miércoles 16 de julio de 2008

LOS DESIERTOS DE LA LUZ de Antonio Colinas

La poesía, como la música, como la vida, es una cuestión de ritmo. Así si uno tiene sentido del tiempo y de la trascendencia, sensibilidad, voluntad y un escudo de belleza con el que mantenerse a salvo de las embestidas de la parte negra de lo real, puede avanzar en su personal nivel de conciencia hasta llegar a un ritmo más acorde con los humanos ciclos naturales y mentales. Sí, si uno incorpora a su existencia el ritmo de la poesía y persevera en él, probablemente se irá quedando solo junto a todo lo que de verdad importa. Y vivirá interconectado a todo hasta no diferenciar misterio y vida. Y rozará esa irrenunciable quimera que en Oriente llaman nirvana, que Rilke denominó armonía y que Antonio Colinas identifica hermosamente con la luz. Por eso, en un momento de plenitud vital que sólo puede ir unido a la edad y la dedicada vocación, Antonio Colinas acaba de publicar su último libro de poemas titulado pertinentemente LOS DESIERTOS DE LA LUZ (Ed. Tusquets).
Se trata de un libro sosegado y meditativo que nos invita a estar atentos a todo lo invisible que pasa ante nosotros. Un libro que, sin rehuir las miserias de la condición humana –véanse los poemas sobre la guerra, Jerusalén y el 11M- nos insufla con cadencia musical altas dosis de esperanza: “en el mundo aún habrá esperanza/ mientras alguien respire/ en paz la última música”. De hecho Antonio Colinas, sin distinguir apenas entre vivir y viajar, entre recordar y estar, intensifica en estas páginas su panteísmo y su anhelo de pureza y salvación para convertir sus versos órficos en un compendio de sabiduría, ponderación y generosidad. Sí, Antonio Colinas, con ese microscopio emocional que es su poesía, hace de cada poema un elogio del detenimiento, de cada lugar una conexión, y hace de de cada cosa una equivalencia: por eso para él el mundo, como los koan del zen, es un punto de partida para la meditación: “estaba abriendo/ todo mi ser completamente a todo…”.
Hay un momento en este libro en el que el paisajismo se vuelve emocional, y nos trasporta, y nos embriaga: “Para apartar la muerte/ toda la primavera ha cantado la lluvia/ sobre los bosques de la isla/ y sobre el negro corazón de las grutas”... “Estos campos/ incluso hoy más que ayer/ son un sueño que se desborda en mar”... Así, mientras el poeta vaga “por el laberinto de su tiempo”, uno transita con él por lugares que son cruces en el mapa de carne de Colinas –Ibiza, Salamanca, Jerusalén, Bruselas, Ávila, Roma, Jericó, el Mar Muerto…- y los revisa todos con la mirada rebosante de sacralidad del poeta, y así aprende a mirar. Además las dosificadas referencias culturales –Santa Teresa, San Juan, Ana de Jesús, Jorge Manrique, Tolstoy, Glenn Could, Bach, Händel…- junto a un eclecticismo que une el misticismo cristiano con el taoísmo y la tradición oriental con la occidental, no sólo convierten a este libro, como ya se ha dicho, en una educación de la mirada sino igualmente en un tratado para buenos viajeros. Asimismo esta poesía, además de ahondar en la identidad, promueve la verdadera convivencia en estos tiempos nuestros en los que los excesos y lateralizaciones de la política dificultan a veces la convivencia. De hecho actualmente el escepticismo campa a sus anchas y hace falta mucha fe en el hombre para desear seguir siendo un ciudadano, pero Antonio Colinas, que está lejos del escepticismo, nos muestra desde el primer poema hasta el último que el lado negro de la realidad no apagará nunca la luz del mundo.
He aquí pues un libro acogedor y hospitalario que te invita a abrirlo y a acomodarte dentro: “quédate aquí, no partas en la noche: oirás/ cómo dentro de ti y de la piedra/ brama la luz”. Un libro que regresa al origen de la lírica para recordarnos que la poesía, como la vida, es un ir y venir siguiendo el ritmo sagrado de la música…
La poesía es una cuestión de ritmo.
La poesía, como la música, como el amor, es una forma de tocar.

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lunes 7 de julio de 2008

Villalobar y los zapatos del abuelo Juaco

Villalobar entonces era un pueblo con tamaño de mundo cuyos atardeceres poseían tonalidades que recordaban al trigo. Un rincón rural, terroso, con labradores jóvenes, curas, alguaciles que salen en los poemas de Machado, guardias civiles sin dinero pero con pretensiones, gentes de orgullo plegado a lo municipal y un albañil alto, delgado, grave; un obrero instruido con orgullo de clase hecho todo él de pausas y tabaco, de fiestas de guardar bien desobedecidas y una ley personal que ponderaba la familia, el trabajo, los amigos y los sueños...
El republicanismo del abuelo Juaco consistía en no ir a misa, y por eso lo fueron a buscar los falangistas y lo cosieron a tiros como a un Lorca de pueblo.
A mí me contaban una y otra vez su historia no para que odiara pero sí para que supiera “pues mientras más sepas, menos te mandarán”.
He imaginado tantas veces aquel pueblo surrealista y sin tiempo que era el refugio bronco y cálido de rojos y de azules vagando juntos por los días de frío y niebla, todos ellos igualmente acorralados por la vida, todos creyendo lo mismo de siempre porque toda innovación y toda clarividencia, esclarecedora o no, era indeseada.
Oh, Villalobar era un lugar donde se enlagunaba el tiempo y por eso los vecinos se sentaban en la plaza o a la puerta de sus casas para ver lo que había cuando cerraba el estanco de Félix, y las tiendas de Dorina y Flori, y la carnicería de Pin, y hasta los bares: no había nada. Cuando se cerraba todo no había nada salvo las bodegas.
La Guerra Civil, excesiva como toda guerra, en los pueblos no era nada más que eso: pura reyerta de borrachos.
Yo, como crecí en un bar de pueblo donde lo que se contaba era más importante que lo que sucedía, he escuchado mil historias sobre la Guerra Civil contadas en primera persona y he aprendido de ellas mi camino y mi cimiento: y he de decir con contundencia que no son historias que invitan a odiar, sino historias que curan. De hecho, más allá de dogmatismos y lateralizaciones, una escultura, un acto de homenaje póstumo, una historia familiar sobre la Guerra Civil contada en primera persona –una que te toca cerca y hondo- quiere ser precisamente el aviso de que, a pesar del chabolismo moral y la indignidad del mundo que te circunda, tú debes, como un lisiado bíblico, levantarte y andar. Tal vez haya quien prefiera quedarse en su enfermedad, en su odio, en su nosotros y ellos o su vencedores y vencidos pues las simplificaciones son fáciles y parecen por eso mentalmente más confortables, sí, pero ésa es la posición de quien no ha entendido la escultura, el acto, el símbolo; es la posición de quien no ha entendido su Historia y la merece.
Esta semana, en Jabares de los Oteros, acaba de inaugurarse una escultura de Pombo con dos cilindros enhiestos como bandos enfrentados y una placa necesaria con el nombre de los muertos sin culpa: en la emocionante placa, junto al marido de Fanía y el de doña Sión, el señor Daniel, Baltasar, Baltasarín, Severino y algunos otros, figura también el nombre del abuelo Juaco para que ahora no sólo yo le recuerde; recordemos... Fue un acto íntimo y trascendente como todo lo simbólico que me hizo pensar que, en este mundo frívolo en el que todos queremos morir como pasajeros del Titanic –esto es, morir cuando mejor lo estamos pasando-, bien está también acordarse de los dignos fusilados que murieron de pie igual que un velero.
La abuela guardó los zapatos del abuelo Juaco muerto y, así, se convirtieron para nosotros en un símbolo.
Abuelo Juaco: aún camino.

martes 3 de junio de 2008

acabo de imaugurar una página web

Queridos amigos y amigas, acabo de inaugurar una página web y estáis cordinalmente invitados a visitarla:



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un abrazote.

acabo de inaugurar una página web

Queridos amigos y amigas, os invito a visitar mi página:



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ojalá que os guste.

martes 27 de mayo de 2008

DERUUMBE de Ricardo Menézdez Salmón

¿Una novela gore?

Resulta sintomática la cada vez mayor influencia del cine en la nueva narrativa española. Así cuando uno lee Derrumbe, la recién publicada novela de Ricardo Menéndez Salmón, nota cómo en la base de esta trama están películas americanas de éxito sobre asesinos en serie como Seven, El Coleccionista de Amantes y El Silencio de los Corderos, pero no deja de brillar con luz propia una prosa cuidada, rítmica y de esmerado vocabulario, y una lograda estructura narrativa heredera del perspectivismo de William Faulkner. Ambos elementos –la prosa y la estructura- constituyen los principales alicientes de esta novela coral, discontinua, circular, profunda, inquietante y desesperanzada.
Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es un destacado escritor de la nueva promoción de narradores españoles, y su quinta novela La Ofensa (2007, Ed. Seix-Barral; una obra con prosa entre filosófica y documental ambientada en la época de la II Guerra Mundial y que se concibe como una reflexión sobre el mal como concepto y como explicación de lo real) fue saludada con una entusiasta ovación tanto por la crítica como por el público. A ésta siguió un libro de cuentos titulado Gritar (2007, Ed. Lengua de Trapo. Especial atención merecen los relatos El Temor, los Ancestros y el propio Gritar), y ahora regresa a las librerías con Derrumbe, una novela con cierto toque gore sobre el mal como atractivo abismo.
Siguiendo el esquema del thiller cinematográfico –un espacio concreto, una oleada de crímenes, un investigador obsesionado con un caso que convierte en algo personal, dosificación de la información para crear suspense y minuciosidad casi morbosa en las descripción de los crímenes para acentuar el terror hasta dar finalmente con un culpable- el autor construye esta novela centrándose en los personajes: de un lado Manila, investigador filosófico y familiar cuya mujer espera su segunda hija, y del otro lado tanto los Arrancadores -tres muchachos sicópatas que, casi por diversión, aplican su ingenio a la práctica de crímenes para sembrar el miedo en la ciudad de Promenadia- como también Mortenblau -un asesino en serie que junto al cadáver de su última víctima, deja siempre un zapato de la anterior-. El punto débil de la novela creemos que radica en la inconexión entre los crímenes del asesino de los zapatos y los crímenes de esos adolescentes que se hacen llamar los Arrancadores, pero es en extremo interesante cómo el peso de la narración avanza con total naturalidad desde Manila, en quien cae primero, como ya se ha dicho, hasta el asesino de los zapatos, en segundo lugar, para llegar luego a los Arrancadores; más tarde se centrará ese foco de interés narrativo en Valdivia, personaje bien construido que impacta por su fragilidad, y, finalmente, la atención recaerá en Vera, descarriada hija de Valdivia y otro personaje inquietante dentro de todo este espejo de perversiones, este retrato literario de ese mal que no logran disipar ni la belleza ni la cultura. Asimismo, de entre los puntos de giro argumental que el narrador incorpora a la historia, destaca el del personaje de Mara, esposa de Manila, la cual nos dará una gran sorpresa en un determinado momento del libro, ya verán.
Si bien es cierto que el indudable talento narrativo de Ricardo Menéndez Salmón merece argumentos de mayor calado, no lo es menos que el autor logra sacar petróleo de una trama tan manida, hasta convertir su novela en una alegoría sobre la modernidad, el aburrimiento, el entretenimiento, el ingenio como principio de la monstruosidad cuando no va unido a la ética, sobre los simulacros actuales de la realidad y sobre los modelos sociales de los adolescentes.
Desde luego las películas americanas apuntadas al inicio no se recrean en la realidad ni la trascienden sino sólo la describen o, a lo sumo, la exageran para sorprendernos. En este sentido Ricardo Menéndez Salmón, aplicando su probada ambición narrativa, logra hacer de Derrumbe una obra con al menos dos lecturas: aparentemente estas páginas encierran una entretenida novela postmoderna con un toque de género negro y un punto gore, pero una lectura más profunda saca a la luz una contundente novela social que posee la virtud de explicar el mundo actual y a la vez denunciarlo… Recomendable.

jueves 22 de mayo de 2008

Las lágrimas blancas de Rafa Guerrero

El Estadio Santiago Bernabeu se volvió espacio pequeño para ver el espectáculo postrero, grande como un hombre, de ver a Rafa llorar.
Hay quien llora como una cuba rota y quien lo hace mirando al cielo con orgullo de recio soldado derrotado pero no convencido.
Sólo un príncipe de sí mismo que supo hacernos reír para amar con él la vida consigue en su despedida hacernos llorar con él.
Y es que Rafa -pelo negro, jaca negra y aceitunas en su alforja como Lorca decía de los gitanos buenos- nació con el divino don de la risa y convencido de que el mundo está algo loco. Y sí: la risa es un don que conceden lo dioses y que ayuda a ver el mundo. De hecho les confieso que hubo un tiempo en que la cualidad que yo más apreciaba en una persona era la belleza, pero eso pasó; luego fue la inteligencia e igualmente me fui dando cuenta de que tampoco es la inteligencia ninguna panacea definitiva. Ahora mismo la cualidad que más admiro en alguien es la alegría, pues en la persona con grandes dotes para la alegría con frecuencia, si sabemos mirar, podemos advertir también inteligencia y hasta belleza.
Oh, Rafa Guerrero, pelo ensortijado, ojos negros, piernas de gladiador, maneras que provocan desconcierto, posee esa alegría magnética que sintoniza el cuerpo con el alma acompañada de cierta mala hostia que imprime carácter. Leonés cosmopolita, juez de línea internacional de fútbol durante años, persona reclamada por los medios de comunicación y las agencias de publicidad y envidiado hombre de éxito, sorprende en el trato corto por su espíritu radiante y su visión del mundo.
Todos tenemos mucho que aprender de las personas que, cuando llegan a una cima, son capaces de mirar desde allí el mundo y conmoverse ante los desamparados. Es como si, mediante sinceros gestos repletos de humanidad, reconocieran que todos los seres humanos somos iguales en dignidad y lo que nos diferencia a menudo es sólo la suerte. Por eso cada vez que un profesional con repercusión mediática se compromete de verdad con alguna causa justa –la del pueblo saharaui y el tercer mundo en el caso de Rafa Guerrero- no sólo nos da una lección humanitaria sino también una lección humana. Vuelvo a decirlo con palabras del Lorca de Bodas de Sangre: “Madre, sólo alguien tan de verdad podría llorar así”.
Y dicho compromiso vital –qué bueno- a Rafa Guerrero no sólo le ha llevado a aportar su imagen en favor de esas causas justas sino que incluso ha acogido como parte de su familia a Jalil, saharaui, ampliando así los horizontes, las posibilidades y la vida de alguien a la vez que amplía sus propios horizontes, sus posibilidades y su vida. Y eso, en la feria de fanatismos, sobreactuaciones y mercadería que con frecuencia es el fútbol, constituye todo un ejemplo. Otro ejemplo parecido al de esas lágrimas suyas repletas de humanidad que dignifican el fútbol.
Rafa Guerrero, con su alegría como traje de luces, podría confundirse con un personaje de cómic cuando conduce cierto coche suyo que parece de juguete. Y encima es tan descarado como esa gente feliz que puede permitirse ir por la vida diciendo la vedad pues siempre parece que es de broma. Rafa, en esta noche de luna que habla, como un ejemplo claro de que hay ángeles entre nosotros pero o nos pasan desapercibidos o los tenemos envidia.
En esta sociedad nuestra en la que parece que los iconos y referentes son muchachas operadas de la prensa rosa, simpáticos políticos corruptos, cantantes con la inteligencia justa para pasar el día, y así por el estilo, bien está fijarse en la gente normal, divertida, comprometida; en la gente cuyas lágrimas blancas mejoran el mundo al hacerlo emocionante.
Sin duda Rafa Guerrero es un tipo que seguro que no ha conseguido sus ojeras yendo a misa de doce.
Igualmente, y lo digo sé que en nombre de mucha gente, las lágrimas de su despedida son esquirlas de oro de nuestro corazón.

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viernes 9 de mayo de 2008

VISTA CANSADA de Luis García Montero

Hace algunos años, dos creo, Luis García Montero me ofreció la oportunidad de cenar con el poeta Ángel González en un restaurante tan próximo a su casa que se diría una prolongación de la misma. Dudé. Sé que suena raro pero me asustó de pronto la idea de compartir mesa, vino y elucubraciones con un hombre al que quería realmente sin que él tuviera ni la menor idea; había algo ilegítimo en ello… Pero ciertamente “nunca es tiempo perdido/ discutir con los sumos sacerdotes/ la existencia de Dios./ Se aprenden cosas de los hombres”.
Aquella noche, para mí, tuvo algo de intercambio de amor por la vida. “Buenas noches, Madrid, otro whisky con hielo…/ Brindemos por la luz rota de las estrellas/ que hace guardia en las casas a través de los sueños”… Hay pequeñas grandes cosas que suceden para ser recordadas.
Y, como el recuerdo no es algo que hemos perdido sino algo que tenemos, recordé entonces, cuando me enteré por un amigo de la muerte de Ángel González, aquella cena en la que la botella de vino no hacía otra cosa que acabarse. ¡Oh, Ángel! Hay gente que no debería morirse bajo ningún concepto.
Ahora, bajo el cielo de este León nuestro con luz como de alumbrado de posguerra, acabo de leer al aire libre el último libro de poemas de Luis García Montero titulado Vista Cansada (Ed. Visor) y me veo en la obligación de confesar que mi miedo a la gratitud profunda e inexpresada de aquella noche no se refería sólo a Ángel González, sino principalmente al propio Luis.
Y es que, como todo poeta, reconozco un gran número de influencias –las cuales no trato de ocultar sino de merecer- pero todos tenemos un principio o cimiento que con los años se convierte en algo puro, primigenio, que quisiéramos recuperar cuando leemos poesía… Sí, yo aún leo poemas tratando de recuperar un poco de eso que un día me llevó a enamorarme de la poesía, lo cual resulta parecido a dar la vuelta al mundo; a volver al principio… Y es que, después de los clásicos y de Antonio Gamoneda, el primer poeta contemporáneo que leí, me deslumbró y me abrió las puertas de lo que soy ahora fue Luis García Montero –concretamente el Luis García Montero de El Jardín Extranjero y Trisita-. Así me entregué desobedientemente al lenguaje de un poeta de gran imaginación verbal, el cual ponía siempre esa imaginación al servicio de lo real o, como poco, al servicio de lo posible.
Por aquel tiempo empecé a leer compulsivamente; por aquel tiempo aprendí a volar.
¿Pero cómo agradecer a quien, sin él saberlo, nos llevó de la mano al territorio de la inteligencia, la emoción, la pasión y la verdadera ideología? ¿Cómo devolverle un poco de lo mucho que no sabía que me había dado?
Oh, me sentía entonces, en aquel tiempo en el que bebíamos sexos y fumábamos flores, como encerrado en la cáscara de nuez de esta ciudad ensimismada y lenta, sí, y por eso cada nuevo libro que este poeta civil y amante de la claridad publicaba, yo lo entendía como el acto de dar agua y pan a un prisionero con planes de fuga.
Han pasado los años como unos puntos suspensivos. Ahora, ya que me confieso sin complejos apasionado lector de la obra de este proselitista de la inteligencia, me acerco siempre a cada nuevo libro suyo con actitud de alta exigencia constante y lo que él dice en este poemario sobre sus maestros -Machado, Ángel González, Alberti y Gil de Biedma- ahora yo lo digo sobre él, pues “lo peor/ no es perder la memoria /sino que mi pasado /no se acuerde de mí”.
Acaba de publicarse Vista Cansada, un libro que, como la memoria histórica, ayuda tanto a regresar como a aprender a quedarse...
Se lo recomiendo.

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