Cuento casi fantástico 12
El despacho asesino
Estaba yo aquel día en la oficina dejándome llevar por los quehaceres, una llamada, otra, un informe, el acuse de recibo de cierta carta urgente cuando, mientras rellenaba un formulario como quien arma un puzzle, sentí como de pronto me desaparecía el brazo izquierdo. Sí, cuando miré simplemente ya no estaba. No me dolió, pero el cuerpo se me inclinaba un poco hacia el otro lado y por eso me asusté aunque no dije nada. La puerta de mi despacho está con frecuencia abierta y pasa gente, pero inexplicablemente yo sentía algo así como vergüenza ante aquel hecho insólito y por eso traté de disimular como si nada, escribe que te escribe en aquel tonto formulario y de repente, sí, noté como me desaparecía también todo el pie izquierdo. Me costaba, en la silla, ya mantener el equilibrio y la angustia se apoderó de mí. ¿Qué me estaba pasando? Cuando empezó a desaparecerme la cintura mi heroica mano derecha tiró el bolígrafo, y me agarró del cuello, y me sacó de allí violentamente como se saca de la madre a un feto.
Sorprendentemente en cuanto crucé la puerta principal sin permiso de mis jefes y llegué a la bulliciosa calle volví a estar entero y entonces comprendí lo que ocurría: el despacho me estaba comiendo.
Por suerte ese día me despidieron.
Estaba yo aquel día en la oficina dejándome llevar por los quehaceres, una llamada, otra, un informe, el acuse de recibo de cierta carta urgente cuando, mientras rellenaba un formulario como quien arma un puzzle, sentí como de pronto me desaparecía el brazo izquierdo. Sí, cuando miré simplemente ya no estaba. No me dolió, pero el cuerpo se me inclinaba un poco hacia el otro lado y por eso me asusté aunque no dije nada. La puerta de mi despacho está con frecuencia abierta y pasa gente, pero inexplicablemente yo sentía algo así como vergüenza ante aquel hecho insólito y por eso traté de disimular como si nada, escribe que te escribe en aquel tonto formulario y de repente, sí, noté como me desaparecía también todo el pie izquierdo. Me costaba, en la silla, ya mantener el equilibrio y la angustia se apoderó de mí. ¿Qué me estaba pasando? Cuando empezó a desaparecerme la cintura mi heroica mano derecha tiró el bolígrafo, y me agarró del cuello, y me sacó de allí violentamente como se saca de la madre a un feto.
Sorprendentemente en cuanto crucé la puerta principal sin permiso de mis jefes y llegué a la bulliciosa calle volví a estar entero y entonces comprendí lo que ocurría: el despacho me estaba comiendo.
Por suerte ese día me despidieron.
