viernes 19 de junio de 2009

Cómprame un trozo del cielo de Moscú

A Tatiana Pigariova

Todo en Moscú, las avenidas, las estatuas, los silencios, posee una dimensión más propia de los dioses que de los hombres, pero desde el stalinismo aquí los dioses están en peligro de extinción. Queda, eso sí, la hermosa catedral de San Basilio con su ornamentación bizantina, aunque está tan llena de recovecos que incluso en ella Dios parece escondido; acojonado… La belleza es belicista en el megalómano Moscú.
Sí, he venido aquí aparentemente para leer una conferencia en el Instituto Cervantes de esta ciudad-mundo aunque, en realidad, estoy buscando a Anna Ajmátova (siempre viajo atento porque voy al encuentro de mis mitos).
La he buscado y no está en el aeropuerto, ni en el taxi, ni tampoco en el hotel.
La conmovedora, alentadora, poeta rusa Anna Ajmátova, alta morena y de ojos verdes como un tigre polar, era una mujer portadora de la fuerza de lo femenino y por eso consiguió sublimar el sufrimiento de todo un pueblo. Yo la he leído durante años -he seguido su estela- aunque he tenido que llegar a Moscú para darme cuenta de que, a pesar de lo que me había hecho creer mi benéfico entusiasmo, jamás la había entendido.
Tampoco está en las largas avenidas que llevan al Kremlin, ni en los bares atestados con vodka barato, ni en la calle Arbat donde cierto tipo con ojos de loco y maneras de Dostoyeski me mira como atravesándome mientras dibuja mi retrato; no está bajo el hermoso cielo de piel de leopardo ni en la sala de conferencias, no.
¡Tantas veces la he imaginado transida de dolor! Ella fue denunciada por el poeta Vladimir Maiakovski acusada de apostar por un arte no revolucionario, y por eso cayó oficialmente en desgracia. Fusilaron a su primer marido y más tarde deportaron a su hijo. Amorataron su pureza…
Acabo de salir del hotel con rumbo a la plaza dedicada a ese otro poeta radical y, ante su imponente estatua reesculpida por el viento, he protestado. Sí, he imaginado a Anna Ajmátova visitando, en la cárcel de Leningrado, a su hijo Lev: una larga fila de mujeres tiritando en sus mismas circunstancias; la cola sonriendo de algún modo invisible tras saber que Anna es escritora, que podrá contar todo eso para que ni el recuerdo ni el olvido pasen a ser absolutos.
Anna Ajmátova, como las estatuas de los cementerios, representa hoy cuanto de humanidad hay en el arte, cuanto de consuelo hay en la tristeza con causa, cuanto de trampolín vital hay en el sufrimiento que logra ser rebasado y transformado.
¡Mira! Ella, aparentemente solo una perspicaz guía turística en el inolvidable Museo Maiakovski, me habla ahora de este poeta futurista con tan poco rencor que la reconozco: hola, Anna -dicen los brillos de soldadura de mis ojos-. Hola por fin, Luis...
Así Moscú, ciudad lastrada por los desvaríos utópicos pero la cual aún se mantiene en pie con la dignidad de una mujer capaz de responder a los fusilamientos con poemas; ciudad ya convertida en provincia de mi alma; elogio de los rincones escondidos…
Oh, estoy en el metro entendiendo que una revolución demasiado larga sólo es buena para el arte; estoy en la Plaza Roja confundiendo a Dios con un libro de matemáticas; estoy en el Cementerio Novodieviche sentado en una silla con vistas a una tumba…
Anna, bien me lo avisaste: “de la separación lograrás restablecerte, pero del encuentro apenas”.

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martes 26 de mayo de 2009

LOS LUGARES INTACTOS (ED. PRE-TEXTOS)

(Texto leído en Alcalá la Real, Jaen, con motivo de la recogida del XXX Premio Arcipreste de Hita por mi libro de poemas LOS LUGARES INTACTOS)


Excmo sr Alcalde, autoridades, lectores y lectoras de poesía, amigos y amigas de Alcalá la Real:



Yo provengo de un pueblo o resumen del mundo en el que todo tiene su momento, su gracia, su misterio y su rito. Un lugar más surrealista que costumbrista en el que los contrastes y las rarezas parecen meros condimentos para la realidad, ese plato cocinado a fuego lento por madres cuya mirada acaricia.
Las prostitutas, como enseñándonos que el mundo es ancho y ajeno, llegaron para quedarse a Villalobar, mi pueblo, una noche, de repente. Abrieron un local trnasfronterizo, oscuro y mágico junto a la carretera. Luego otro, y otro, y otro… Desde entonces para nosotros Pretty Woman es más realidad que metáfora. Desde entonces nuestro corazón es una casa de citas.
Para cuando llegamos a la adolescencia, que fue mucho antes de que la adolescencia llegara a nosotros, había computadas –nunca mejor dicho- en Villalobar más prostitutas que habitantes. De hecho así lo atestiguó un artículo a toda página publicado entonces en el periódico El País, en el que, debajo de una foto de nuestro Toro de Osborne, se decía que este pequeño pueblo era el de mayor ratio de prostitutas por habitante de esta España surrealista y nuestra –siempre me pregunté quién y cómo haría ese censo-.
Un pueblo largo y lento como un blues, uno apegado a sus raíces y sus pequeñas cosas, tuvo de pronto que decidir si cerrarse o abrirse ante la llegada de lo nuevo… Nosotros decidimos abrirnos así, como se deciden estas cosas: sin pretenderlo pero mereciéndolo.
Pero aquello no sólo cambió nuestras noches sino también los días pues pronto descubrimos que las noctámbulas trabajadoras del amor, de día se convierten en vecinas integradas que luchan con denuedo por ganarse esa normalidad que de ordinario se les niega. Las prostitutas, sin maquillaje de guerra, compraban y sonreían. Las prostitutas, sin ropa minimalista, jugaban a la brisca. Las prostitutas, como procesión de almas en pena, iban a misa y lloraban ante la Virgen María Inmaculada en un acto tan contradictorio y emocionante que parecía la verdad misma.
Yo, como digo, crecía entonces cerca de la realidad y el mito en un lugar en el que la hospitalidad era otra religión. Por eso por años que pasen nunca olvidaré las Nocheviejas en casa de mis padres con tostadillo, y música, y ecuatorianos, árabes, empleadas de la pasión efímera, algún indigente llegado cada año a la misma hora, y la abuela, y nosotros… Nosotros ya aprendices de nada y de todo sin darnos cuenta.
Yo crecía pues poéticamente mientras el multiculturalismo y el interculturalismo se adueñaron de nuestra vida diaria con esa naturalidad de lo verdaderamente surreal. Transitaba por las calles y casas mientras éstas se empezaban a llenar de marroquíes vendedores de alfombras y tecnología casera, ecuatorianos aferrados a su musical indigenismo, tratantes, chulos con mascarilla y dignidad de nobles vestidos con traje y corbata y sujetando con la mano izquierda su botella de oxígeno, veraneantes asturianos buscando sol o calor y sobretodo venus negras tiernas y canallas como versos de Baudelaire que ya siempre conformarán el cimiento de todo lo que escriba.
Escuchaba sus historias, procedencias y sueños, y la imaginación me desobedecía. Mis emociones se contradecían. Mi anhelo por viajar y escribir se acrecentaba. Mi inteligencia era espoleada por aquel tiempo a base de hostias y sorpresas cada día, y conocí entonces la amistad, y el amor, y el brillo de lo distinto, y el poder de lo contado y de lo imaginado, y ese lazo imprescindible que une a las familias fundadas por un padre que no sabe dividir. Yo crecía y me formaba… Pero tuve que interrumpir mi formación y crecimiento para ir a la universidad.
Desde entonces siempre he querido escribir un libro sobre los viajes que me invitaron a hacer las prostitutas de mi pueblo sin ellas saberlo; uno para devolverles de algún modo un poco de lo mucho recibido. Y ese libro es éste, Los lugares intactos, que ahora habéis considerado merecedor del XXX Premio Arcipreste de Hita. Por eso, en el nombre de todas las prostitutas foráneas de Villalobar y en el mío propio, gracias de verdad al Ayuntamiento de Alcalá la Real que organiza el premio, gracias al impresionante jurado, gracias a la maravillosa editorial Pre-textos, gracias a todos ustedes, gracias, gracias…
Como digo yo crecí en ese pequeño pueblo de carretera, y supongo que estaba aparentemente destinado a no salir de él. Pero, como Kavafis me enseñó en su emocionalmente instructivo poema titulado La ciudad, nunca pude irme de allí pues nuestro verdadero lugar viaja siempre con nosotros. Sí, llevaba a mi pueblo dentro cuando visitaba Lima, Florencia, Ámsterdam, Toronto, Túnez y el resto de lugares intactos que conforman este libro. Ahora lo comparto, lo publico, gracias a vosotros “para saber de dónde vengo/ además/ de saber ir”, como dice el primer poema de esta serie.
La abuela Margarita acaba de morir restándole sentido a todo, pero a ella dedico el poema Galicia blues –incluido en este libro- para decirla así que siento por ella el amor que se profesa por los clásicos. Asimismo, esté donde esté, termino confirmándola que desde que salí de Villalobar todo ha cambiado en mí, pero ese mundo mío sigue como siempre.
Por supuesto a veces regreso al pueblo –con sus putas, tan entrañable- y siempre veo allí un aleccionador resumen del universo. Y vuelvo atrás la vista para repasar mis viajes. Y entonces recuerdo siempre algo que me dijo una vez mi abuela Margarita: “tú, creciendo aquí, tenías que ser escritor… ¡No te quedó más remedio!”.

Muchas gracias de todo corazón.

miércoles 20 de mayo de 2009

MAÑANA NO SERÁ LOQUE DIOS QUIERA de Luis García Montero

En esta sociedad del aquí y el ahora está muy de moda la novedad, la juventud, la pose, la tontería, la falta de alma en cualquier caso, y por eso, especialmente para mi generación, resulta más que nunca conveniente escuchar a aquellos que han vivido mucho y bien. Con esta intención acabo de leer la biografía novelada del poeta Ángel González que firma Luis García Montero y titula Mañana no será lo que Dios quiera (ed. Alfaguara)… Toda biografía pretende resumir una vida y una forma de entender la vida pero, en este caso, igualmente refleja un conmovedor modo de entender la amistad. Luis García Montero cree que “hay personas de muerte imposible” y al escribir estas páginas nos lo hace saber. Y creer.
“Los muertos son huéspedes de los vivos”, dice aquí el biógrafo, y por eso lo primero que se nos presenta al hablar del niño Ángel González es la influencia decisiva del abuelo materno y el padre muerto prematuramente. Por eso, como en las novelas río del siglo XIX, esta historia comienza con la biografía bosquejada de ambos junto a la suerte de los hermanos mayores hasta que, de forma tardía, doña María Muñiz se quedó embarazada de Ángel.
Después, como una sucesión de postales en blanco y negro, toda su infancia y adolescencia, su Oviedo primigenio, su soledad inicial junto a los familiares extraños, el estallido de la guerra civil -con sus cambios de domicilio, sus ciudadanos escondidos y sus muertos por un descuido-, la adolescencia convulsa, los sueños, sus primeros logros, la muerte de su hermano que el propio Ángel tiene que comunicarle a la madre, la admirable doña María a la que Ángel dedica uno de sus más hermosos poemas... Buena parte de esta historia versa sobre la épica cotidiana de esa madre viuda sacando a delante a sus cuatro hijos.
El argumento prosigue linealmente hasta llegar al reloj Certina que esta meritoria mujer le compró al joven Ángel González -cuando él decidió volar del hogar primigenio e irse a Madrid a buscarse la vida-. Nuestro poeta perdió ese reloj cuando su madre aún lo estaba pagando a plazos. Éste será el determinante último punto de giro de la novela de su vida.
Así asistimos leyendo estas páginas a la formación de una conciencia y a su evolución; a la destrucción de un país y su no vislumbrada reconstrucción. Por el medio incluso una enfermedad que a Ángel González le trajo hasta León, y siempre referencias al padre muerto, al hermano exiliado, a la madre y la hermana ideológicamente depuradas y al paisaje de un Oviedo que eternizaba su indolencia…. Toda existencia tiene sus coordenadas o, por decirlo con Borges, “toda vida tiene al menos un instante que la salva”. De eso trata este libro, de lo que queda y salva.
Pero, esta vez, tan interesante como el personaje es el escritor pues uno cree vislumbrar a Luis García Montero grabando conversaciones con Ángel, escuchándole, visitando los lugares que marcaron su vida y reconstruyendo la historia apuntada por los papeles legales que la madre guardaba en una carpeta azul -carpeta que el hijo conservaba-. Este biógrafo, como el arqueólogo que uniera amorosamente los fragmentos de un ánfora, ha reunido esos materiales y rellenado los huecos para acabar conformando un libro testimonial, humanísimo, de prosa brillante más inclinada en esta ocasión a la metafísica y la ternura que al ingenio verbal. Aprovecha además para hablarnos indirectamente de la necesidad que aún tenemos todos de quienes dedican su vida a creer en algo y a defenderlo: ésas, como decía Bertolt Brecht, son las personas imprescindibles, las que nos ayudan a desensimismarnos y contrarrestar esta sociedad del yo, el aquí, y el ahora. He aquí un libro que es una casa con todas las puertas abiertas, una unión armónica de recuerdos, escenas, conversaciones, fotografías, poemas y sensaciones… Se lo recomiendo.

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sábado 2 de mayo de 2009

VOLVER A TI

Para Antonio Pereira

Porque pertenecías a la estirpe de la mejor gente, la de corazón bueno, la que sabe reír como quien mira a la vida comprendiéndola, apenas podemos encajar que te hayas sumergido en un sueño no elegido.
Y es que desaparecida la abuela Margarita y ahora tú, puesto que ya no me queda nadie en lo que a la narrativa oral alrededor de una botella de vino se refiere, nadie capaz de recordarme cada día que por debajo del humor está todo, de pronto el mundo se me ha encogido y es ya tan pequeño que parece de juguete.
Oh, Antonio, abuelo del mundo, rostro unamuniano, felino y tierno, carne de mi carne, maestro más aún de lo humano que de lo literario: vuelvo triste y en tu honor a Villafranca del Bierzo como quien entra en tu casa, como quien vuelve a ti, y lo hago sin quitarme de la cabeza que no tengo palabras para despedirte, y apenas si sé inventarlas…
Llorar es ya una forma de viajar. En este sentido escribir hoy no parece distinto de regresar a esas calles de agua con la curiosidad de quien te busca pero no te encuentra y sólo le queda conformarse con observar la suntuosidad del cielo, con intentar renovarse así emocionalmente, con reparar en la luz de esta primavera de increíble belleza. Pensar en ti con amor es un ejercicio tan moral como literario aquí, en la tierra que repara al peregrino exhausto, en esta ciudad convertida ya en un modo de pronunciar tu nombre… Hay lugares que soñarlos apenas difiere de visitarlos... Hoy vuelvo a ti con la tristeza de quien quiere gritarle a la muerte que la odia. Oh, pero visitar a ese verso costumbrista y surrealista llamado Villafranca y apellidado del Bierzo es una forma hermosa de recordar, recalar, de imaginar… Y por eso, como se vuelve a los clásicos o a los primeros amores, uno regresa sobre sus pasos al mundo de los abuelos.
En efecto para mí ya siempre será el mundo de los abuelos y el mundo de los cuentos esta villa inventada y como fuera del tiempo. Por eso creo que se encienden aquí hoy en tu honor las estrellas y los candiles, los momentos, los recuerdos... Te miro en mi memoria ahora desde aquí, desde esta acera en la que estoy escribiendo sentado, y tu rostro vuelve a tener en mis ojos el brillo de lo nuevo: pareces un retrato inmortal de ti mismo en medio de esta calle reciamente empedrada.
Aún así hay poesía mágica en el Bierzo. La hay en el intimismo colectivo que llena las calles y en este olor que tiene aquí todo a tabaco negro y a asignatura antigua, a madera noble, pan caliente, a vapor de biblioteca y flexo encendido al fondo de cada corazón…
Villafranca romántica, resaca de todo lo creado, Gil y Carrasco y su hermoso realismo paisajista leído en las piedras y las cosas, cuerpo presente, ojos como manos, sí, abrazo renovado y renovable como un fulgor del cielo atardecido preguntando a mis lágrimas si en realidad un recuerdo es algo que tenemos o algo que hemos perdido.
Oh, Villafranca interior, canción de Amancio Prada, oración de mi madre, título de nobleza, testamento de un ángel: vuelvo a ti con la tristeza del discípulo que se sabía amado.
Sí, tiene pensar en ti aquí algo de golpe de efecto y otro tanto de lágrima por la revolución que no pudo ser pero, sobre todo, tiene mucho de abrazo en el que cabe el mundo mientras, alrededor, tiembla la tierra entera. Luz de cruce, salve celta a capela, hombre que se derrumba, de improviso, ciudad que instruye el corazón colocada en nuestro imaginario como una cruz en un mapa, Villafranca del viento enredado en un sueño, Villafranca del alma de cristal de Pereira…
Te he querido familiar, profundamente, y no pienso dejar de hacerlo sólo porque la muerte haya venido para convertirte definitivamente en un clásico. Pero, como eres una persona de la que siempre se hablará bien, me quedo aquí a solas un momento más emborrachándome con los recuerdos: perteneces a la estirpe de quienes no debería morirse nunca, joder. ¿Cómo decirlo? ¡Te voy a recordar sin aristas y siempre!

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viernes 24 de abril de 2009

Un libro y una rosa, amiga

Un libro es un almacén de sueños, un botín compartido, una guerra contra el tiempo más barata y efectiva que la cirugía estética.
Sí, leer es una forma de descubrir que, cuando a veces estamos hartos de lo posible y lo de siempre, nos queda el recurso de volver soñar.
Pero vivimos en un mundo cada vez más complicado y estúpido. En este sentido leer es también un modo efectivo de aprender, de crecer de verdad, de saber. Y, como le decía su padre al futuro novelista y Premio Nobel Gabriel García Márquez, “cuanto más sepas menos te mandarán”.
Además los espejos están sobrestimados pues son los libros que una persona ha leído los que en verdad le reflejan por completo –por cierto, buen tema éste para un cuento de vampiros; podría suceder en el León nocturno y gótico, titularse “Todos los vampiros son analfabetos” y resultar una alegoría del oficio de político-.
En efecto los espejos están tan sobrestimados como el sexo sin amor, pero la lectura es una de las pocas cosas buenas que conozco que no está sobredimensionada.
Y aunque hoy ocupa tanto de lo que somos nuestra faceta social que cada uno de nosotros sobreactuamos cada vez más, cada día casi todos matamos por lo menos para sobrevivir. Por eso bueno es saber que leer nos hermana con lo humano, y así podemos saber o recordar que no somos tan diferentes, que el ser humano es vulnerable y frágil en todas las partes y todas las épocas.
Sí, leer nos ayuda a convivir.
Además a quien lee se le nota cuando habla, y, ya que cada vez se piensa menos y se repiten más los pensamientos de otros, es necesario, en esta sociedad nuestra, leer para ser un poco original y no pasar desapercibido. De hecho probablemente el hombre invisible del que hablan las novelas de ciencia ficción clásicas era alguien que no leía –buen tema para otro cuento alegórico sobre la televisión de hoy, éste con mucho humor-.
Sí, la televisión está reduciendo el espacio mental sano del mundo, los ingenieros que diseñan la educación quieren igualarnos a todos por abajo, y, tal como vaticina mi amiga Mara, profesora en lucha contra el escépticismo como la mayoría, “esto no es nada: verás cuando empiecen a ser concejales los de la ESO”.
Por eso toda Fería del Libro, todo Día del Libro, todo elogio de la lectura hacen falta para que nos demos cuenta de que no estamos pasando sólo por una crisis económica, no, sino que estamos en crisis como sociedad. Por eso esto es el fin de una era. Agárrese a la primera tabla de salvación ya todo naufrago.
Al menos leer nos mantiene un rato a flote.
De hecho la vida es más fácil, más rica y menos insulsa para quien lee pues leyendo uno tiene más armas para afrontar la adversidad. Así nos lo enseñó por ejemplo el poeta cubano Reinaldo Arenas, gran lector, el cual ni siquiera tuvo miedo cuando le dijeron que iban a meterle en la cárcel por sus ideas. Aseguró: “pueden reducirme el espacio pero no la libertad”.
Y es que todo está en los libros.
Esta semana se conmemora el día del libro, así que aquí tienes un libro y una rosa, amiga…
Sea pues para aprender, para entrenar nuestra capacidad de soñar, para evadirnos y divertirnos, para entender mejor la historia y a los demás habitantes de este enloquecido mundo, bueno es leer. Leer es un modo excitante de estar más formados e informados, y por eso es un modo de poder llegar a más.
De hecho un libro es una ventana: mira, ábrela, respira hondo, piérdete en el paisaje, salta y comprueba así que sabes volar…
Como una incubadora, un libro es una esperanza con algo vivo dentro.

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viernes 17 de abril de 2009

LA SIMA de José María Merino

Las novelas sobre la guerra civil son ya un género en España y con frecuencia las leemos como quien escucha un monólogo; una versión emocional, emocionante, de los hechos. Sin embargo uno lee la última novela de José María Merino titulada La sima (Ed. Seix-Barral) y se siente como el espectador que asistiera a una conversación inteligente entre todas las partes... Hay algo pueril en las bipolaridades que la ficción más ambiciosa hoy deconstruye.
En este sentido Merino ha regresado a las librerías con una novela de ideas acerca de Fidel, historiador que está escribiendo una tesis doctoral sobre la primera guerra carlista, el cual vuelve a su pueblo de la montaña leonesa buscando paz para investigar y redactar: no sabe que, mientras él regresa, también su pueblo está volviendo a él.
El paisaje nevado, descrito con un exquisito lirismo, incentivará la memoria de Fidel de tal modo que comenzará a elaborar, en lugar de la tesis, una suerte de reconstrucción literaria de sus orígenes biográficos.
Así en La sima van confluyendo el documentalismo, la reflexión, la narración, la capacidad de captar las interconexiones y cierta irrealidad, sobretodo esto último a partir de que Fidel recuerde la primera vez que vio esa sima de Montiecho en la que arrojaban a los fusilados durante la guerra civil: en el pueblo aún aseguran que, cuando el viento silva, en realidad se trata de los muertos que se quejan porque están mal enterrados… Y además premoniciones, psicofonías… El impacto que produce en el lector el hecho de que una persona instruida –un historiador que escribe su tesis doctoral- sea sensible a lo misterioso que emana de este espacio natural es uno de los aciertos de esta novela. Y es que no sólo el paisaje de La sima nos recuerda en ocasiones a la verde campiña inglesa teñida de sombras de Cumbres borrascosas, sino que incluso se atisba en este espacio un algo de la ambientación de las novelas góticas.
La sima, de estructura fragmentaria a lo Marguerite Duras –pequeñas secuencias con más adjetivos que verbos contadas en primera persona- va avanzando al contarnos que, tras la muerte de sus padres, el protagonista vivió en casa de sus tíos religiosos: allí descubre que el abuelo falangista mandó matar a muchos de los muertos de la sima. Luego el despertar del amor y el sexo, las polémicas políticas, el odio de su primo José Antonio, el anecdotario de sus sueños, la ciudad de León y el verano irlandés, el primer amigo muerto a causa de la heroína y el intento de José Antonio de matar a Fidel, el vívido viaje a Perú que da para otra novela, la mili, una depresión… Y todo ello entreverado con las noticias de los periódicos que Fidel lee mientras escribe, las cuales hablan sobre los coletazos del 11M, de Pinochet, la ley de memoria histórica y los exhumamientos de cadáveres, Eta, los papeles de Salamanca… Paralelismos constantes.
De todos modos, aunque continúe con estos recuerdos novelados, él no cesará de pensar en su tesis sobre la guerra carlista estableciendo así más iluminadores paralelismos con la guerra civil, para acabar haciéndonos ver que todas las guerras son la misma repetida, y que el principal cáncer de este país es el odio: “He comprendido que esa fue la primera vez que percibí la vibración del odio, esa sustancia que compone tanta poción de lo que somos los humanos y en especial los españoles… La historia de mi juventud, de mi crecimiento, es ir descubriendo su presencia poco a poco como la flor más abundante del jardín. Los atentados etarras, los delirios nacionalistas, la exaltación antinacionalista, el comportamiento de la oposición, hasta el fútbol está impregnado de odio”.
He aquí una novela sobre las confrontaciones civiles de este país y nuestras guerras interiores, sobre el conservador y el liberal que cada uno llevamos dentro, sobre el regreso a lo mágico, y principalmente sobre como el pasado nos invita a eso tan humanizante que es fijarse en los matices…
No se la pierdan.

jueves 9 de abril de 2009

Sylvia Plath

Ella, la fantasía de Dios

Va por la tercera edición y no me extraña pues la publicación en castellano de la Poesía Completa de Sylvia Plath (Bartleby Editores, edición de Ted Hughes, traducción más que meritoria de Xoan Abeleira) es el acontecimiento editorial del año.
Hay libros que contienen a la vez una fuente de conocimiento y un depurativo proceso de identificación o rechazo absoluto –que son lo mismo- y éste es uno de ellos.
Así existen al menos dos lecturas habituales para la poesía completa de Sylvia Plath, todas interesantes. Una es la biogáfico-psicoanalítica, la cual rastrea en cada verso la conflictiva relación con su padre, su feminidad lastrada por las carencias afectivas, los desequilibrios mentales, un aborto traumático y su tormentosa relación con el poeta Ted Hughes –el marido infiel que, así, podríamos verlo como al padre reduplicado-.
Otra lectura frecuente es la que, amparándose en los preceptos teóricos del confesionalismo –movimiento lírico-estético promovido en lengua inglesa por el poeta Robert Lowel, el cual fue seguido de cerca por la imprescindible Anne Sexton-, se fija en el grado de verdad y el de ficción que hay en los versos de esta autora de singular talento. Leyendo así acabaríamos concluyendo que la poesía de Plath -como la de Anne Sexton, de la que acaban de aparecer, publicados por la Editorial Linteo, sus Poemas de Amor hermosamente traducidos por Ben Clark- es un acto de desnudez extrema.
Pero, ya que hoy estamos tan constreñidos por la lógica, la matemática y el orden, no esta mal que de vez en cuando quienes nos guíen sean los locos, los cuerdos de otra manera. Y teniendo en cuenta que Sylvia Plath era una mujer bipolar en tiempos en los que esta afección psíquica apenas tenía tratamiento, que padecía insomnio hasta el punto de ser inmune a las píldoras, que presentaba acusadas tendencias suicidas aunadas con una aguzada inteligencia, una finura psicológica y una imaginación metafórica tan virtuosas que quizá sólo estén al alcance de los “locos”, bien vale ante este libro la cita de Erasmo de Rótterdam en el Elogio de la locura: “Ojalá tuviera yo la llave de la fantasía de un solo loco, para hacerme así sabio”. La poesía de Sylvia Plath, digámoslo así, mal, es la llave de la fantasía arquetípica y poderosa de una mente delirante de la que se pueden aprender muchas cosas… Aunque, muy por encima de lo que podamos aprender, está lo que logremos sentir.
En este sentido la edición publicada por Bartleby coloca los poemas de forma cronológica, y creemos que eso es un rotundo acierto, pues así vemos como la poesía de esta autora, aunque densa y críptica por momentos, es su biografía y su locura, trágicamente atemperadas.
Además así asistimos a la evolución de la conciencia de esta autora, vemos su riqueza de matices emocionales, el rigor verbal que no decae, su imaginación tan fértil para el arte de la metáfora, la obsesión por rescribir y reinventar los modelos arquetípicos –a Freud le encantaría este libro, y seguramente también a André Breton- y advertimos también como Plath, demostrando un insólito miedo a la verdad, va logrando un estilo cada vez más interior, el cual acaba incorporando una ironía que ciertamente nos deja con el corazón helado, por decirlo con Almudena Grandes. Podría terminar diciendo que lo que más impacta de Sylvia Plath es su capacidad para producir sensaciones, las cuales pueden llegar dentro del lector a convertirse casi en algo físico. Así el poema titulado

EL AHORCADO

Asiéndome del cabello, un dios se adueñó de mí.
Sus descargas azules me achicharraron como a un profeta del desierto.


Las noches se volvieron invisibles, como el tercer párpado de un lagarto,
un mundo de días blancos y escuetos en una cuenca sin sombra.


Un hastío rapaz me ató a este árbol.

Si ese dios fuera yo haría lo que hice.

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