viernes 27 de octubre de 2006

Lime Regis

ENTRE EL TONO DE MORTAJA DE LA NOCHE A VECES EL FULGOR DE LOS RECUERDOS CONFIERE UNA AÑORANZA SEMEJANTE A LA ENTREGA

He venido a Lime Regis en busca de provisiones
para mi sedentaria
melancolía.
La luna
con su estela de luz doblándose en el agua
/justo al final del muelle,
no logra conmoverme pero ciertamente concita
a esa aritmética emocional, casi alivio del yo,
llamada metafísica.
Como en La Mujer del Teniente Francés de John Fawles
salgo de este minimalista cuarto de pensión para parias de paso
y embriagado por las emanaciones de mi espíritu
camino a través de la playa y de la noche, que acaso sean lo mismo.
Así hasta llegar al muelle,
el largo muelle que se adentra en el mar como un jeringuillazo
que atravesara la piel de una mujer prerrafaelista.
La estela áurica del astro lunar
forma una autopista imposible desde el cielo al mar y finalmente se une
con el borde de piedra del muelle
ahora,
en la más pura de todas las vigilias de mi vida.
Echo de menos el sonido de una banda naval.
Echo de menos los juramentos falsos sellados con un beso.
Echo de menos las maldiciones satánicas
escritas en el reverso
de las postales…

Hoy dormiría contigo en un hotel gratuito para desgraciados,
lo confieso.

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