LAS PIEDRAS DE STONEHENGE ME REVELARON QUE CADA DÍA ES
EL ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DEL MUNDO
El cielo parece aderezarse para el momento de la contemplación
y, al llegar, hasta el parabrisas del coche alquilado
brilla
como la gabardina de un ángel.
La explanada
en esa hora incierta
añade más misterio a los círculos de piedras megalíticas que se alzan como
/dones perennes
bajo una bóveda celeste
hecha de colores derretidos y virutas de luz.
Son piedras que laten como corazones.
Igual que una mecha ahogándose al ser tapada por un vaso
el atardecer se diluye derramando destellos sobre Stonehenge
al tiempo que yo, imbuido por cierta energía atávica, neolítica,
me siento plenamente yo, plenamente sustancia de poema,
cuando toco el monumento
ceremoniosamente
como si nadie pudiera requisarme ya esa paz.
Mientras el sudario de la tarde va perdiendo su color.
Y entonces, al comunicarme con la piedra mediante las palmas de las manos
cierro los ojos
y repaso y renuevo la jerarquía de mis predilecciones
hasta que irrumpe, como la flor del tifus en el pecho de una niña
rubia,
la noche,
azabache,
ágata…
El quinqué de petróleo de la noche estrellada
y yo escribiendo este poema
como un animal prehistórico que se resiste a extinguirse.
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