse es un destello, un laberinto, un crujido, un signo de admiración, un episodio colorista y despertarse con claustrofobia dentro de un ataúd que de pronto se ilumina y, justo entonces, Zanfoño descubre que desde dentro la tapa del ataúd es una puerta. Está cerrada. Intenta abrirla a golpes con el hombro pero tiene las fuerzas justas del recién regresado y le resulta imposible. Entonces como por inspiración divina repara en el llavero que aún lleva en su bolsillo, lo toma y resulta que la llave de no se sabe dónde que trae en su llavero desde la otra vida abre esa última puerta.
Por eso Zanfoño sigue presente entre nosotros en forma de espectador privilegiado –algunos lo llaman fantasma-.
Por eso Ulio se ha muerto para siempre.

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