Igual que la música clásica hace ya mucho tiempo que empezó a transgredir la melodía y la pintura también hace ya mucho transgredió la figuración, la poesía, el arte literario que más ha avanzado sin perder su esencia, lleva mucho tiempo –desde las vanguardias, aunque hay quien diría que desde el Barroco- transgrediendo la lógica y buscando nuevos conductos de expresividad.
Sí, la poesía moderna –la poesía que no desea ser continuista- lo es sobretodo porque, como género apasionadamente indagador, se va impregnando de nuevos registros para hablar de lo mismo: la condición humana y la caducidad.
Visto desde ese prisma cabe todo en el poema, todo lo que cabe en el mundo, parece decirnos Ana Martín Puigpelat en su último libro titulado LYON, 1943 (Ed. El sastre de Apollinaire).
Construyendo el texto con estructura fílmica, y repleto a su vez de dramáticos cambios de diálogo escritos en estilo indirecto para una actriz -¿la autora?- que interpela sin respuesta a un amor, o a varios, este libro de versos salmódicos es mucho más que un paraíso de enumeraciones en versículos repletos de metáforas. Y lo es porque lo más audaz del conjunto, aunque lo que resalta primero es el brillante lenguaje, es en mi opinión esa estructura que rebasa innovadoramente el sáfico fragmentarismo –dicho en los términos en los que utilizan de forma renovadora el fragmentarismo sáfico, llamado también la estética del fragmento por Natalie Barney, Djuna Barnes y demás iniciadoras del París de los locos años 20, autoras de nuestras letras como María Mercé Marçal, Ana Roseti, etc- de anteriores libros de esta autora.
Y podía haber sido la historia de amor torrencial, turbulento, desbordado y lacerante en medio de un asedio que en este libro se nos cuenta un relato, una obra de teatro o un guión de cine con nazis de fondo. Sin embargo la autora, ebria de metáforas que tocan, ha conformado un poema dividido en tres secciones y deshilachado, evocador, intenso, construido a base de fundidos que nos pasan a otra escena, de diálogos sin respuesta, de monólogos con imágenes de fondo y de una narratividad diluida por el lirismo que a todo se aviene, y todo lo incorpora transformándolo.
El estudio crítico de Philipe Merlo Morat que acompaña al libro esclarece el cronotopo del título más que el propio texto, y lo presenta en conjunto como un poemario de resistencia en la más amplia acepción de esa palabra teñida de Historia. Afirma asimismo que este libro habría de pertenecer al subgénero de la “poesía histórica”, y analiza el yo poético así como la recepción del discurso lírico disgregado en cuatro tus. Pasa sin embargo el interesante, erudito e indagador epílogo crítico casi por alto la proeza estructural, centrándose en esos otros aspectos que hacen de éste un libro no exento de personalidad.
Luis Artigue blog de lecturas
Diría yo
lunes 19 de diciembre de 2011
LYON, 1943 de Ana Martín Puigpelat
martes 13 de diciembre de 2011
EL LIBRO DE LAS HORAS CONTADAS de José María Merino
La riqueza más exportable con la que cuenta León –bueno es decirlo en sísmico tiempo de crisis- la producen sus creadores.
En este sentido ayer se presentó aquí la última novela de José María Merino: se titula El libro de las horas contadas, es una historia-puzzle escrita con la habilidad de un preclaro cuerdo, está asimismo entreverada con cuentos en los que muestra una imaginación lunática, y tal vez nadie afirmaría que este atrevido libro es autoficción, pero para mí, como decía don Saturnino en Villalobar, esu ye tan claru que da cosa comentalo.
Merino, sin presentar el texto como una narración de índole reveladoramente personal, pero sin dejar de serlo, cuenta con magnetismo la historia fronteriza de un escritor maduro, imaginativo, minucioso y con accesos de nostalgia, con una sensibilidad casi de naturalista para el paisaje y los animales, neurótico e hipocondríaco, el cual está casado con una mujer tan cómplice como creativa. Muy cerca de este matrimonio gravita un primo viudo cuya mujer se suicidó… El conflicto viene dado por el hecho de que al escritor le han detectado una enfermedad grave de la que le han operado, y la cual precisa de una nueva cirugía. Y es que él, tras experimentar las acentuadas alteraciones de conciencia que tanto el diagnóstico como la enfermedad provocan en todo paciente miedoso, decide transformar esos patológicos trastornos de realidad en cuentos (así va trazando una paulatina simetría entre realidad y ficción mediante la curiosidad, la memoria y la imaginación). En uno de los cuentos hace ver que sabe del deseo de su amigo por su mujer, y ese relato exaspera a ambos, para pasmo del escritor (esto le obliga a justificarse, desarrollando a tal efecto una teoría justificativa sobre que el que narra es siempre “el otro yo del escritor”, pero tal teoría no convence a su mujer, ni a su amigo, ni tampoco al lector que no cesa de asistir a como el escritor de El libro de las horas contadas y su “otro yo” se superponen constantemente)…
De este ingenioso modo van fluyendo no sólo el argumento de la novela y los cuentos que escribe el autor-protagonista, sino también lo que estos cuentos producen en el resto de personajes (el lector percibe así como esos reatos-límite van contagiando con su ritmo y su fantasía a la novela que los contiene, la cual aún así no deja de ser realista ni bellamente metafísica).
A pesar de esos cuentos enloquecidos, y a pesar de las constantes impregnaciones fantásticas del argumento general, uno siempre sabe que ésta es una historia confesional como lo son siempre las grandes obras escritas desde esa atalaya que es haber vivido mucho bien…
Sí, hagamos frente a la crisis: la mejor forma de agradecerle a un escritor que siga generando riqueza y compartiéndola es leer su obra.
En este sentido ayer se presentó aquí la última novela de José María Merino: se titula El libro de las horas contadas, es una historia-puzzle escrita con la habilidad de un preclaro cuerdo, está asimismo entreverada con cuentos en los que muestra una imaginación lunática, y tal vez nadie afirmaría que este atrevido libro es autoficción, pero para mí, como decía don Saturnino en Villalobar, esu ye tan claru que da cosa comentalo.
Merino, sin presentar el texto como una narración de índole reveladoramente personal, pero sin dejar de serlo, cuenta con magnetismo la historia fronteriza de un escritor maduro, imaginativo, minucioso y con accesos de nostalgia, con una sensibilidad casi de naturalista para el paisaje y los animales, neurótico e hipocondríaco, el cual está casado con una mujer tan cómplice como creativa. Muy cerca de este matrimonio gravita un primo viudo cuya mujer se suicidó… El conflicto viene dado por el hecho de que al escritor le han detectado una enfermedad grave de la que le han operado, y la cual precisa de una nueva cirugía. Y es que él, tras experimentar las acentuadas alteraciones de conciencia que tanto el diagnóstico como la enfermedad provocan en todo paciente miedoso, decide transformar esos patológicos trastornos de realidad en cuentos (así va trazando una paulatina simetría entre realidad y ficción mediante la curiosidad, la memoria y la imaginación). En uno de los cuentos hace ver que sabe del deseo de su amigo por su mujer, y ese relato exaspera a ambos, para pasmo del escritor (esto le obliga a justificarse, desarrollando a tal efecto una teoría justificativa sobre que el que narra es siempre “el otro yo del escritor”, pero tal teoría no convence a su mujer, ni a su amigo, ni tampoco al lector que no cesa de asistir a como el escritor de El libro de las horas contadas y su “otro yo” se superponen constantemente)…
De este ingenioso modo van fluyendo no sólo el argumento de la novela y los cuentos que escribe el autor-protagonista, sino también lo que estos cuentos producen en el resto de personajes (el lector percibe así como esos reatos-límite van contagiando con su ritmo y su fantasía a la novela que los contiene, la cual aún así no deja de ser realista ni bellamente metafísica).
A pesar de esos cuentos enloquecidos, y a pesar de las constantes impregnaciones fantásticas del argumento general, uno siempre sabe que ésta es una historia confesional como lo son siempre las grandes obras escritas desde esa atalaya que es haber vivido mucho bien…
Sí, hagamos frente a la crisis: la mejor forma de agradecerle a un escritor que siga generando riqueza y compartiéndola es leer su obra.
martes 18 de octubre de 2011
FAROL DE SATURNO de Antonio Martínez Sarrión
No es un gran libro de madurez...
La inclusión de Antonio Martínez Sarrión (Albacete, 1939) en la celebrada antología de José María Castellet NUEVE NOVÍSIMOS POETAS ESPAÑOLES (1970) dio un empujón muy importante a su nombre en el concierto de la poesía española, pero asimismo simplificó un poco quizás el entendimiento de su poesía, que siempre tuvo preocupaciones innovadoramente cívicas –expresadas metafóricamente a través del jazz, la pintura, el cine, el decadentismo francés, el gusto por los heterodoxos y también el casticismo- las cuales trascendían no sólo la poesía social, sino también la novísima, llevando de una nueva forma a esta última, más allá del culturalismo y la contracultura, a un implicado y humanizante terreno ideológico.
Y es que Antonio Martínez Sarrión, como bien lo hemos recordado releyendo la reciente reedición en la Editorial Bartleby de su primer libro TEATRO DE OPERACIONES (2010), siempre ha sido un poeta cuidadoso de lo estético, sí, pero sobretodo empeñado en una sutil e irrenunciable finura ideológica: si la poesía novísima trataba de embellecer el mundo al llenarlo de referencias, la de este poeta humanizaba asimismo el mundo al plantearse y plantearnos posiciones.
Sin embargo la poesía del último Antonio Martínez Sarrión, casi dejando a un lado el culturalismo, es contestataria de otra forma: de hecho está concebida como un emocionante trabajo lírico de síntesis vital y poética (las preocupaciones son las mismas pero la rebeldía presenta más pasión que acción, el lenguaje lírico avanza hacia la desnudez, y la contención pone ahora su poesía rumbo a esa perfección que nuca se alcanza).
Lo vino haciendo ya en su libro CORDURA (1999), un texto repleto de hondura e ironía escéptica; de veleidades caricaturescas combinadas con poemas metafísicos repletos de estoica lucidez, al lado de poemas epigramáticos. A este siguió otro poemario que intensificó dichos postulados, POETA EN DIWÁN (2004), que prosigue con el estoicismo formal y el orientalismo emocional y vital, pero esta vez salpicado todo con pinceladas de expresionismo postista y de tremendismo de posguerra.
Y ahora acaba de salir a la calle, también publicado por la Editorial Tusquets, un nuevo libro del autor titulado FAROL DE SATURNO, que, ahondando de nuevo en la orientalizante apología de la brevedad y en la contemplación como camino hacia la iluminación, es compendio y culmen de su última y acaso más perdurable poética.
Se trata éste de un libro de poesía progresiva, cada vez más desnuda, cada vez más posicionada del lado de ese ascetismo y esa renunciación como escudo frente la zafiedad del mundo que propugnan los budistas, y cada vez más asentada en lo que de verdad es la desengañante vida: todo sin perder la irradiante fe en la belleza, en la dignidad, en la inteligencia y en la propia poesía como salvaguarda y cura existencial.
Sin embargo el viaje hacia la síntesis poética de Antonio Martínez Sarrión aquí mostrado, en vez de oscurecer herméticamente su lenguaje como en el caso de otros poetas que vienen realizando parejo itinerario en ellos asociado a la vejez –Antonio Gamoneda, por ejemplo- lo ha abierto a la luz eliminando de su voz las cifradas impregnaciones surrealistas de anteriores entregas del autor, y reduciendo en estas páginas el culturalismo cosmopolita a las menciones de Buda, Keats, Bartleby, Gautama y un poeta japonés del siglo XVII llamado Basho.
Tres vetas temáticas recorren transversalmente este libro: los poemas moralistas que denuncian y advierten de la necesidad de protegerse de la degradación cívica, los poemas transidos de “sutilezas muy propias de Oriente” y los poemas biográficos que se retrotraen al pasado personal para retratar así, con perspectiva indirecta, el universal e intemporal presente.
Pero principalmente FAROL DE SATURNO sorprende por su lenguaje –un lenguaje contenido y por momentos directo y broco que acentúa la indignación; un lenguaje matizado, preciso y excepcionalmente bien empalabrado-. También sorprende por su libertad rítmica –este libro fluctúa entre el verso y la prosa como haciéndonos ver sin decirlo mediante su inencorsetable fraseo musical que el intenso contenido desborda a la forma-. Y definitivamente sorprende por una inquietante lucidez expresada mediante no pocos versos con vocación de cita literaria.
No es un gran libro de madurez. Es más que eso.
La inclusión de Antonio Martínez Sarrión (Albacete, 1939) en la celebrada antología de José María Castellet NUEVE NOVÍSIMOS POETAS ESPAÑOLES (1970) dio un empujón muy importante a su nombre en el concierto de la poesía española, pero asimismo simplificó un poco quizás el entendimiento de su poesía, que siempre tuvo preocupaciones innovadoramente cívicas –expresadas metafóricamente a través del jazz, la pintura, el cine, el decadentismo francés, el gusto por los heterodoxos y también el casticismo- las cuales trascendían no sólo la poesía social, sino también la novísima, llevando de una nueva forma a esta última, más allá del culturalismo y la contracultura, a un implicado y humanizante terreno ideológico.
Y es que Antonio Martínez Sarrión, como bien lo hemos recordado releyendo la reciente reedición en la Editorial Bartleby de su primer libro TEATRO DE OPERACIONES (2010), siempre ha sido un poeta cuidadoso de lo estético, sí, pero sobretodo empeñado en una sutil e irrenunciable finura ideológica: si la poesía novísima trataba de embellecer el mundo al llenarlo de referencias, la de este poeta humanizaba asimismo el mundo al plantearse y plantearnos posiciones.
Sin embargo la poesía del último Antonio Martínez Sarrión, casi dejando a un lado el culturalismo, es contestataria de otra forma: de hecho está concebida como un emocionante trabajo lírico de síntesis vital y poética (las preocupaciones son las mismas pero la rebeldía presenta más pasión que acción, el lenguaje lírico avanza hacia la desnudez, y la contención pone ahora su poesía rumbo a esa perfección que nuca se alcanza).
Lo vino haciendo ya en su libro CORDURA (1999), un texto repleto de hondura e ironía escéptica; de veleidades caricaturescas combinadas con poemas metafísicos repletos de estoica lucidez, al lado de poemas epigramáticos. A este siguió otro poemario que intensificó dichos postulados, POETA EN DIWÁN (2004), que prosigue con el estoicismo formal y el orientalismo emocional y vital, pero esta vez salpicado todo con pinceladas de expresionismo postista y de tremendismo de posguerra.
Y ahora acaba de salir a la calle, también publicado por la Editorial Tusquets, un nuevo libro del autor titulado FAROL DE SATURNO, que, ahondando de nuevo en la orientalizante apología de la brevedad y en la contemplación como camino hacia la iluminación, es compendio y culmen de su última y acaso más perdurable poética.
Se trata éste de un libro de poesía progresiva, cada vez más desnuda, cada vez más posicionada del lado de ese ascetismo y esa renunciación como escudo frente la zafiedad del mundo que propugnan los budistas, y cada vez más asentada en lo que de verdad es la desengañante vida: todo sin perder la irradiante fe en la belleza, en la dignidad, en la inteligencia y en la propia poesía como salvaguarda y cura existencial.
Sin embargo el viaje hacia la síntesis poética de Antonio Martínez Sarrión aquí mostrado, en vez de oscurecer herméticamente su lenguaje como en el caso de otros poetas que vienen realizando parejo itinerario en ellos asociado a la vejez –Antonio Gamoneda, por ejemplo- lo ha abierto a la luz eliminando de su voz las cifradas impregnaciones surrealistas de anteriores entregas del autor, y reduciendo en estas páginas el culturalismo cosmopolita a las menciones de Buda, Keats, Bartleby, Gautama y un poeta japonés del siglo XVII llamado Basho.
Tres vetas temáticas recorren transversalmente este libro: los poemas moralistas que denuncian y advierten de la necesidad de protegerse de la degradación cívica, los poemas transidos de “sutilezas muy propias de Oriente” y los poemas biográficos que se retrotraen al pasado personal para retratar así, con perspectiva indirecta, el universal e intemporal presente.
Pero principalmente FAROL DE SATURNO sorprende por su lenguaje –un lenguaje contenido y por momentos directo y broco que acentúa la indignación; un lenguaje matizado, preciso y excepcionalmente bien empalabrado-. También sorprende por su libertad rítmica –este libro fluctúa entre el verso y la prosa como haciéndonos ver sin decirlo mediante su inencorsetable fraseo musical que el intenso contenido desborda a la forma-. Y definitivamente sorprende por una inquietante lucidez expresada mediante no pocos versos con vocación de cita literaria.
No es un gran libro de madurez. Es más que eso.
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viernes 2 de septiembre de 2011
EL FINAL DEL AMOR de Marcos Giralt Torrente
Los escritores cuyo proyecto literario es un exportable reflejo de su camino interior continuo, de la magnética evolución de su conciencia, tienen en común que con frecuencia sus últimos libros iluminan los anteriores e invitan a que aquellos puedan ser entendidos desde un nuevo prisma.
En este sentido los lectores de las novelas de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) hemos asistido a como su perspicaz realismo psicológico caminaba con paso sutil y fina mano literaria desde una imaginación sobria, indagadora y cosmopolita obsesionada con la verosimilitud, hacia la autoficción. Así si en su primera novela PARÍS (Ed. Anagrama, Premio Herralde) un hijo innominado con una convulsa relación con sus padres se preguntaba por los motivos de un antiguo viaje-huída de su madre a la capital francesa justo en el momento en el que madre e hijo se enfrentaban a la conflictividad penal y a las mentiras del marido y padre absentista... Y si veíamos en esa novela de prosa claustrofóbica construida desde la memoria una general bisección de las actuales y a menudo turbulentas tomas de conciencia de la condición de hijo –algo parecido a que si esta generación indaga en los motivos del fracaso de la generación de sus padres conseguirá inmunidad-... Ahora vemos también algo más epatante y revelador.
Asimismo si en su siguiente novela LOS SERES FELICES (Ed. Anagrama) un arquitecto culpabilizado y dependiente que vive en Berlín con una corresponsal de prensa tiene que comer con su padre y enfrentarse ineludiblemente así a su pasado, esto es, a un retrato familiar de fondo con padre desnortado, madre rencorosa y dominante y un medio hermano competidor de afectos: todo para acabar concluyendo que vivir un calvario psicológico familiar repleto de silencios y lacerantes sospechas lleva a ser consciente de que la ausencia de infelicidad es la felicidad... Ahora entendemos mejor el camino que lleva a tan audaz lección vital.
Y es que la publicación de su tercera novela, TIEMPO DE VIDA (Ed. Anagrama), obra concebida como un acto de extrema desnudez, ficción autobiográfica sobre la fluctuante relación del autor con su padre contada desde el fallecimiento de éste hacia atrás mediante los recuerdos del hijo –los cuales impactan por su psicológicamente detallada e impúdica exactitud, por su escabrosa singularidad y, aún así, por su universalidad a la hora de dibujar la condición humana- nos ha revelado a un narrador que cuenta historias incorporando en ellas esencialmente los valores de la autenticidad, la confesionalidad y la autoindagación propios de la mejor poesía, pero sin perder en ningún momento el ritmo, el vértigo y el tempo de la narrativa... Así hemos acertado a ver al escritor en sus personajes, en sus historias de truculencias familiares y psicológicas que dejan rescoldos y tarimas, y hemos visto el poder que el noble y universal arte de convertirnos en relato tiene a la hora de entendernos a nosotros mismos; a la hora de cicatrizar heridas, exorcizar demonios y evolucionar.
Ahora la Editorial Páginas de Espuma acaba de publicar el último libro de Marcos Giralt Torrente, esta vez un libro de cuentos con prosa de novela, titulado EL FINAL DEL AMOR (II Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, Editorial Páginas de Espuma). Se trata de cuatro relatos narrados en implicada primera persona los cuales compendian la obra escrita por el autor hasta el momento, sintetizan sus claves psicológicas, sus temas, sus atmósferas indirectamente cosmopolitas aunque claustrofóbicas siempre y esos personajes suyos que se alejan para estar más cerca: todo con el motivo vehicular del enigmático amor que declina para cohesionar el conjunto.
En el primer y más atmosférico relato titulado Nos rodean palmeras una pareja de viaje por África, en una isla del Índico se traslada a una isla más pequeña para intentar comprar baratas antigüedades, y, en medio de una lograda ambientación exótica, la trama en la que subyace la sombra constante de la sospecha y la amenazase centra en la relación que establecen con otra pareja de alemanes que les acompañan: todo para acabar dándose cuenta el narrador y su compañera de la asfixiante rutina en la que viven. Luego Cautivos narra la historia de una pareja que, a pesar de que no pueden vivir juntos, les es imposible alejarse, y más o menos este mismo tema se aborda en Última gota fría. Por último, en Joanna asistimos a la evocación de un primer amor de adolescencia determinante.
Existe una lectura estabulada de este libro de prosa hipnótica como algo independiente: así nos encontramos con un mosaico narrativo, casi un puzzle, que, lejos de tratar de producir en el lector sensaciones insólitas sino bien descritas emociones consabidas, nos sugiere además que todas las historias de desamor son la misma repetida y lo que las singulariza y, a la vez, universaliza es el punto de vista: todo cambia y se hace único en este tema al ser contado desde el yo. Desde este punto de vista este libro, que presenta cuatro historias que conforman aunadas el negativo fotográfico del amor, es un brillante elogio de la subjetividad.
Pero a su vez quien conoce la obra anterior del autor de talento contrastado para el psicologuismo y la autoindagación ve o cree ver en este libro algo de la tormentosa relación de sus padres, algo del viaje que el autor hizo con su padre a África, algo de psicoanálisis público, algo de... La narratividad total. La idea de que el desamor no es tanto algo abrupto como una consecuencia. La obra indisoluble del autor. Su huída del maniqueísmo que caracteriza el desamor contado. El valiente exhibicionismo de un autor que se desnuda para que nos descubramos a nosotros mismos todos sin imposturas o fantasmas...
En este sentido los lectores de las novelas de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) hemos asistido a como su perspicaz realismo psicológico caminaba con paso sutil y fina mano literaria desde una imaginación sobria, indagadora y cosmopolita obsesionada con la verosimilitud, hacia la autoficción. Así si en su primera novela PARÍS (Ed. Anagrama, Premio Herralde) un hijo innominado con una convulsa relación con sus padres se preguntaba por los motivos de un antiguo viaje-huída de su madre a la capital francesa justo en el momento en el que madre e hijo se enfrentaban a la conflictividad penal y a las mentiras del marido y padre absentista... Y si veíamos en esa novela de prosa claustrofóbica construida desde la memoria una general bisección de las actuales y a menudo turbulentas tomas de conciencia de la condición de hijo –algo parecido a que si esta generación indaga en los motivos del fracaso de la generación de sus padres conseguirá inmunidad-... Ahora vemos también algo más epatante y revelador.
Asimismo si en su siguiente novela LOS SERES FELICES (Ed. Anagrama) un arquitecto culpabilizado y dependiente que vive en Berlín con una corresponsal de prensa tiene que comer con su padre y enfrentarse ineludiblemente así a su pasado, esto es, a un retrato familiar de fondo con padre desnortado, madre rencorosa y dominante y un medio hermano competidor de afectos: todo para acabar concluyendo que vivir un calvario psicológico familiar repleto de silencios y lacerantes sospechas lleva a ser consciente de que la ausencia de infelicidad es la felicidad... Ahora entendemos mejor el camino que lleva a tan audaz lección vital.
Y es que la publicación de su tercera novela, TIEMPO DE VIDA (Ed. Anagrama), obra concebida como un acto de extrema desnudez, ficción autobiográfica sobre la fluctuante relación del autor con su padre contada desde el fallecimiento de éste hacia atrás mediante los recuerdos del hijo –los cuales impactan por su psicológicamente detallada e impúdica exactitud, por su escabrosa singularidad y, aún así, por su universalidad a la hora de dibujar la condición humana- nos ha revelado a un narrador que cuenta historias incorporando en ellas esencialmente los valores de la autenticidad, la confesionalidad y la autoindagación propios de la mejor poesía, pero sin perder en ningún momento el ritmo, el vértigo y el tempo de la narrativa... Así hemos acertado a ver al escritor en sus personajes, en sus historias de truculencias familiares y psicológicas que dejan rescoldos y tarimas, y hemos visto el poder que el noble y universal arte de convertirnos en relato tiene a la hora de entendernos a nosotros mismos; a la hora de cicatrizar heridas, exorcizar demonios y evolucionar.
Ahora la Editorial Páginas de Espuma acaba de publicar el último libro de Marcos Giralt Torrente, esta vez un libro de cuentos con prosa de novela, titulado EL FINAL DEL AMOR (II Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, Editorial Páginas de Espuma). Se trata de cuatro relatos narrados en implicada primera persona los cuales compendian la obra escrita por el autor hasta el momento, sintetizan sus claves psicológicas, sus temas, sus atmósferas indirectamente cosmopolitas aunque claustrofóbicas siempre y esos personajes suyos que se alejan para estar más cerca: todo con el motivo vehicular del enigmático amor que declina para cohesionar el conjunto.
En el primer y más atmosférico relato titulado Nos rodean palmeras una pareja de viaje por África, en una isla del Índico se traslada a una isla más pequeña para intentar comprar baratas antigüedades, y, en medio de una lograda ambientación exótica, la trama en la que subyace la sombra constante de la sospecha y la amenazase centra en la relación que establecen con otra pareja de alemanes que les acompañan: todo para acabar dándose cuenta el narrador y su compañera de la asfixiante rutina en la que viven. Luego Cautivos narra la historia de una pareja que, a pesar de que no pueden vivir juntos, les es imposible alejarse, y más o menos este mismo tema se aborda en Última gota fría. Por último, en Joanna asistimos a la evocación de un primer amor de adolescencia determinante.
Existe una lectura estabulada de este libro de prosa hipnótica como algo independiente: así nos encontramos con un mosaico narrativo, casi un puzzle, que, lejos de tratar de producir en el lector sensaciones insólitas sino bien descritas emociones consabidas, nos sugiere además que todas las historias de desamor son la misma repetida y lo que las singulariza y, a la vez, universaliza es el punto de vista: todo cambia y se hace único en este tema al ser contado desde el yo. Desde este punto de vista este libro, que presenta cuatro historias que conforman aunadas el negativo fotográfico del amor, es un brillante elogio de la subjetividad.
Pero a su vez quien conoce la obra anterior del autor de talento contrastado para el psicologuismo y la autoindagación ve o cree ver en este libro algo de la tormentosa relación de sus padres, algo del viaje que el autor hizo con su padre a África, algo de psicoanálisis público, algo de... La narratividad total. La idea de que el desamor no es tanto algo abrupto como una consecuencia. La obra indisoluble del autor. Su huída del maniqueísmo que caracteriza el desamor contado. El valiente exhibicionismo de un autor que se desnuda para que nos descubramos a nosotros mismos todos sin imposturas o fantasmas...
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jueves 1 de septiembre de 2011
ACCESO NO AUTORIZADO de Belén Gopegui
Nací demasiado tarde, a finales de 1974, y no tuve ocasión de votar la Constitución: mis luchadores padres lo hicieron por mí, como lo hacen, en el fondo, casi todo. Gracias a ellos, a sus sueños, a su esfuerzo, a sus renuncias, estoy hoy aquí persiguiendo aún la mejor versión de mí mismo.
No caigo pues en el tópico de hablar desdeñosamente de la Transición ya que, hasta ese momento, la cíclica Historia nos había enseñado que lo que mejor sabe hacer este país es matarse; que cuando nos ponemos a ello nos matamos formidablemente. Y, como tratando de virar con altas miras, en la Transición a mi juicio nuestros padres y sus políticos lograron reinventarse haciendo algo aquí infrecuente: ponerse constructivamente de acuerdo en que estamos juntos en esto y lo que importa es vivir.
No olvido que procedo educacionalmente de la sencillez, el trabajo y el entendimiento, y además creo que me extirparon la malicia en un quirófano: por eso carezco de facultades para anticiparme a las triquiñuelas, que siempre creo bienintencionadas, de quien es capaz de pensar una cosa, decir otra, y hacer a su vez otra... ¡Menos mal que dispongo de la literatura y las hostias que da la vida para refinarme y aprender!
Y digo esto porque para mí los gobernantes son cada vez más un misterio con patas; seres atrapados por la seducción del poder con personalidades especializadas en desbordes, sorpresas y arrebatos: así las últimas noticias políticas son que el gobierno amplía la duración de los contratos temporales, ahí es nada, y que, mejor que escuchar a la gente por si se equivoca, se ha decidido cambiar la Constitución no como se hizo, entre todos, sino sólo entre ellos, los políticos con la sartén cogida por el mango.
Y, como nada se puede hacer al respecto, decepcionado por lo real me refugio en la ficción: leyendo la última novela activista de Belén Gopegui titulada ACCESO NO AUTORIZADO (ed. Mondadori,), un texto valiente con peso estético y moral que trata ficcionalizadamente sobre el gobierno que nos gobierna, uno se da cuenta de que hay quien sí lo venía venir todo... No sé si somos una colonia de eso tan esotérico que llaman los mercados, y no hay margen de maniobra. Pero, sin llegar a aquello que escribió Jean-Paul Sartre de que para quien ejerce la política la única forma de no mancharse las manos sería no tener manos, de la novela de BG se deduce que el verdadero éxito de un político con ideología es no traicionarse pues si se traiciona, si transige ante sí mismo y sus votantes al poner en práctica una política contraria a sus principios, fracasará siempre porque estará haciendo la política de otros, y eso es algo que hacen mejor los otros. Y, además, después de todo se sentirá, ya que mirar al pueblo será como mirarse en un espejo, como un traidor. ¡Con lo bien que había empezado la novela...!
No caigo pues en el tópico de hablar desdeñosamente de la Transición ya que, hasta ese momento, la cíclica Historia nos había enseñado que lo que mejor sabe hacer este país es matarse; que cuando nos ponemos a ello nos matamos formidablemente. Y, como tratando de virar con altas miras, en la Transición a mi juicio nuestros padres y sus políticos lograron reinventarse haciendo algo aquí infrecuente: ponerse constructivamente de acuerdo en que estamos juntos en esto y lo que importa es vivir.
No olvido que procedo educacionalmente de la sencillez, el trabajo y el entendimiento, y además creo que me extirparon la malicia en un quirófano: por eso carezco de facultades para anticiparme a las triquiñuelas, que siempre creo bienintencionadas, de quien es capaz de pensar una cosa, decir otra, y hacer a su vez otra... ¡Menos mal que dispongo de la literatura y las hostias que da la vida para refinarme y aprender!
Y digo esto porque para mí los gobernantes son cada vez más un misterio con patas; seres atrapados por la seducción del poder con personalidades especializadas en desbordes, sorpresas y arrebatos: así las últimas noticias políticas son que el gobierno amplía la duración de los contratos temporales, ahí es nada, y que, mejor que escuchar a la gente por si se equivoca, se ha decidido cambiar la Constitución no como se hizo, entre todos, sino sólo entre ellos, los políticos con la sartén cogida por el mango.
Y, como nada se puede hacer al respecto, decepcionado por lo real me refugio en la ficción: leyendo la última novela activista de Belén Gopegui titulada ACCESO NO AUTORIZADO (ed. Mondadori,), un texto valiente con peso estético y moral que trata ficcionalizadamente sobre el gobierno que nos gobierna, uno se da cuenta de que hay quien sí lo venía venir todo... No sé si somos una colonia de eso tan esotérico que llaman los mercados, y no hay margen de maniobra. Pero, sin llegar a aquello que escribió Jean-Paul Sartre de que para quien ejerce la política la única forma de no mancharse las manos sería no tener manos, de la novela de BG se deduce que el verdadero éxito de un político con ideología es no traicionarse pues si se traiciona, si transige ante sí mismo y sus votantes al poner en práctica una política contraria a sus principios, fracasará siempre porque estará haciendo la política de otros, y eso es algo que hacen mejor los otros. Y, además, después de todo se sentirá, ya que mirar al pueblo será como mirarse en un espejo, como un traidor. ¡Con lo bien que había empezado la novela...!
viernes 19 de agosto de 2011
LA URNA SANGRANTE de Pascual Pérez y Rodríguez
La novela gótica es la literatura del terror disciplinado, dicen los adeptos a la relatada magia de lo tenebroso... En este sentido Miriam López Santos, profesora de la ULE, es la principal experta en novela gótica española gracias a una tesis doctoral brillante según Luis Alberto de Cuenca y, además, es la descubridora y autora de la edición de una rara novela dentro del siglo XIX hispánico –La urna sangrienta o El panteón de Scianella- (esta atmosférica e inquietante narración que mantiene al lector siniestramente seducido, toda una rareza heterodoxa en nuestro canon, estaba perdida pero gracias a un audaz rastreo bibliológico acaba de ser recuperada por la editorial Siruela).
Ahora que vivimos un curioso resurgir de la literatura gótica posmoderna, gracias sobretodo a Anne Rice, resulta ciertamente conveniente recordar que se pensaba que la novela gótica –que llegó a su apogeo con perdurables obras como El Monje de Matthew Lewis, Manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki y sobretodo Los misterios de Udolfo de Ann Radcliffe- era una tradición anglófona no arraigada en nuestras letras. Sin embargo ha venido la iconoclasta investigación de esta profesora ha colocarnos meritoriamente en el mapa gótico clásico.
La novela recuperada, terror mistérico con catarsis final, es obra de un avanzado intelectual del momento, Pascual Pérez y Rodríguez, revela por su concepción a un alma selecta y comienza exótica y justificativamente presentándonos a un viajero sistemático inglés, M. Smith, que, en su recorrido por ciertos lugares ignotos de Italia, llega la capilla de San Firmo: allí un franciscano le entrega el manuscrito de esta enigmática novela.
Con prosa penetrante y gran capacidad hipnótica el autor pasa a contarnos, en medio de un universo gótico puro de ambientes y obsesiones ancestralmente turbias, la delincuente historia de Ambrosio, torturado, satánico y emocionalmente purulento señor del castillo de Scianella, y un personaje emparentado con Signor Montoni, el maléfico bandolero italiano creado por Ann Radcliffe: Ambrosio, cuyos criados maniqueos Cenon y Coscia, como arquetipos bíblicos que ejemplifican el bien y el mal, reduplican y complementan en segundo grado en la ficción la gran lucha de fuerzas que en esta novela indirectamente moral se da, se contrapone obsesivamente a la casta y benigna Mandina, y de tal contraposición devienen sucesos demoníacos, atroces aquelarres del mal, persecuciones turbadoras, terribles, y... Todo con el ingrediente de los virtuosamente descritos escenarios: el palacio, sus alrededores y un ruinoso castillo con torreones, pasadizos, tenebrismo en cada rincón, viento que recuerda al exhalar de los fantasmas, galerías que hacen sentir la pegajosa cercanía del miedo... ¡Una literaria joya negra!... Pasen y lean, si se atreven.
Ahora que vivimos un curioso resurgir de la literatura gótica posmoderna, gracias sobretodo a Anne Rice, resulta ciertamente conveniente recordar que se pensaba que la novela gótica –que llegó a su apogeo con perdurables obras como El Monje de Matthew Lewis, Manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki y sobretodo Los misterios de Udolfo de Ann Radcliffe- era una tradición anglófona no arraigada en nuestras letras. Sin embargo ha venido la iconoclasta investigación de esta profesora ha colocarnos meritoriamente en el mapa gótico clásico.
La novela recuperada, terror mistérico con catarsis final, es obra de un avanzado intelectual del momento, Pascual Pérez y Rodríguez, revela por su concepción a un alma selecta y comienza exótica y justificativamente presentándonos a un viajero sistemático inglés, M. Smith, que, en su recorrido por ciertos lugares ignotos de Italia, llega la capilla de San Firmo: allí un franciscano le entrega el manuscrito de esta enigmática novela.
Con prosa penetrante y gran capacidad hipnótica el autor pasa a contarnos, en medio de un universo gótico puro de ambientes y obsesiones ancestralmente turbias, la delincuente historia de Ambrosio, torturado, satánico y emocionalmente purulento señor del castillo de Scianella, y un personaje emparentado con Signor Montoni, el maléfico bandolero italiano creado por Ann Radcliffe: Ambrosio, cuyos criados maniqueos Cenon y Coscia, como arquetipos bíblicos que ejemplifican el bien y el mal, reduplican y complementan en segundo grado en la ficción la gran lucha de fuerzas que en esta novela indirectamente moral se da, se contrapone obsesivamente a la casta y benigna Mandina, y de tal contraposición devienen sucesos demoníacos, atroces aquelarres del mal, persecuciones turbadoras, terribles, y... Todo con el ingrediente de los virtuosamente descritos escenarios: el palacio, sus alrededores y un ruinoso castillo con torreones, pasadizos, tenebrismo en cada rincón, viento que recuerda al exhalar de los fantasmas, galerías que hacen sentir la pegajosa cercanía del miedo... ¡Una literaria joya negra!... Pasen y lean, si se atreven.
lunes 11 de julio de 2011
GIRA de Álvaro Tato
Simplificar es profundizar al máximo y bien nos lo recuerda Álvaro Tato (Madrid, 1978) en su último libro de poemas penetrantes titulado GIRA (Ed. Hiperión, Premio Fundación Miguel Hernández-Comunidad Valenciana de poesía 2011).
Desde un lirismo que procede por decantación los mesuradados poemas de Álvaro Tato se suceden tal que eslabones de una cadena y, como en un viaje a la esencia, nos invita así, sin más estructura interna que el decurso mismo, a un magnético ejercicio de depuración.
El autor entiende la existencia como movimiento -identificando éste con el verdadero vitalismo- y así lo dice con sutileza en el primer poema titulado Himno. A partir de ahí introduce al lector en diferentes escalas de la gira de su vida, de la vida, a base de anécdotas emocionales, apuntes del natural y diferentes motivos –los cuales aúnan cotidianidad, cosmopolitismo, profundidad y cierto ramalazo de exotismo- a partir de los cuales se va poniendo en pie el templo de esta poesía minimalista colateralmente emparentada con el zen: cada verso un punto de partida para la meditación.
En el avanzar en línea recta o con circunvalaciones de danza que es la vida el poeta, sin deponer su yo, nos hace ver, más allá del lugar común de la existencia como viaje, que fundamentalmente somos viajados: no otra cosa es según él esa perpetua migración que conlleva el existir atentamente, abiertamente, aferrados al misticismo sacro y cotidiano de la poesía.
Como haciendo frente a la dispersión en que se ha convertido hoy la vida la concentración lírica que este libro propone logra metáforas inquietantemente audaces a veces, pero insertas en un flujo de conciencia que procede y se apoya siempre en lo real, sea lo que sea esa indómita fuente de símbolos tan fértil como la imaginación: se apoya en lo real para trascenderlo sin alardes como un José Ángel Valente menos herido de abstracción.
Al tiempo que el poeta va dando cuenta de las modificaciones del ser que le van produciendo las emociones que emanan del devenir, nos propone de ese modo, mediante su poesía sofisticada pero no enjoyada entendida como un acto de desnudez extrema del lenguaje –no hace falta así un confesionalismo subyugador-, volver a un ritmo emocional más acorde con los ciclos naturales y mentales. Es la minuciosidad de la distancia corta. Es la sugerencia que emana de la precisión. Es el regalo de quien trata de apresar el misterio y el encanto de lo que en vano llamamos normalidad, porque, como decíamos al inicio, este poeta sabe y se olvida de que sabe que simplificar es profundizar al máximo.
Desde un lirismo que procede por decantación los mesuradados poemas de Álvaro Tato se suceden tal que eslabones de una cadena y, como en un viaje a la esencia, nos invita así, sin más estructura interna que el decurso mismo, a un magnético ejercicio de depuración.
El autor entiende la existencia como movimiento -identificando éste con el verdadero vitalismo- y así lo dice con sutileza en el primer poema titulado Himno. A partir de ahí introduce al lector en diferentes escalas de la gira de su vida, de la vida, a base de anécdotas emocionales, apuntes del natural y diferentes motivos –los cuales aúnan cotidianidad, cosmopolitismo, profundidad y cierto ramalazo de exotismo- a partir de los cuales se va poniendo en pie el templo de esta poesía minimalista colateralmente emparentada con el zen: cada verso un punto de partida para la meditación.
En el avanzar en línea recta o con circunvalaciones de danza que es la vida el poeta, sin deponer su yo, nos hace ver, más allá del lugar común de la existencia como viaje, que fundamentalmente somos viajados: no otra cosa es según él esa perpetua migración que conlleva el existir atentamente, abiertamente, aferrados al misticismo sacro y cotidiano de la poesía.
Como haciendo frente a la dispersión en que se ha convertido hoy la vida la concentración lírica que este libro propone logra metáforas inquietantemente audaces a veces, pero insertas en un flujo de conciencia que procede y se apoya siempre en lo real, sea lo que sea esa indómita fuente de símbolos tan fértil como la imaginación: se apoya en lo real para trascenderlo sin alardes como un José Ángel Valente menos herido de abstracción.
Al tiempo que el poeta va dando cuenta de las modificaciones del ser que le van produciendo las emociones que emanan del devenir, nos propone de ese modo, mediante su poesía sofisticada pero no enjoyada entendida como un acto de desnudez extrema del lenguaje –no hace falta así un confesionalismo subyugador-, volver a un ritmo emocional más acorde con los ciclos naturales y mentales. Es la minuciosidad de la distancia corta. Es la sugerencia que emana de la precisión. Es el regalo de quien trata de apresar el misterio y el encanto de lo que en vano llamamos normalidad, porque, como decíamos al inicio, este poeta sabe y se olvida de que sabe que simplificar es profundizar al máximo.
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