miércoles 3 de marzo de 2010

CANIBALISMO (microcuento)

Ahora sólo recuerda que fue idea de su exmujer lo de ir a cenar, en la ciudad, a aquel restaurante de comida rápida. Y recuerda la sabrosa hamburguesa con pan de sabor a plástico. Y la indisposición. Y el dolor estomacal. Y la gente a su alrededor.
Ahora sólo recuerda la sirena de ambulancia enloqueciendo el ritmo normalmente monocorde de su corazón. Y el hospital. La habitación aislada como con luz de catedral reconvertida en manicomio, y las enfermeras y médicos vestidos con gorros y mascarillas verdes igual que buzos alienígenas.
Ahora sólo recuerda la soledad y el diagnóstico:
-Ha contraído usted la peste y morirá en pocas horas. ¿Desea vengarse donando sus órganos y el resto de su cuerpo para la investigación gastronómica?

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sábado 20 de febrero de 2010

Un hombre soltero (A single man)

Hay quienes pasan juntos por todo durante toda la vida… ¡Me fascina ese misterio y lo quiero para mí!
Ambientada en Los Ángeles en los años 60, concretamente durante la crisis de los misiles cubanos y la amenaza de que una guerra atómica fulminara el mundo, esta conmovedora película es cine que te sirve de refugio, que te alienta, que te toca, que vuelve a ponerte de acuerdo con el arte del depauperado hoy… Cine que regala sensaciones tan portentosas que se diría que proceden del reino de los clásicos.
Se trata de lo primero que dirige Tom Ford, y ya sorprende por su buen gusto visual, por su sobriedad a la hora de sugerir y por como ha sabido sacar la esencia de la mejor novela de Christopher Isherwood –mi admirado Isherwood que formó parte del grupo de escritores del Oxford de los años 30, que fue amigo de ese otro genio, el poeta W. H. Auden, antes de nacionalizarse estadounidense, y cuya obra narrativa fue traducida en España por Jaime Gil de Biedma-… Tom Ford entra en el cine por la puerta grande consiguiendo una muy digna confluencia de talentos.
Un hombre soltero es la historia de George, un profesor universitario británico recién adentrado en la madurez que lucha por encontrarle sentido a su vida tras la muerte de Jim, su compañero sentimental. George está estancado y no consigue ver su futuro mientras lo seguimos a lo largo de un único día, en el cual una serie de encuentros lo llevan a tener que decidir si la vida tiene sentido después de Jim. Al poco recibe consuelo de su amiga más íntima, Charley, una belleza venida a menos por el alcohol y años de hombres injustos, la cual también libra su propia batalla contra el futuro (ambos meditan si volver al puritano Londres o quedarse en la atmósfera prebélica de USA).
Un joven estudiante que está intentando aceptar su auténtica naturaleza, embriagado entre otras cosas por su forma de dar clase, acecha a George porque ve en él a un espíritu afín. Un seductor español que se diría la reencarnación de James Dean se encuentra decisivamente con nuestro protagonista en un aparcamiento que parece el aparcamiento de una vida –¿eso son las conversaciones importantes con desconocidos?-… Pero nada parece ayudarle a dejar atrás el duelo, sino sólo le afirma en su esencia y en la envidiable consistencia de su amor.
Dotada esta historia del poder de sugerencia de quien sabe que el secreto de aburrir está en contarlo todo, asistimos como eco de fondo a la moral restrictiva del país y la época, a la incomprensión que genera la libertad, y a la improvisación ideológica de la que hacen gala muchos personajes. Hay momentos en los que la película puede parecer confusa por su fragmentaria discontinuidad, pero la mayoría del tiempo sabes que estás ante un argumento concebido por un maestro que crea atmósferas con un estilo poderoso y una sensibilidad exquisita…
Porque ilumina y perturba, ahora me quedo con el encuentro en un bar entre profesor y alumno.
En la novela Isherwood describe al muchacho así: “Sólo dios podría quererte por ti mismo y no por tu pelo rubio.”.

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miércoles 3 de febrero de 2010

BILBAO-NUEVA YORK-BILBAO de Kirmen Uribe

Toca un nervio del alma. Habla de lo de siempre sin ser convencional. Conserva la vibración de lo que es más humano que literario…
La teoría de la literatura denomina autoficción al proceso resultante del escritor que narra con detalle su pasado sin renunciar a que el fenómeno autobiográfico invada el terreno de la imaginación. Tomando elementos que proceden del género del diario e incluso de la poesía confesional, la expansión del fenómeno narrativo autobiográfico ha dado lugar a novelas de casuística muy variada que incorporan con frecuencia innovaciones técnicas notables, y cuyo intimismo universalizado impacta en el lector que no es de piedra.
Precisamente al marco de la autoficción se circunscribe sin ataduras la primera novela de Kirmen Uribe Bilbao-Nueva York- Bilbao (acaba de publicarla Seix-Barral y es el Premio Nacional de novela de este año).
Utilizando como pretexto argumental un viaje iniciático del propio autor con el itinerario que marca el título –en paralelo a otro viaje que se nos cuenta simultáneamente en segundo grado de ficción-, ésta es la historia de cómo se forja la memoria de un hijo heredero de una estirpe de pescadores. Y es la historia de un mural pintado por un artista que antepuso la familia al éxito. Y es la historia de un arquitecto dotado con un refinado sentido de la amistad. Y la historia de un abuelo cuyo apabullante sentido común le convertía en un sabio emocional, y cuya esforzada vida de anecdotario penetrante sigue significando algo tras su muerte… La historia, en suma, de una localidad –Ondarroa- y una familia que en estas páginas reciben un conmovedor homenaje conjunto. ¡He aquí un relato que no suplanta a la vida porque relatar forma parte de ella!
La prosa directa y metafórica es un rico fluir de la conciencia y la memoria y, atendiendo al por algunos momentos reiterado manejo de vocabulario, se intuye que gana mucho en su euskera original. La forma de enlazar pasado y presente resulta habilidosa. La estructura narrativa discontinua, que remite al posmodernismo, se corresponde con lo que Linda Hutcheon denomina novela-pastiche –de hecho integra todo tipo de materiales, letreros, esquemas, cartas, e-mails, páginas de diario, sin que nada resulte forzado- y el mundo realista general no renuncia a la rebeldía de lo imaginativo al construir alegorías de impactante universalidad. Pero, en mi opinión, por encima de todo, lo que mueve, esparce y desordena el corazón del lector hasta dejarle tocado es ese tono entregado a la causa de la ternura… Un triunfo de la humanidad es el tono de esta novela.
El narrador, en un acto de singular honestidad, nos hace a un tiempo partícipes del argumento, del proceso de investigación para completar ese argumento, de sus influencias narrativas –al nombrar a Unamuno, Carson McCullers y Silvia Plath por ejemplo-, de las opiniones que va recibiendo sobre lo que escribe y hasta de sus sentimientos para con el modo de contar lo que cuenta: todo conformando así un canto narrativo al apego, a las raíces y a las esencias que nos vinculan con lo fundamental.
Vivimos en una época dispersa en la que el yo tiende a disgregarse; a diluirse en el impulso globalizador que nos dirige vertiginosamente y a ciegas: por eso cada vez es más necesaria la literatura que nos devuelve al primigenio terreno de lo que somos... ¡He aquí la novela del año!

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viernes 15 de enero de 2010

UNA REVOLUCIÓN PEQUEÑA de Juan Aparicio-Belmonte

Hay quien es capaz de hablarnos sobre el decadente hoy y de avisarnos de la barbarie que se avecina mientras nos hace reír a carcajadas.
Juan Aparicio-Belmonte (Londres, 1971), uno de los más nombrados novelistas de nuestra generación y sin duda el más divertido, escribe como quien sabe que un camarero de bar a hora tranquila es el mejor entrenador de diálogos, y que la vida resulta tan compleja que uno la entiende en mayor grado cuando deja de tomársela en serio.
La carrera de este narrador comenzó con una doblemente premiada novela negra de portentosa estructura con abogados neuróticos, psicoanalistas y sugerentes mujeres detective –se titulaba Mala suerte y nos certificaba que la ironía es una mirada inteligente que ilumina el mundo para hacerlo soportable-. Con posterioridad su universo sutilmente crítico se vio intensificado mediante otra novela en clave de comedia esperpéntica –López López-, ambientada esta vez en el turbio mundo del arte contemporáneo. Gran logro muy reconocido por la crítica supuso su tercera novela de prosa vivaz, atmósfera surrealista y sucesivas situaciones desternillantes –El disparatado círculo de los pájaros borrachos- y ahora, fiel a su virtuosismo irónico, nos propone otra experiencia divertida y mentalmente estimulante mediante su recién publicada Una revolución pequeña (Ed. Lengua de Trapo)…
Madrid actual. Un abogado neurótico con habilidad para relatar sus angustias vitales convirtiéndolas en farsa. Un psicólogo de locura rentable. Una gorda sicópata con un plan de venganza. Una mujer detective embarazada y lasciva. Un catedrático de derecho político de discurso tópico que encarna esas traiciones que conducen al éxito. Un juez cuyo normalizado espíritu corrupto da cuenta de las intermitencias de toda ideología purista… He aquí una radiografía social del hoy urbano construida mediante este elenco de personajes que, cada uno a su modo, parecen tratar de hacernos saber que, en el fondo, no existe el fracaso noble ni el éxito sin sombras.
El arranque ya atrapa al lector: el abogado Esteban, con miedo a los aviones, coincide en un vuelo turbulento al lado de una obesa cariñosa llamada Perversa, la cual trata de calmar sus síntomas mientras le va apretando contra sus enormes pechos sin dejar de cantar horteras canciones de cuna… ¡Y el miedo de Esteban se transforma en una erección!
A partir de ahí el acoso sexual de Perversa, el asesinato de un reputado matrimonio por parte de esta psicópata, la entrada en escena de los alocados padres de ella, la incriminación de Esteban, la doble moral, las utilidades de los amiguismos en el mundo de la justicia, la investigación de Sarita Lagos, preñada y con pistola… Componentes efectivos para una novela negra de prosa cuidada, diálogos en los que abunda la naturalidad y la eficacia, una estratégica estructura de capítulos muy cortos y gran carga de irónico ingenio (así consigue este autor hablarnos con brillantez y sin insistencia sobre la contradicciones de nuestras conductas sociales y la actual degradación de las ideologías).
He aquí una novela que está en plena sintonía con nuestras obsesiones, nuestras manías, nuestros desengaños, nuestras hilarantes insensateces…
No se la pierdan.

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viernes 18 de diciembre de 2009

LOS MUNDOS CONTRARIOS de Antonio Lucas

Antonio Lucas (Madrid, 1975) es un poeta nada evidente con un semblante que en las fotografías recuerda a Larra y algo del espíritu bohemio fin de siglo: a esto acompaña cierta constructiva rebeldía de lo más estimulante. Pertenece, con sus contradicciones que se intuyen semejantes a las de cualquiera, a la estirpe de los que no se conforman ni calculan o se pliegan. De hecho sus libros –caracterizados en el fondo por la indagación temática y en la forma por una apuesta en favor del libertario desorden de las vanguardias- están repletos de cierta imaginación verbal que no apela a nuestra lógica sino a las intuiciones más hondas: ”nada tiene pulso o norma: ni la suerte, ni la herida, ni la terca soledad, ni la estafa de un destino. Sólo el relámpago es eterna novedad inimitable, un canto fortuito de aire al fondo de la altura…”. Ya lo dijo Paul Celan: “son palabras negras; algo que no puedas entender no olvidar”.
Les prevengo pues: ser lector suyo –me autoinculpo- equivale a declararse borracho de idealismo. Y es que Antonio Lucas es uno de esos que hoy, como los pintores abstractos o igual que esos locos reveladores para los cuales su imaginación es experiencia pura, está haciéndonos ver que la realidad es una simplificación y el realismo, por ende, también.
Su último poemario titulado Los mundos contrarios por ejemplo (es premio de poesía Ciudad de Melilla y lo acaba de publicar la editorial Visor) nos invita a superar cualquier concepción bipolar del mundo, para pasar así a un compromiso moral y cívico sin adscripciones –de hecho estos poemas proponen una exigencia ética de la cual no se libra el yo del libro-: “Así también el poema:/ un corazón tendido,/ un festín de desamparos,/ un idioma exacto,/ casi un pájaro, Ezra./ ¿De qué te ha servido?”… ¡He aquí alimento para librepensadores!
Apoyándose en clásicos densos como Lautréamont, Pound, Rimbaud, Elliot, Lorca y Vallejo este autor construye un texto inexacto, un mundo expuesto, que no se detiene en homenajes sino que se dedica mediante ellos, no sin desencanto, a extraer el meollo de la vida.
Desde la cita inicial de Mark Rothko sabemos que Los mundos contrarios no coincide plenamente con los parámetros del surrealismo –tan influidos por la concepción freudiana de los sueños, por el lenguaje automático del inconsciente y el azar como expresión de libertad- pues la poesía irracionalista de Antonio Lucas está sometida a un rigor rítmico clásico, el cual no abandona ni en los poemas en verso ni en los poemas en prosa.
Especialmente interesante se nos muestra la idea aquí sugerida de que la creatividad es una y políglota, la cual hace que en estas páginas se incorporen, acentuando la tensión de los retratos de amor, la pintura de Velazquez y Egon Schiele y hasta el jazz embriagador de Billie Holliday conformando un todo culto, exigente, desestabilizante y enriquecedor.
En nuestra lírica de hoy abunda y domina la poesía figurativa, pero existe un elenco de poetas que –hermosos faroles de suburbio- se están labrando con encomiable dignidad un prestigio a la contra. Sirva mi recomendación apasionada de este libro como homenaje a todos ellos, los héroes imposibles de nuestras letras; de nuestro tiempo.

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sábado 31 de octubre de 2009

Cuento

-Oye, Ventura, esto antes de pensarlo tienes que sentirlo, asegura ahora con la rotundidad de quien no sabe lo que está diciendo un amigo de la infancia de rostro barbilampiño, heterosexualidad distraída y divertido oficio de sepulturero. Llueve. El teléfono móvil parece pesarme en la mano más de lo acostumbrado, y acaso por eso acepto con celeridad.
-De acuerdo, Amlio, quedamos a las doce en Casa Tides y voy contigo, por qué no.
-¡La Tasca de Tides cerró hace más de dos años! ¿Cuánto va que no subes por el pueblo?
-Pues a las doce en las escuelas.
-Eso sí.
Es como un soldado utópico que practica la ética de la resistencia. Amlio, el único de nuestra quinta que continúa viviendo en Villalinde, aprovecha obsesivamente cualquier oportunidad para convocarnos de nuevo en este espacio fronterizo, supersticioso, sorprendente visto desde fuera y como suspendido en el vértice del tiempo. Sin embargo yo, que por mi actual condición de catedrático de filosofía lucho contra ese sentimiento en retroceso enfrentado a toda visión de conjunto que es la nostalgia, espacio mis regresos al pueblo: lo hago así para que cada nueva visita la crea aún cargada de anotaciones en el margen de lo que soy, de encuentros y de recuerdos-reflejo.
De momento continúo acudiendo a Villalinde como quien retorna al primer mundo.
Amlio siempre está, y ella también.
Haciendo caso omiso de mis ganas de nada –de mi ánimo inestable como un campo de batalla- he salido de casa impulsado por cierto desasosiego de lo más dinámico: por eso he llegado dos horas antes de lo convenido. No llueve ya. Y lo hallo ahora aquí todo -no sólo los árboles sin hojas dan cuenta de que estamos en otoño- iluminado por un cielo que algo tiene de alumbrado de posguerra. Tras pasar por la Cuesta de Hoguera –para observar una vez más las hibridaciones de la luz- aparco ya mi coche en la plaza frente a la iglesia nueva. Salgo. Me siento observado a través de las ventanas sin cortinas por una mujer con modos de policía científica, pero disimulo. Enciendo un entrefino. Vuelvo instintivamente la mirada hacia el reloj del campanario que lleva tantos años parado -bien sé que esto no ha de entenderse como una metáfora sino que es otra muestra de la escasa solvencia de la Junta Vecinal- y, poniendo a prueba mi sobrepeso, avanzo ya a cierta velocidad como quien se dirige a la vez a todos partes, aunque en verdad a ningún sitio. Dejo que la realidad me dé clase. Saludo, elevando el mentón, a un conocido con rostro de humorista abstracto cuyas ideas han envejecido más que él. Ahora a esta muchacha hermosa que exhibe sin complejos su heredado gusto por algo que podría definirse como “ropa de moda salvaje”. Y posteriormente a una señora capaz de defender su bolsa de la compra con la vida. Y a otra tan tacaña que, en lo referente al veneno para su propio suicidio, escogería el más barato. Y a un mozo ganadero de cuya estela aromática parece deducirse que está enamorado de su establo. Y a este matrimonio casi eterno, casi arquetípico, compuesto por dos ancianos incompatibles pero acostumbrados… Así hasta llegar a cierto edificio igualmente anciano, la fachada de cemento desconchado que deja entrever las paredes de barro, tejas rotas, ventanas desquintadas sin cristales que apenas si ocultan la ruina interior… En mi opinión, y a pesar de lo que Amlio me dijo antes, todo dentro de la normalidad.
Por supuesto la escasez de alumnos, de suficientes niños y niñas empadronados en el pueblo y que permanezcan en él, provocó que cerraran interinamente la escuela hace ya años, pero como nunca ha vuelto a abrirse aseguran por aquí que el edificio ha acabado muriéndose de pena. ¡Qué pena!, se lamenta a veces Amlio recreándose con una irreductible obcecación en el pasado la cual a mí, aunque me cueste dárselo a entender debido a su bonhomía, me resulta anacrónica, la verdad.
Porque la estructura del inmueble ha comenzado a ceder y el tejado a caerse, el Excelentísimo Ayuntamiento de Vegasinciel –al que pertenecemos- ha decretado el derribo, pero tal ordenanza no acaba de cumplirse debido a la oposición de Amlio y otros como él. Por turnos montan guardia y se sitúan delante de la escavadora; protestan no con palabras sino empleando la contundencia de su presencia física. Y, aunque he acudido a causa de que siento por Amlio un afecto que me obliga de memoria, lo cierto es que esta guerra cívica ni me va ni me viene.
Los operarios de la subcontrata de demolición han desistido ya, aunque sólo por el momento.
El edificio de ambiciosa dimensión, que fuera una escuela con dos aulas y un patio interior, ahora es la vieja sombra de la nada, pero, puesto que he llegado pronto, no me resisto a recorrerlo exteriormente por completo. Se trata a pesar de todo de una edificación de funcionalidad racionalista cuya factura parece dar cuenta de su herencia. Y me entretengo con agrado inspeccionando su arquitectura recia y rústica, las hechuras toscas, esos acabados ornamentales de otro tiempo (hoy considero todo un exceso el que ese tiempo una vez fuera el mío)… Al llegar frente al portón de madera vuelvo a sentir cierta inquietud dinámica que me lleva a empujarlo.
¡Y se abre!
Las losetas con motivos florales de este pasillo que conduce al patio, aunque revestido ahora de cierta penumbra misteriosa, permanece tal y como lo recordaba, y yo, que me he pasado la vida tratando de mantener a mis fantasmas bajo control, escucho con pavor ahora decir: pasa.
¡Y paso!
Acabo de acceder a la vieja escuela a la que asistí de niño, y –ya sé que suena raro- doña Flora, cuerpo grande y grávido como el de una madrastra buena, sabia, encanecidamente rubia y con los ojos azules igual que el cielo de los pueblos, acaba de aparecer ante mí sin darme tiempo a improvisar alguna exclamación de sorpresa... Adelante, sólo faltabas tú; vamos a despedirnos de todo esto.
Tuvimos varias maestras sucesivas, tres o cuatro, pero doña Flora, que hubiera querido que fuera mi madre, que llegué a soñarlo inconfesablemente muchas noches, tuvo tal importancia para mí entonces que, cuando crecí y me fui de Villalinde, empecé a desconfiar de mi memoria (con el paso de los años, más aún que olvidarla, había empezado a dudar de su existencia). ¡Venga, pasa!...
El nerviosismo, además de producirme unas casi evidentes ganas de echar a correr, se está convirtiendo en acicate para mi sangrante úlcera de estómago. Mi rostro parece mi fuselaje. ¿Es el mundo o soy yo el de la avería?
De pronto me da vergüenza que doña Flora haya atravesado intacta el túnel del tiempo y me esté viendo así, calvo, tripón, desmarañado; uno de tantos... ¡Nunca ha llegado tan lejos la ternura –bien lo recuerdo ahora- como con la manera no protocolaria de enseñar de esa buena mujer! Reparo ahora con desesperada perplejidad en que el suelo está empezando a perder solidez, pero mi segunda reacción, en lugar de continuar asustándome, es disimular. Por eso, con modales de morboso bien educado, trato de seguirle la corriente a la maestra.
Ya más cerca de ella, al tiempo que intento en vano recordar el número de teléfono de mi psicóloga clínica, camino como se transita por los palacios de los sueños –observándolo todo pero sin tocar nada- dentro de esta edificación desvencijada en la que parece quedar tanto de lo que hubo y lo que fuimos.
La presencia de esa aparición de ovalado rostro, el cual está protagonizado por unas grandes lentes, desencadena en mí algo raro; una suerte de turbulencia identitaria. Tiemblo… Cierro los ojos como cegado durante unos microsegundos cargados de información, y los abro de pronto a lo que resulta ser el tiempo de otra forma. Y recuerdo una oscuridad repleta de posibilidades. Recuerdo a mis padres, luna menguante en la fiesta nupcial del bar de pueblo, bailando acompasados como si mi vida les fuera en ello. Recuerdo la música; ese resumen de todo. Recuerdo como niebla el líquido amniótico, la receptividad generosa de la infancia, el vértigo anímico de la adolescencia, el gesto fortuito que derivó en vicio convulsivo y, tiempo después, el temor ambivalente del primer cigarro. Recuerdo mi mente pintando cuadros de angustia a causa de la culpabilidad... Oh, recuerdo albas, ocasos, la laboriosa transformación de las estaciones y la luz tiñendo el cielo como ropa. Recuerdo, en otoño, a los gatos por los tejados como lamiendo las estrellas. Recuerdo bravo el río Esla entre los chopos erguidos hacia el cielo. Ah, recuerdo la hombría de bien de las mujeres de mi casa y el llanto imposible de los hombres. La justificación de un templo. Un edificio construido de suelo a techo por ellos dos, mis padres, o el trabajo y el respeto como fundamento. Y recuerdo cierto gusto por acumular. La realidad, los sueños y mi cerebro dando vueltas. ¡Se apelotona en mi mente lo que no enumero! Mujeres alrededor de una radio de galena. La involución crepuscular de los borrachos viejos en los locales de lenocinio de la carretera acompañados de los obsesos, los curiosos y los esclavos del capricho. Recuerdo la fiesta de San Miguel. Y mis ojos brillando tras la ventana la primera vez que vi nevar. El tiempo de la siega. Oh, el abuelo muerto velado en nuestro salón-comedor con el ataúd abierto. ¡Recuerdo un cementerio familiar improvisado en el jardín el cual me hizo entender que toda tierra es sagrada! Recuerdo el miedo. La llegada sorpresiva de mi hermano recién nacido; su complementario crecimiento. Ah, sí, recuerdo vívidamente cierto olor a herbolario en el cuello de una chica de mi edad, y recuerdo el primer amor, su finitud y su simbología. El viaje a la ciudad. El instituto, la universidad, una oposición, otra, otra y ya todas pareciendo la misma repetida. Los alumnos como bucaneros de la dicha con sus inagotables ganas de algo nuevo. Una mesa de arce sobre la que reposa un cartapacio. Una corbata azul. El prestigio. Mi pequeño pueblo cada vez más lejos… Y, de pronto, recuerdo la subjetividad universal de la locura entonces; la locura que es como caerse por una angosta escalera en espiral mental. Oh, recuerdo el diagnóstico y un sabor ácido y seco en mi boca mientras lo escuchaba; sentía. Recuerdo la lucha y a los médicos del neuropsiquiátrico que parecían querer que yo estuviera enfermo. ¡Recuerdo que el hospital estaba lleno de uno mismo! Pastillas de colores. Jeringuillas. Un calvario antes del “alta médica” en un piso tutelado y compartido: la supuesta libertad de la antipsiquiatría. Imágenes y voces rellenando la realidad. Y recuerdo que me convertí en alguien rutinario y ordenado; obsesivo en mi disciplina para no tener que volver a pasar jamás por todo aquello. Pastillas. Recuerdo más conferencias. Más libros. Una mujer que entendía el amor como un sacrificio humano y las astilladas emociones del divorcio. Por fin una casa propia, luego otra, otra y todas la misma repetida. Otra mujer, otra y todas…
Mira, Ventura: el patio. Aquí aprendiste a jugar sin saber que estabas aprendiendo a apasionarte y a convivir, asegura doña Flora... Ciertamente al mirarlo ahora, a pesar de la hierba alta con cardos y el cieno –la verdad es que parece un yermo-, este lugar que fue se me antoja hoy como una caja de resonancias. Y vuelven a mi memoria aquellos momentos en los que jugábamos al fútbol midiendo nuestras naturalezas sin quebrar nuestra ligazón…. Esto era el aula pequeña: aquí aprendiste a leer… Y, como arrobado, me fijo ya en el armario-biblioteca, vacío y con una puerta desencajada, hasta que me da por pensar que lo sencillo apenas tiene explicación. ¡Por dios, efectivamente necesito volver a la psicóloga o volver a beber en ayunas! De nuevo escucho la voz de doña Flora apostillándolo todo y en este momento, mientras ella trata de domarse el pelo con los dedos de una mano, ya no me extraña que la palabra maestra y la palabra madre contengan la misma raíz, pues entiendo que la primera es la versión ilustrada de la segunda… Ésta era el aula grande, la cual un día estuvo también llena… Y desde esta perspectiva interior, intentando sin conseguirlo apaciguar mis síntomas, reparo en los ventanales que aún filtran una luz liviana que no ha cambiado en nada, para pasar al poco a distraerme recordando el rostro de cada uno de mis compañeros y compañeras de entonces. Sí, la escuela es una Caja de Pandora llena de posibilidades: nosotros. ¿Aún existe la estufa de leña y carbón? Por supuesto, ábrela: aquí, junto a Gali -aquella niña que jugaba contigo aunque no quiso ser tu mejor amiga porque prefería la compañía de otras niñas- miraste fijamente el fuego por primera vez, y descubriste la fascinación. ¡Es verdad!
En este momento reparo en que he cruzado una frontera, y he pregunto sin inquietud si lograré regresar de nuevo al otro lado...
Esto es todo; no te robo más tiempo pues supongo que estarás muy ocupado ahora que eres una persona importante y ya no me necesitas, se queja ella realzando su benignidad casi mesiánica, al tiempo que me acompaña nuevamente a través del pasillo. Abre el portón con una mano. Emplea la otra para apuntar con el dedo índice. Dice: Ventura, en aquellos años ése era tu camino de regreso. ¡No te olvides de regresar!
Apenas puedo apartar la vista de esta carretera, la cual en verdad durante mi infancia aún no estaba asfaltada: era un camino. Y por ella viene ya Amlio, tipo sonriente con maneras de dandi agropecuario. Aquí está. Vuelvo la vista, me cercioro de que dentro de la escuela no hay en realidad nadie, y un acceso de melancolía pasa a incomodarme ante la cálida presencia de mi amigo. Ya me mira como si estuviera presenciando el despertar de un sonámbulo y, otra vez haciendo gala de una sabiduría que ni él sabe que tiene, dice:
-Finalmente el edificio lo demolerán esta tarde, pero veo que ya has entrado. ¿A ti también te ha pasado?
-Creo que sí…

Antes siquiera de poner en marcha el coche la he llamando a usted para concertar una sesión de emergencia, aunque como no contesta y apenas tengo ni idea de cómo contarle lo ocurrido, he decidido escribírselo. ¡Y se lo voy a enviar por medio de un e-mail porque estoy empezando a odiar sus sesiones programadas! Contésteme, si le parece, mediante la misma vía, y mándeme factura, diagnóstico y/o receta.
Mire, diga usted lo que diga sobre los brotes de esquizofrenia yo creo que la realidad no está completa, y todo lo imposible nos ocurre por algo…
Sé que suena raro pero así es como fue.

lunes 12 de octubre de 2009

OBRAS MAESTRAS DE LA FEMINIDAD

Para Lorca Artigue Ballesteros

Ojalá yo supiera mirar a la vida con su sonrisa de directora artística…
Ella, segundo cuerpo mío, cerro sagrado que da sombra fresca, me mira porque sabe que te veo. No hay impaciencia en nuestra forma de integrar la lejanía sino sólo una plataforma que más que distancia da perspectiva a la orgía de significados que es la vida.
Ella, como si hubieran añadido un nuevo miembro a su cuerpo, te tomará en sus brazos para dar altura a tu astillada identidad. Volarás despeinado como todas las aves. Percibirás la transmisión de conocimiento afectivo mientras te eleva hasta situarte justamente ante su centro. Te sentirás por un momento vulnerable, pero así intuirás premonitoriamente que en este mundo escasean los puntos de apoyo.
Cuando haga viento las cosas empezarán a volar pero aunaremos la fuerza de los tres para juntos asirnos como plantas al fundamento terrestre...
Ella, que parece vivir atendiendo a alguna ley rítmica de la belleza, sonríe ahora como derramando briznas de luz que se conviertan en las constelaciones que te guíen. No necesita a los burócratas del destino quien empezó a llegar en cuanto inició el viaje...
Por eso cierta sonrisa incipiente pone en mi rostro una expresión colmada.
Por eso deslizo contenido emocional en lo que escribo como el arpista que, entregado, cantara los salmos de otro.

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