Parábola del propietario
Aún tenía algo de sueño matinal pegado a los párpados cuando entré en la cocina, abrí el frigorífico y me encontré dentro a una diminuta familia de esquimales de cuerpo rechoncho y piel morena amarillenta, pelo negro, ojos achinados y vestidos todos con abrigos de piel de morsa. Un niño y una niña aún pequeños, aún ociosos, aún dotados para la alegría jugaban a perseguirse y patinar sobre los cubitos en la zona del congelador. La madre, dentro del iglú, tallaba astas de reno y el padre se desplazaba en un trineo que en realidad era la tapa de un yogur tirada por perros porque había encontrado anchoas y bocartes preparados con aceite, vinagre y sal, e intentaba llevarlos de uno en uno hasta su hogar. Sí, iba en el trineo sorteando las botellas de cerveza y los botes de conserva abiertos, y lo cierto es que se deslizaba por todo aquel mundo completamente ajeno a mi mirada.
Entonces volví a cerrar el frigo como ofendido. Pero luego lo abrí de nuevo con fingida naturalidad, cogí la leche embotellada para mi desayuno, me serví una taza y al devolver la botella a su sitio derramé antes un poco de leche por allí sintiéndome, al hacerlo, como un benefactor.
Poco a poco, para que me admiren y me teman, he ido construyendo dentro de ese electrodoméstico un lago helado, un tobogán, una cabaña hecha con telas y espinas de pescado, bancos para sentarse, barandillas para evitar accidentes y una amplia zona verde usando musgo... Todo respondiendo a sus ininteligibles plegarias.
Veo como ellos me rezan cada día en su idioma –el cual no entiendo, claro- y eso me proporciona una sensación de poder y un orgullo que colman mi vanidad.
Si algún día no me rezan les dejo sin comida, subo la temperatura en el termostato para que todo empiece a derretirse y tardo en volver a abrir la puerta manteniéndoles así mucho tiempo entre tinieblas.
Soy el dueño del premio y del castigo según mi capricho.
Quisiera ser un Dios mejor, pero me falta práctica.
Aún tenía algo de sueño matinal pegado a los párpados cuando entré en la cocina, abrí el frigorífico y me encontré dentro a una diminuta familia de esquimales de cuerpo rechoncho y piel morena amarillenta, pelo negro, ojos achinados y vestidos todos con abrigos de piel de morsa. Un niño y una niña aún pequeños, aún ociosos, aún dotados para la alegría jugaban a perseguirse y patinar sobre los cubitos en la zona del congelador. La madre, dentro del iglú, tallaba astas de reno y el padre se desplazaba en un trineo que en realidad era la tapa de un yogur tirada por perros porque había encontrado anchoas y bocartes preparados con aceite, vinagre y sal, e intentaba llevarlos de uno en uno hasta su hogar. Sí, iba en el trineo sorteando las botellas de cerveza y los botes de conserva abiertos, y lo cierto es que se deslizaba por todo aquel mundo completamente ajeno a mi mirada.
Entonces volví a cerrar el frigo como ofendido. Pero luego lo abrí de nuevo con fingida naturalidad, cogí la leche embotellada para mi desayuno, me serví una taza y al devolver la botella a su sitio derramé antes un poco de leche por allí sintiéndome, al hacerlo, como un benefactor.
Poco a poco, para que me admiren y me teman, he ido construyendo dentro de ese electrodoméstico un lago helado, un tobogán, una cabaña hecha con telas y espinas de pescado, bancos para sentarse, barandillas para evitar accidentes y una amplia zona verde usando musgo... Todo respondiendo a sus ininteligibles plegarias.
Veo como ellos me rezan cada día en su idioma –el cual no entiendo, claro- y eso me proporciona una sensación de poder y un orgullo que colman mi vanidad.
Si algún día no me rezan les dejo sin comida, subo la temperatura en el termostato para que todo empiece a derretirse y tardo en volver a abrir la puerta manteniéndoles así mucho tiempo entre tinieblas.
Soy el dueño del premio y del castigo según mi capricho.
Quisiera ser un Dios mejor, pero me falta práctica.
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